El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha lanzado una advertencia sin precedentes: no está seguro de que Estados Unidos sea fiel a su compromiso de defender Europa si Rusia ataca a algún miembro de la OTAN. Lo ha dicho sin rodeos en una entrevista con el Financial Times, y el impacto ha sido inmediato, tanto por quién lo dice como por el momento en que lo dice.
Tusk no es un líder periférico ni un político conocido por el alarmismo. Polonia es el país de la alianza que más destina a defensa en proporción a su economía, cerca del 5% del PIB, y ha sido históricamente uno de los más atlantistas de Europa. Que sea precisamente Varsovia quien ponga en duda la solidez del Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, el compromiso de defensa colectiva que obliga a todos los aliados a responder si uno es atacado, dice mucho del clima de desconfianza que se ha instalado en el flanco oriental de la alianza.
Las dudas de Tusk no nacen de la nada. En septiembre del año pasado, unos veinte drones rusos violaron el espacio aéreo polaco en lo que el primer ministro describió como una provocación deliberada y bien planificada. La respuesta de algunos aliados fue tibia: varios prefirieron tratar el incidente como algo aislado antes que reconocer que Rusia había cruzado una línea roja. Finalmente, la OTAN desplegó cazas que derribaron parte de esos drones, en el primer enfrentamiento directo entre fuerzas de la alianza y Rusia desde 2022. Pero el proceso, según Tusk, fue mucho más complicado de lo que debería haber sido.
Ese episodio ha marcado su manera de ver la alianza. Si para acordar una respuesta a una intrusión ya documentada en espacio aéreo aliado hubo que invertir tanto esfuerzo diplomático interno, ¿qué ocurriría ante un ataque de mayor envergadura? Esa es la pregunta que Tusk lleva tiempo haciéndose, y que ahora ha trasladado al debate público europeo con una claridad que incomoda.
La sombra de Trump sobre la OTAN
El contexto político en Washington complica aún más el panorama. Desde que Donald Trump recuperó la presidencia estadounidense, las señales sobre el compromiso de EE.UU. con sus aliados europeos han sido ambiguas en el mejor de los casos. Trump ha cuestionado en varias ocasiones la lógica del gasto colectivo en la alianza y ha dejado caer que no defendería automáticamente a países que no alcancen los objetivos de inversión en defensa. Esa retórica ha tenido consecuencias reales en la percepción europea del vínculo transatlántico.
La última señal preocupante llegó esta semana: según informó Reuters, el Pentágono ha elaborado opciones para sancionar a aliados europeos que no apoyaron la posición de Washington en el conflicto con Irán. Entre esas opciones figura la suspensión de España de la OTAN o la revisión del respaldo estadounidense a la soberanía británica sobre las Islas Malvinas. Son medidas que, de aplicarse, dinamitarían la cohesión de la alianza desde dentro.
Tusk reconoce que Polonia mantiene una relación especialmente sólida con Washington, pero subraya que eso no le basta. La clave no está en los comunicados ni en las declaraciones de buena voluntad, sino en si esa lealtad se traduciría en acción real cuando el reloj corra. Y ahí, admite, tiene dudas.
Europa busca su propio escudo
La declaración del premier polaco llega en plena cumbre de la UE en Chipre, donde los líderes europeos debaten precisamente cómo reforzar el Artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, que establece una cláusula de defensa mutua entre los Estados miembros. La Comisión Europea, con Ursula von der Leyen al frente, lleva meses impulsando una mayor autonomía estratégica del bloque, desde la financiación conjunta de armamento hasta la coordinación de capacidades antidrones.
El debate, sin embargo, es delicado. Muchos países temen que reforzar la defensa europea sea interpretado como una señal de desconfianza hacia la OTAN o, peor aún, que debilite el paraguas de seguridad que Washington ha garantizado desde 1949. Tusk rechaza esa lectura: para él, tener una defensa europea más robusta no sustituye a la OTAN, sino que la complementa y la hace más creíble.
Hay además un elemento geopolítico que facilita el debate: la salida de Viktor Orbán del gobierno húngaro. El primer ministro polaco señala que mientras Orbán estuvo en el poder no existía una comunicación real con Budapest en materia de defensa. Con el conservador proeuropeo Péter Magyar al frente, Hungría podría convertirse en un socio mucho más fiable, lo que allanaría el camino para acuerdos más ambiciosos dentro de la UE.
Tusk cierra su diagnóstico con una frase que resume el giro estratégico que propone: si hay algo positivo en la guerra de Ucrania, es que Europa ha comprendido que necesita estar unida también en lo militar. No como alternativa a la OTAN, sino como garantía de que las promesas escritas en los tratados se conviertan en capacidad real de respuesta. El tiempo, advierte, se mide en meses, no en años.