La siesta forma parte del imaginario colectivo español como símbolo de buen vivir mediterráneo. Pocas costumbres generan tan poca culpa y tan amplia complicidad social. Sin embargo, la investigación científica acumulada en la última década apunta a que no toda siesta es igual, y que la duración, la frecuencia y la edad del que duerme importan mucho más de lo que solemos reconocer.
El punto de inflexión que marca la diferencia está, según el consenso científico actual, en los treinta minutos. Por debajo de ese umbral, la siesta ofrece beneficios contrastados: mejora el rendimiento cognitivo, reduce la fatiga y permite afrontar la segunda mitad del día con más energía. Por encima, los datos empiezan a contar una historia diferente.
Un estudio de la Universidad de Murcia analizó a más de 3.000 adultos en un entorno mediterráneo para medir los efectos de este hábito. Los resultados mostraron que quienes superaban la media hora de sueño diurno tenían un índice de masa corporal más elevado, mayor prevalencia de obesidad y una probabilidad más alta de presentar síndrome metabólico, una categoría que engloba condiciones como la diabetes tipo 2 o la hipertensión arterial. El entorno del estudio es relevante: no se trata de poblaciones con hábitos ajenos a la siesta, sino de personas para quienes dormir después de comer es una práctica habitual.
El corazón también acusa el exceso
La salud cardiovascular es quizás el área donde los datos resultan más llamativos. En 2023, la Sociedad Europea de Cardiología presentó un análisis que asociaba las siestas de más de treinta minutos con casi el doble de riesgo de desarrollar fibrilación auricular, una arritmia que puede derivar en complicaciones graves si no se detecta y trata a tiempo. La fibrilación auricular es ya una de las arritmias más frecuentes en adultos mayores de 65 años en Europa, lo que convierte este dato en especialmente relevante para ese tramo de edad.
Por su parte, la American Heart Association publicó datos en la misma línea: las siestas que superaban la hora de duración se asociaban con un incremento de 1,82 veces en la tasa de enfermedad cardiovascular respecto a quienes no dormían durante el día o lo hacían durante menos tiempo. No se trata de un riesgo marginal, sino de una diferencia estadísticamente significativa que los cardiólogos ya tienen en cuenta en sus consultas.
La edad cambia las reglas del juego
Uno de los trabajos más completos sobre este asunto es el publicado en la revista JAMA, que siguió a 1.338 adultos mayores durante 19 años midiendo de forma objetiva sus patrones de sueño diurno y nocturno. Las conclusiones fueron contundentes: dormir más horas durante el día, hacerlo con mayor frecuencia o concentrar el sueño diurno en las horas de la mañana se asociaba con una mayor mortalidad por cualquier causa. Concretamente, cada hora adicional de sueño diurno incrementaba el riesgo de mortalidad en un 13%.
Esto no significa que la siesta mate, sino que el exceso de sueño diurno puede ser un indicador de que algo no va bien. Los investigadores apuntan a que la necesidad de dormir mucho de día puede ser consecuencia de un sueño nocturno de baja calidad, que a su vez puede estar relacionado con enfermedades en fases tempranas, como la apnea del sueño, un trastorno que afecta a millones de personas en España y que con frecuencia pasa desapercibido durante años.
Lo que aún no sabe la ciencia
Es importante no leer estos datos de forma catastrofista. La propia literatura científica reconoce que la correlación no implica causalidad y que entre los estudios disponibles no existe unanimidad absoluta. Quien duerme tres horas cada tarde no está condenado a desarrollar ninguna de estas patologías: lo que los datos sugieren es que ese patrón puede ser síntoma de otra cosa, no necesariamente la causa directa del problema.
Además, la mayoría de estudios son observacionales, lo que significa que registran asociaciones entre comportamientos y resultados de salud, pero no pueden establecer con precisión qué viene antes: si la enfermedad provoca el exceso de sueño diurno, o si es el exceso de sueño el que deteriora la salud. Se trata de una distinción crucial que la investigación futura tendrá que resolver con diseños más rigurosos.
Lo que sí parece claro, a la luz de la evidencia disponible, es que la siesta corta, de entre diez y treinta minutos, tiene un perfil de riesgo muy diferente al de la siesta larga. La primera activa el rendimiento sin alterar el ciclo circadiano. La segunda, especialmente si se convierte en un hábito diario y prolongado, merece al menos una conversación con el médico de cabecera, sobre todo en personas mayores de 60 años o con factores de riesgo cardiovascular previos. La siesta no está demonizada por la ciencia, pero sí está siendo estudiada con mucho más detalle del que solemos imaginar.