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Irán dilata las negociaciones con EE.UU. mientras Ormuz sigue bloqueado

Teherán mantiene una postura ambigua en las conversaciones con Washington mientras la tensión en el estrecho de Ormuz no remite.

Por Carlos García·jueves, 23 de abril de 2026·4 min lectura·2 vistas
Ilustración: Irán dilata las negociaciones con EE.UU. mientras Ormuz sigu · El Diario Joven

El estrecho de Ormuz vuelve a ser el epicentro de la tensión entre Irán y Estados Unidos. Ebrahim Rezaei, uno de los diputados con mayor influencia en el Parlamento iraní, lanzó este miércoles un aviso directo: la respuesta de Teherán a cualquier movimiento hostil en la zona será medida en términos de petróleo. La frase que circula en los círculos diplomáticos resume la postura iraní con crudeza: si un petrolero cae, otro petrolero caerá. Una declaración que llega en un momento especialmente delicado, cuando las conversaciones entre ambas potencias para poner fin al conflicto siguen sin arrojar resultados concretos.

El estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, se ha convertido en uno de los principales tableros de juego de este enfrentamiento. Cualquier interrupción del tráfico marítimo en esa franja de agua que separa Irán de Omán y los Emiratos Árabes Unidos tiene consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos globales. No es la primera vez que Teherán utiliza la amenaza de bloquear o dificultar el paso por ese corredor como palanca de presión frente a Washington.

Las negociaciones entre Irán y Estados Unidos llevan semanas en un punto muerto que ninguna de las dos partes reconoce abiertamente como tal. La administración de Donald Trump ha insistido en que exige garantías sólidas sobre el programa nuclear iraní antes de levantar cualquier sanción o reducir la presión militar en la región. Teherán, por su parte, rechaza lo que considera una negociación bajo coacción y exige que Washington dé pasos previos antes de comprometerse a nada. El resultado es un diálogo que avanza muy despacio, si es que avanza.

El contexto en el que se desarrollan estas conversaciones no es menor. Israel sigue siendo un actor fundamental en este tablero. Desde Tel Aviv, el Gobierno ha presionado a Washington para que no ceda terreno frente a Irán en ningún frente, y especialmente en lo que respecta al programa nuclear. La posición israelí ha condicionado históricamente el margen de maniobra de cualquier administración estadounidense en sus tratos con Teherán, y esta no es una excepción. La administración Trump, que ya en su primer mandato rompió el acuerdo nuclear de 2015 conocido como JCPOA, afronta ahora la presión de sus aliados regionales mientras intenta encontrar una salida negociada que satisfaga a demasiados actores a la vez.

Lo que queda del régimen iraní, según fuentes diplomáticas, no presenta en este momento la unidad interna necesaria para tomar decisiones de fondo. Las tensiones entre facciones dentro del propio sistema de poder en Teherán complican cualquier acuerdo, ya que los sectores más duros del espectro político iraní utilizan cada concesión como munición política interna. Rezaei, cuya declaración sobre los petroleros no es un exabrupto aislado sino parte de una estrategia de comunicación calculada, representa precisamente ese ala que considera cualquier apertura hacia Washington como una muestra de debilidad.

En los mercados internacionales, la situación ya está dejando huella. El precio del crudo ha registrado movimientos bruscos en las últimas semanas, en parte como reacción a las noticias que llegan desde el Golfo Pérsico. Los operadores energéticos siguen de cerca cualquier señal que pueda anticipar una escalada real en Ormuz, conscientes de que un bloqueo efectivo —aunque sea parcial o temporal— tendría un efecto inmediato sobre el suministro global. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido en varias ocasiones sobre la vulnerabilidad del sistema energético mundial ante disrupciones en esta zona.

Desde Washington, la respuesta oficial ha sido mesurada pero firme. La Casa Blanca insiste en que las conversaciones continúan y que no hay razón para el catastrofismo, pero al mismo tiempo mantiene una presencia naval reforzada en el Golfo como señal de que cualquier movimiento iraní tendrá consecuencias. Es el equilibrio clásico entre la zanahoria diplomática y el palo militar, una táctica que Trump ya utilizó en su primer mandato con resultados desiguales.

El problema de fondo sigue sin resolverse: Irán quiere el levantamiento de sanciones que ahogan su economía, Estados Unidos quiere garantías nucleares verificables, e Israel quiere que no haya acuerdo que permita a Teherán ganar tiempo. Mientras ese triángulo de intereses no encuentre un punto de equilibrio, el estrecho de Ormuz seguirá siendo lo que ha sido durante años: el lugar donde la diplomacia fracasa y la economía global paga las consecuencias. Las próximas semanas serán clave para saber si las negociaciones tienen algún futuro o si el bloqueo —físico y diplomático— se enquista definitivamente.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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