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Trump suspende la guerra con Irán sin lograr sus objetivos

El presidente de EEUU extiende el alto el fuego indefinidamente tras no conseguir desmantelar el programa nuclear iraní.

Por Carlos García·viernes, 24 de abril de 2026·5 min lectura·1 vistas
Ilustración: Trump suspende la guerra con Irán sin lograr sus objetivos · El Diario Joven

Donald Trump inició a finales de febrero una campaña militar contra Irán sin consultar previamente con sus aliados —salvo Israel— y con un objetivo declarado: forzar a Teherán a desmantelar su programa de enriquecimiento de uranio. Semanas después, el martes pasado, prolongó indefinidamente el alto el fuego sin obtener ninguna contrapartida formal. No hubo acuerdo firmado, no hubo desmantelamiento anunciado, no hubo rendición iraní. Lo que hubo fue una prórroga a la espera de una "propuesta" de Teherán que, según la mayoría de analistas, puede tardar meses en materializarse.

La secuencia de los hechos es difícil de interpretar de otra manera. Trump lanzó varios ultimátums sucesivos a la República Islámica amenazando con consecuencias devastadoras si no cedía. Cuando venció el último plazo, en lugar de escalar, lo guardó en un cajón. En inglés circula ya el acrónimo TACO —Trump Always Chickens Out, algo así como "Trump siempre se acobarda al final"— para describir este patrón de comportamiento que se ha repetido en varias crisis de su mandato.

Por qué Irán aguantó el pulso

La clave para entender por qué Estados Unidos se vio obligado a dar marcha atrás está en la geografía y en la economía global. Irán controla el estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Cuando Teherán bloqueó el paso, los precios del crudo se dispararon y el fantasma de una recesión global empezó a planear sobre los mercados. Trump, que ha construido su narrativa política sobre la prosperidad económica de Estados Unidos, no podía permitirse ese escenario.

A eso se suma que una invasión terrestre era políticamente inviable. La base electoral de Trump —el movimiento MAGA— lo eligió precisamente porque prometió acabar con las "guerras eternas" como Afganistán. Ordenar a los marines avanzar sobre Teherán habría sido un suicidio político. Las guerras, como recuerda la historia del siglo XX, no se ganan solo desde el aire salvo que se recurra a armas de destrucción masiva. Se ganan cuando se ocupa la capital del enemigo, y eso no estaba sobre la mesa.

Irán, además, demostró una capacidad tecnológica y militar que muchos en Washington subestimaron. El uso masivo de drones —la nueva arma decisiva de los conflictos modernos, como ha quedado patente también en Ucrania— le permitió a la Guardia Revolucionaria Islámica mantener presión sobre las posiciones y los intereses estadounidenses en la región sin necesidad de una confrontación convencional.

El paralelismo con Ucrania

El conflicto en el Golfo guarda un paralelismo incómodo con la invasión rusa de Ucrania que comenzó en febrero de 2022. Vladimir Putin creyó que en pocos días cambiaría el régimen en Kiev con una operación relámpago. Trump, según las mismas fuentes analíticas, cometió un error análogo al asumir que los bombardeos intensivos y varios asesinatos selectivos de figuras del régimen bastarían para provocar un colapso interno en Teherán. En ambos casos se ignoró un principio básico: los pueblos tienden a aglutinarse alrededor de sus gobiernos cuando se sienten invadidos, incluso cuando esos gobiernos son autoritarios o impopulares.

La diferencia entre ambos casos es que Trump ha tenido que recoger velas y Putin, por el momento, no. Estados Unidos no tiene la misma capacidad de absorber un conflicto largo y costoso en una región tan estratégica para sus propios intereses económicos. Europa, que todavía no ha digerido del todo el impacto energético de la guerra en Ucrania —el barril Brent llegó a superar los 127 dólares en junio de 2022, según datos de Macrotrends— tampoco puede permitirse otro choque energético de esa magnitud.

Qué queda por gestionar

Las conversaciones de paz, que según los últimos informes serán moderadas de nuevo en Islamabad por el mariscal paquistaní Asim Munir, arrancan desde una posición de debilidad estadounidense difícil de disimular. Trump dirá que ha cumplido sus objetivos. Es el guión previsible. Pero la realidad es que el programa nuclear iraní no solo no ha sido desmantelado, sino que hay analistas que sostienen, con cierta base, que la presión militar puede haber acelerado la voluntad de Teherán de llegar a la bomba: tener capacidad nuclear es, en la lógica de la disuasión, la mejor póliza de seguro frente a ataques futuros.

Para los aliados de Washington —Europa incluida— el reto que se abre ahora es delicado. Deben gestionar la humillación política de un presidente que, en ningún momento, les consultó antes de iniciar la campaña militar. La lección que muchos extraen de este episodio es antigua pero necesaria: la fuerza bruta sin diplomacia no resuelve conflictos complejos. La pregunta es si los socios occidentales tendrán la claridad y el músculo suficiente para articular esa posición con coherencia en los próximos meses.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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