Tres miembros del consejo de gobierno del Banco Central Europeo han enviado esta semana una señal clara: el banco no tiene intención de mover los tipos de interés en su próxima reunión, prevista para el 30 de abril. La razón principal es la incertidumbre económica generada por el conflicto bélico en Oriente Próximo, cuyos efectos sobre la inflación y el crecimiento todavía no están del todo definidos.
El más directo fue Yannis Stournaras, gobernador del banco central de Grecia, quien el miércoles afirmó que la institución debería aguardar antes de tomar cualquier decisión, citando la volatilidad del momento y la posibilidad de que el conflicto concluya antes de lo esperado. Su homólogo lituano, Gediminas Simkus, fue igual de explícito: aunque no cierra la puerta a subidas a lo largo del año, considera que la próxima cita no es el momento adecuado para actuar. Por su parte, el letón Martin Kazaks trasladó al Financial Times un mensaje similar, aunque más cauteloso en las formas: el BCE puede permitirse esperar y seguir recogiendo datos antes de comprometerse con una dirección.
Estas declaraciones son especialmente relevantes porque se produjeron justo antes del período de silencio de una semana que precede a las decisiones de política monetaria. Es el último momento en el que los consejeros pueden hablar públicamente sin restricciones, lo que convierte sus palabras en una señal de lo que cabe esperar el 30 de abril. El consenso que se dibuja es inequívoco: pausa.
El conflicto en Oriente Próximo complica el diagnóstico
Detrás de esta postura de espera hay un problema de fondo: la dificultad para calibrar el impacto real de la guerra sobre la economía europea. La presidenta Christine Lagarde reconoció esta semana que tanto la duración del conflicto como la magnitud de sus efectos indirectos sobre la energía y los precios siguen siendo una incógnita. Sin ese dato, resulta muy difícil diseñar una respuesta monetaria adecuada.
El economista jefe del BCE, Philip Lane, fue aún más explícito. Según sus palabras, hasta que no haya mayor claridad sobre cuánto puede prolongarse la situación bélica, es imposible determinar si el impacto económico será transitorio o si representará un golpe estructural para Europa. Una subida de tipos en este contexto podría endurecer las condiciones financieras justo cuando la economía ya muestra señales de debilitamiento.
Y los datos de esta semana no invitan al optimismo. Alemania ha revisado a la baja su previsión de crecimiento para el año, pasando del 1% al 0,5%. Además, el índice PMI de gestores de compras, que mide la actividad empresarial, cayó por primera vez desde 2024 por debajo del umbral de los 50 puntos, nivel que separa la expansión de la contracción. El deterioro fue especialmente pronunciado en el sector servicios, uno de los motores de la economía continental en los últimos trimestres.
Los mercados ya lo habían anticipado
La reacción de los mercados financieros a todo este ruido ha sido escasa, y por una razón sencilla: los inversores ya tenían prácticamente descontada la pausa. Según las probabilidades implícitas en los mercados de derivados, hay un 85% de posibilidades de que el BCE se mantenga sin cambios el 30 de abril. Lo que sí mantiene cierta tensión es el horizonte de más largo plazo.
Los operadores siguen apostando por dos subidas de un cuarto de punto porcentual en el tipo de depósito a lo largo de 2026, lo que lo llevaría hasta el 2,5%. La primera de esas subidas podría producirse en junio, siempre que los datos de actividad e inflación ofrezcan entonces mayor visibilidad. Con la inflación apuntando hacia el 3%, el BCE tendrá que actuar en algún momento, pero el mensaje de esta semana es claro: todavía no.
El único consejero que no quiso anticipar nada fue el austriaco Martin Kocher, quien reconoció abiertamente que la rápida evolución de los acontecimientos en Oriente Próximo hace imposible pronosticar el resultado de la reunión, aunque admitió que una semana es poco tiempo para que el panorama cambie de forma sustancial.
La reunión del 30 de abril será, en cualquier caso, una cita importante. No tanto por lo que el BCE decida hacer, sino por el mensaje que transmita sobre sus próximos pasos en un entorno económico que, por primera vez en meses, vuelve a estar dominado por la incertidumbre geopolítica más que por la trayectoria de los precios.