Hace unos 600 años, mientras Europa vivía el final de la Edad Media, el Imperio inca administraba uno de los territorios más extensos del continente americano sin escritura alfabética. Lo hacía, entre otras herramientas, con el quipu: un conjunto de cuerdas anudadas de distintos colores y orientaciones que, según una nueva investigación publicada en la revista Computer and Information Science, podría haber funcionado como el primer sistema informático de la historia de la humanidad.
El estudio está firmado por Richard Dosselmann, informático de la First Nations University of Canada, junto a Edward Doolittle y Vatika Tayal. Su objetivo no era descifrar el contenido concreto de ningún quipu, sino algo más ambicioso: analizar si la lógica estructural del dispositivo andino guarda paralelismos con los principios del software moderno. Y las conclusiones apuntan a que sí.
Nudos como datos, cuerdas como carpetas
El quipu no era un objeto decorativo ni un simple contador. Cada nudo, cada color y cada dirección del giro de la cuerda codificaba información: registros de impuestos, censos de población, inventarios de recursos, calendarios. Los investigadores identificaron que la estructura ramificada del dispositivo, donde las cuerdas secundarias se desprenden de una principal en forma de árbol, replica con notable precisión la arquitectura de los sistemas de archivos modernos: la misma lógica con la que una carpeta contiene subcarpetas en cualquier ordenador actual.
Esa similitud no es solo metafórica. El equipo de Dosselmann fue un paso más allá y tradujo la lógica del quipu a código funcional escrito en C++ y Python. A partir de los datos de un quipu real, desarrollaron tres aplicaciones operativas: una hoja de cálculo, un sistema de gestión de archivos y una herramienta de representación de imágenes. Los resultados mostraron que la naturaleza no lineal de la estructura permite una inserción de datos rápida, comparable en rendimiento a la de los arrays y las listas enlazadas que se usan en programación contemporánea.
De las montañas andinas al código fuente
Los incas construyeron un imperio que en su momento de mayor expansión abarcaba desde el actual Ecuador hasta el centro de Chile, gestionando recursos y comunicaciones a lo largo de miles de kilómetros. Según los registros del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, se conservan más de 900 quipus en colecciones de todo el mundo, aunque el significado completo de la mayoría sigue siendo un enigma para los investigadores.
Ese es precisamente uno de los matices que el propio estudio reconoce: descifrar el contenido específico de los quipus es una tarea pendiente y enormemente compleja. La investigación no resuelve ese problema. Lo que sí hace es proponer un marco conceptual nuevo: en lugar de analizar el quipu como un sistema de escritura perdido, lo trata como una plataforma de computación física, una arquitectura de procesamiento de información cuya lógica puede replicarse con lenguajes de programación actuales.
Esta distinción es relevante. Hasta ahora, los académicos debatían el quipu principalmente desde la lingüística y la arqueología. El enfoque informático abre una vía de análisis diferente que, según los autores, podría acelerar la comprensión de estos objetos y, de paso, ofrecer nuevas perspectivas sobre los orígenes del pensamiento computacional.
Un hallazgo que reescribe la historia de la computación
La historia oficial de la informática arranca en el siglo XIX con máquinas como la Máquina Analítica de Charles Babbage y da un salto definitivo en el siglo XX con los trabajos de Alan Turing y el desarrollo de los primeros computadores electrónicos. Situar un antecedente funcional seis siglos antes, y en una civilización precolombina, supone un giro significativo en esa narrativa.
Los investigadores son cautos al respecto: no afirman que los incas tuvieran consciencia de estar haciendo informática tal y como la entendemos hoy. Lo que sostienen es que desarrollaron, de forma independiente, un sistema físico capaz de ejecutar funciones equivalentes a las de una hoja de cálculo o un gestor de archivos, sin silicio, sin electricidad y sin código binario.
El trabajo de Dosselmann y su equipo no cierra el debate, sino que lo abre en una dirección nueva. La pregunta que queda en el aire es si otros dispositivos de civilizaciones antiguas, como el mecanismo de Anticitera griego o los calendarios mayas, podrían someterse al mismo tipo de análisis computacional y revelar una historia de la tecnología más larga y diversa de lo que los libros de texto reflejan.