El precio de la gasolina en Estados Unidos ha superado los 4 dólares por galón —unos 3,42 euros— a raíz del conflicto con Irán iniciado a finales de febrero, que derivó en el cierre del estrecho de Ormuz, una arteria vital por la que circula el 20% del petróleo mundial. Es el nivel más alto en cuatro años y ya está obligando a cerca del 80% de los conductores estadounidenses a recortar otros gastos personales, según datos del gobierno federal. Y eso que en EE.UU. se conducen una media de 20.900 kilómetros por persona al año, lo que convierte el precio del combustible en una variable económica de primer orden.
A pesar de la subida, los precios al otro lado del Atlántico siguen siendo notablemente inferiores a los europeos. En la Unión Europea, el coste del litro ha escalado desde 1,64 hasta 1,77 euros desde febrero, un incremento del 8%. La diferencia no es casual ni tampoco nueva: responde a una combinación de factores estructurales que explican por qué los estadounidenses siempre han pagado menos por llenar el depósito.
La producción propia marca la diferencia
El factor más determinante es la capacidad productiva. Estados Unidos es hoy el mayor productor de petróleo del mundo, con niveles de extracción muy superiores a los de los años setenta, cuando la crisis del crudo sacudió a Occidente. Esta autosuficiencia relativa actúa como un amortiguador ante los choques en el suministro global. Cuando el precio del barril sube por tensiones geopolíticas, el impacto en el consumidor americano es menor que en países que dependen casi por completo de las importaciones.
Europa, por el contrario, importa la mayor parte del petróleo que consume. Eso la hace más vulnerable a los vaivenes del mercado internacional, y ese riesgo se traslada directamente al surtidor.
Los impuestos, la gran palanca
La otra diferencia cardinal está en la fiscalidad. Según análisis de S&P Global Energy recogidos por The Wall Street Journal, los impuestos federales y estatales en EE.UU. representan apenas unos 60 céntimos de dólar por galón, lo que equivale a alrededor del 15-17% del precio final. En la mayor parte de Europa, esa proporción se sitúa entre el 50% y el 60% del precio total, según Rob Smith, director global de venta minorista de combustibles de S&P Global.
El caso alemán es ilustrativo: en marzo, los conductores pagaron una media de 7,47 euros por galón, más de la mitad en concepto de IVA e impuestos especiales sobre hidrocarburos. En términos prácticos, los alemanes pagan casi el doble que los americanos por la misma cantidad de combustible, y más de la mitad de ese dinero va directamente al fisco.
También importa a qué se destinan esos impuestos. En EE.UU., los ingresos por tasas al combustible se destinan principalmente al mantenimiento de carreteras e infraestructuras. En Europa, ese dinero financia además el transporte público, la transición energética y el gasto público general. Es decir, los europeos pagan más en el surtidor, pero parte de ese sobrecoste se reinvierte en servicios colectivos.
España y sus medidas de choque
En el contexto europeo, España ha tomado medidas para amortiguar el golpe sobre los conductores. El Gobierno aprobó a finales de marzo una rebaja del IVA sobre la gasolina y el gasóleo del 21% al 10%, junto con una reducción del impuesto especial sobre hidrocarburos hasta el mínimo que permite la normativa comunitaria. El resultado es un ahorro de hasta 30 céntimos por litro, lo que se traduce en unos 20 euros de diferencia al llenar el depósito de un vehículo medio.
Sin embargo, la medida no ha pasado desapercibida en Bruselas. La Comisión Europea ha advertido a España mediante carta de que la reducción del IVA aplicada podría vulnerar la normativa europea sobre fiscalidad energética. El Ejecutivo de Pedro Sánchez defiende el carácter temporal de las rebajas, que vencen el 30 de junio, como argumento para justificar la excepción.
Un fenómeno que va más allá de EE.UU. y Europa
La comparativa también arroja datos llamativos fuera del eje transatlántico. En México, el galón costó en marzo alrededor de 5,07 dólares —4,33 euros—, de los cuales 1,07 euros correspondían a impuestos. No es casualidad que muchos mexicanos que viven cerca de la frontera crucen a ciudades como El Paso o Brownsville, en Texas, para repostar a precios más bajos.
En cuanto a las tendencias futuras, más del 50% de los estadounidenses encuestados por CNBC en su All-America Economic Survey creen que los precios elevados se prolongarán durante al menos seis meses, ante la incertidumbre sobre el desenlace del conflicto con Irán. Algunos estados como California ya han empezado a añadir costes adicionales vinculados al impacto medioambiental de los combustibles fósiles, con el objetivo de incentivar el vehículo eléctrico. Son políticas todavía minoritarias en EE.UU., pero apuntan en la misma dirección que Europa: hacer que contaminar salga más caro.