El 23 de abril volvió a convertir las calles de Barcelona en un mercado al aire libre de libros y rosas. Escritores firmando ejemplares, floristas desbordados y libreros con sus mejores novedades protagonizaron una jornada que, año tras año, se reivindica como una de las celebraciones más arraigadas de la cultura catalana. Pero en paralelo a la fiesta popular, el Palau de la Generalitat también tuvo su propio guion cargado de simbolismo.
La campaña institucional del Govern optó este año por una reinterpretación del dragón, la figura central de la leyenda de Sant Jordi. En lugar de presentarlo como el antagonista clásico, la imagen elegida fue la de un dragón que devora libros y exhala amor en vez de fuego. El mensaje es claro: el Govern de Salvador Illa quiere construir un relato propio de la festividad, más inclusivo y menos ligado al imaginario tradicional del bien contra el mal.
Pero la apuesta simbólica más llamativa llegó con la recuperación de la chocolatada. Salvador Illa, presidente de la Generalitat desde el año pasado, rescató una tradición que el expresident Jordi Pujol había instaurado durante sus 23 años al frente del ejecutivo catalán. Aquella costumbre había quedado en el olvido cuando los tripartitos liderados por los socialistas optaron por trasladar la celebración al Palacio de Pedralbes, una ubicación más alejada del centro institucional y con un perfil diferente. Ahora, con Illa, la sede de la Generalitat vuelve a ser el escenario y el chocolate vuelve a los cazos.
La cita congregó a unas 300 personalidades y contó con otro elemento recuperado: la bendición de rosas en la misa de Sant Jordi. Este año, el encargado de oficiarla fue el arzobispo de Barcelona, Joan Josep Omella, quien aprovechó el momento para lanzar un mensaje de alcance universal. En un contexto marcado por guerras, corrupción y desigualdad, Omella recordó que los valores del patrón de Catalunya no pasan por "atacar a los otros con la lanza, sino por luchar contra el dragón", en referencia a los grandes males colectivos del presente. Un discurso muy diferente al que pronunció en 2017, en el año álgido del procés, cuando su homilía estuvo cargada de alusiones a la división y la imposición.
Illa, fiel a su perfil metódico, tomó la palabra poco después de las ocho de la mañana para su declaración institucional. El president defendió el presente y el futuro de la lengua catalana, reivindicó una jornada "para todos" y salió en defensa de la regularización extraordinaria de migrantes que está impulsando el Gobierno central. "Debemos recordar cuando fueron nuestros abuelos y bisabuelos quienes tuvieron que marcharse en busca de una vida mejor", señaló, apelando a la historia de una comunidad que lleva más de un siglo acogiendo población de orígenes muy distintos. Según los datos del Institut d'Estadística de Catalunya, la región tiene una de las tasas de población de origen extranjero más elevadas de España.
El president también quiso presentar una Catalunya "buena económica y moralmente", en un momento en que la extrema derecha gana terreno tanto a nivel internacional como en el escenario político local. El partido socialista está preparando las próximas elecciones municipales con la intención de ampliar su implantación territorial, y el Sant Jordi institucional fue también un escaparate para ese proyecto.
En los márgenes de los actos oficiales, los corrillos políticos giraron en torno a los compromisos que ERC arrancó a Illa y al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a cambio de facilitar sus respectivas investiduras. Los puntos pendientes son conocidos: la reforma del sistema de financiación autonómica, la creación de una Hacienda propia para Catalunya —el punto de mayor fricción entre socialistas y republicanos—, el consorcio para supervisar las inversiones estatales en infraestructuras, y la asunción por parte del Estado de una parte de la deuda de la Generalitat. Ninguno de estos asuntos se resolvió en la Diada, pero su sombra estuvo presente en las conversaciones del día.
Al margen de la política, la jornada volvió a demostrar la vitalidad de una celebración que mezcla cultura popular, tradición y comercio de una forma difícilmente replicable. La leyenda de Sant Jordi —un mártir convertido en caballero, una princesa, un dragón y un final con distintas versiones según el territorio— sigue siendo el hilo conductor de una fiesta que, en Catalunya, termina con el caballero prosiguiendo su camino, mientras que en Inglaterra concluye con boda incluida. Sea cual sea la versión, el 23 de abril en Barcelona sigue siendo, ante todo, una celebración de la calle.