Los sprays nasales bronceadores llevan meses siendo tendencia en TikTok e Instagram, presentados como un atajo cómodo y rápido para conseguir un tono de piel dorado sin necesidad de tumbarse al sol. El problema es que detrás de esos envases con sabor a chicle o melocotón se esconde una sustancia sintética no autorizada con efectos adversos documentados y señales de alarma oncológicas que los dermatólogos ya no pueden ignorar.
La clave está en el melanotan, un compuesto que actúa de forma sistémica estimulando la pigmentación en todo el organismo. Trinidad Montero, dermatóloga del Grupo de Dermatología Estética y Terapéutica (GEDET) de la Academia Española de Dermatología y Venereología, advierte que su seguridad no está garantizada y que los efectos secundarios registrados van desde náuseas, cefalea y fatiga hasta vómitos e hipertensión. No son molestias menores: son señales de que el cuerpo está reaccionando ante una sustancia que no debería circular libremente por el mercado.
En la piel, el panorama es igual de preocupante. Los especialistas han documentado oscurecimiento de lunares previos, aparición repentina de nuevos nevus y, en algunos casos, cambios atípicos que requieren seguimiento médico. Montero, que también ejerce en el Hospital Virgen de las Nieves de Granada, señala que aunque no existen grandes estudios que demuestren de forma definitiva que estos productos causen melanoma, sí hay casos clínicos publicados que coinciden con el uso de melanotan II, incluido uno reciente que apunta al spray nasal como posible factor de riesgo para melanoma oral. La falta de evidencia concluyente no es tranquilizadora: en muchos casos, la ciencia tarda más en confirmar el daño que el mercado en distribuir el producto.
Por qué estos productos se venden sin control
La comercialización de estas sustancias se produce principalmente a través de canales digitales, donde la regulación es más difícil de aplicar que en la distribución física. Al no estar catalogados como medicamentos en muchos contextos de venta, escapan a los controles que exigiría su principio activo. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha advertido en varias ocasiones sobre productos con melanotan que circulan sin autorización, pero la velocidad a la que se mueven las tendencias en redes sociales supera los tiempos de reacción regulatoria.
A esto se suma el efecto amplificador de los influencers, que presentan estos productos como una opción inofensiva, incluso deseable. El formato de los vídeos cortos no deja espacio para los matices médicos, y el resultado es que miles de personas consumen sustancias no autorizadas sin ser conscientes de lo que están introduciendo en su organismo.
El bronceado como daño, no como salud
El debate sobre los sprays nasales es solo la punta del iceberg de una cultura del bronceado que la dermatología lleva décadas intentando corregir. Tendencias como los sun tattoos, los tan lines o el llamado callo solar comparten el mismo error de base: tratar el bronceado como sinónimo de salud o de estética deseable, cuando en realidad es una respuesta de defensa del organismo ante el daño por radiación ultravioleta.
Los sun tattoos, por ejemplo, consisten en crear diseños sobre la piel usando bloqueadores solares parciales para que las zonas expuestas se quemen y pigmenten con formas determinadas. El resultado puede parecer llamativo, pero implica una exposición deliberada a dosis altas de rayos UV en zonas concretas. No existe ninguna forma segura de decorar la piel usando radiación solar, por mucho que el diseño final resulte atractivo.
El callo solar sigue una lógica similar: exponerse progresivamente al sol sin protección bajo la idea de que el cuerpo desarrolla una tolerancia que actúa como escudo. Desde el punto de vista biológico, esto no funciona así. El bronceado que aparece tras esas exposiciones es precisamente la evidencia de que ya se ha producido daño celular. En pieles claras, ese bronceado muchas veces llega después de haber superado el umbral de quemadura. El daño acumulado a lo largo del tiempo se traduce en envejecimiento prematuro, manchas, pérdida de elasticidad y mayor riesgo de cáncer cutáneo.
Qué recomienda la dermatología
Frente a todas estas tendencias, el consenso médico no ha cambiado: protección solar de amplio espectro con SPF 30 o superior, reaplicada cada dos horas, evitar la exposición en las horas centrales del día y buscar sombra. Para quienes quieran lucir un tono más oscuro sin exponerse a riesgos, los autobronceadores cosméticos tradicionales siguen siendo la alternativa más razonable: tiñen la capa superficial de la piel sin radiación ultravioleta ni sustancias sistémicas, aunque no sustituyen en ningún caso al protector solar.
El problema no es solo informativo, sino también cultural. Mientras el bronceado siga siendo percibido como un símbolo de salud y atractivo, seguirán apareciendo productos que explotan esa demanda con promesas rápidas y riesgos ocultos. La tarea de los especialistas, y también de los medios, es seguir poniendo el foco en lo que los algoritmos no muestran: que cada tono de piel obtenido de forma artificial tiene un coste que se paga más adelante.