El Mutua Madrid Open cumple en 2026 su 25ª edición como uno de los nueve torneos Masters 1000 del circuito ATP, el escalón inmediatamente inferior a los cuatro Grand Slams. La Caja Mágica, diseñada por el arquitecto Dominique Perrault en el Parque Lineal del Manzanares, dispone de instalaciones modernas y una organización reconocida internacionalmente. Aun así, la pregunta que reaparece cada primavera en Madrid es siempre la misma: ¿por qué las gradas no acompañan al nivel del torneo?
Desde 2019, el extenista Feliciano López dirige el evento compaginándolo con su carrera profesional. El torneo es combinado, lo que significa que acoge de forma simultánea los cuadros masculino ATP y femenino WTA, algo que solo ocurre en un puñado de citas a lo largo del año. Sobre el papel, ese formato debería garantizar semanas de lleno completo. En la práctica, los números cuentan otra historia.
Precios que rivalizan con París
Las entradas para el Estadio Manolo Santana, la pista central con capacidad para cerca de 10.000 espectadores, arrancan en torno a los 10 euros en las jornadas iniciales y se disparan hasta los 176 euros en semifinales y la final. A primera vista, la horquilla parece razonable. El problema es la comparación con Roland Garros, el Grand Slam de tierra que marca la referencia mundial de este deporte: en París, las entradas para la pista Philippe-Chatrier —equivalente al Manolo Santana, pero con más de 14.000 localidades— parten de 95 euros en sesiones diurnas del cuadro principal, con las semifinales desde 120 euros y la final desde 220 euros.
Es decir, un partido de rondas finales en Madrid cuesta prácticamente lo mismo que una semifinal del torneo de tierra más importante del planeta. Esa paradoja se agudiza si se tienen en cuenta los abonos: un pase de segunda semana supera los 850 euros de salida, un precio que sitúa al torneo madrileño en una categoría de exclusividad que su tradición y su peso en el circuito no terminan de justificar. Además, el modelo de venta —con sesiones separadas, distintas zonas de acceso y una proliferación de categorías premium— convierte la compra de una entrada en un proceso confuso y costoso para el aficionado medio.
Palcos VIP llenos de sillas vacías
En mayo de 2024, una imagen circuló ampliamente por las redes sociales: los palcos VIP del Manolo Santana durante la final femenina, con decenas de butacas desocupadas mientras las dos mejores tenistas del mundo disputaban el título. No fue un caso aislado. La dinámica se repite en cada edición: las entradas se agotan en taquilla con rapidez, los revendedores elevan los precios hasta niveles prohibitivos para muchos aficionados y, al mismo tiempo, amplias secciones de la pista permanecen vacías porque los invitados corporativos no acuden.
El propio Feliciano López abordó la polémica con una explicación que resultó más reveladora que tranquilizadora: "Los dueños del torneo no somos nosotros; son otras empresas, con otros intereses, clientes a los que tienen que ayudar". La frase resume el modelo de negocio sobre el que se sostiene el evento. La web oficial del torneo describe sus espacios premium como entornos ideales para combinar "ocio, deporte y networking", una formulación que no es un desliz de redacción sino la declaración abierta de una prioridad: el tenis como escenario de relaciones empresariales.
El resultado es un ambiente que los aficionados habituales describen con frases como "voy a sacarme la foto, el tenis me da igual". Asistir al Open se ha convertido para una parte del público en una cita social donde el deporte es el decorado, no el protagonista.
La sombra de las apuestas en las gradas
A los problemas estructurales del modelo de negocio se suma una tendencia que preocupa cada vez más a los organismos que velan por la integridad del deporte. Durante el Madrid Challenger de 2025, celebrado en el Club de Campo con un perfil de público diferente al del Masters 1000, los incidentes protagonizados por apostadores marcaron prácticamente toda la semana. En los cuartos de final se escuchaban comentarios abiertos sobre mercados en directo mientras los asistentes consultaban aplicaciones de apuestas en sus teléfonos. El tenista eslovaco Norbert Gombos llegó a interrumpir un partido para encararse directamente con un grupo de jóvenes en las gradas.
El director de Integridad de LaLiga ya había advertido que el tenis y el baloncesto son los deportes donde la presión de los apostadores sobre el ambiente en las instalaciones resulta más visible. El motivo es el ritmo propio del juego y la proliferación de mercados de microeventos: apuestas punto a punto, por juego, por set. El resultado es que una parte del público ya no anima en función de lo que ocurre sobre la pista, sino en función del dinero que gana o pierde en cada intercambio. Una actitud que choca frontalmente con las exigencias de concentración y silencio que el tenis requiere para ser vivido y jugado en condiciones.
Ni el Mutua Madrid Open es un torneo en declive ni la Caja Mágica es un recinto deficiente. Pero el modelo que se ha construido a su alrededor genera tensiones difíciles de ignorar: precios que alejan al aficionado convencional, una política de invitaciones que deja butacas vacías en los momentos más importantes y una presencia creciente de apostadores que alteran la dinámica de las gradas. El tenis que se juega en Madrid es de primer nivel mundial. El ambiente que lo rodea todavía no lo acompaña.