En vivo
Buscar

Muere Cosme Delclaux, rehén de ETA durante 232 días

El abogado vizcaíno, secuestrado en 1996, falleció el pasado sábado en Bilbao a los 64 años.

Por Carlos García·lunes, 27 de abril de 2026Actualizado hace 3 min·4 min lectura·2 vistas
Ilustración: Muere Cosme Delclaux, rehén de ETA durante 232 días · El Diario Joven

El abogado vizcaíno Cosme Delclaux Zubiria falleció el pasado sábado en Bilbao a los 64 años. Su nombre quedó grabado en la historia reciente de España como uno de los rehenes que más tiempo pasó en cautividad a manos de ETA: 232 días encerrado en un zulo, sin luz natural, sin contacto con el exterior, a merced de una organización terrorista que durante décadas sembró el terror en el País Vasco y el resto del país.

Delclaux pertenecía a una familia con profundo arraigo industrial en el norte de España. Era hijo de Álvaro Delclaux Barrenetxea, que presidió Vidrala, la empresa de envases de vidrio con sede en Llodio (Álava), y también la filial española de la multinacional estadounidense Guardian. Él, sin embargo, había tomado otro camino profesional: el derecho. Trabajaba como abogado en EyS Consulting, una firma ubicada en el parque tecnológico de Zamudio, en Vizcaya.

Fue precisamente al salir de esa oficina cuando su vida cambió para siempre. El 11 de noviembre de 1996, con 34 años, fue interceptado y secuestrado por un comando de ETA. No volvería a respirar aire libre hasta el 1 de julio de 1997, cuando apareció maniatado a un árbol en un paraje del municipio vizcaíno de Elorrio. Habían pasado 232 días. Uno de los cautiverios más prolongados que registra la historia del terrorismo en España.

Lo que ocurrió esa misma jornada añade una dimensión histórica adicional al relato. Apenas seis horas después de que Delclaux fuera localizado en Elorrio, la Guardia Civil encontraba el zulo donde llevaba 532 días retenido José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones secuestrado en enero de 1995 en Mondragón (Gipuzkoa). Dos rescates en un mismo día, ambos con un coste humano enorme. Ortega Lara, cuya imagen al salir del zulo —esquelético, con la mirada perdida— quedó grabada en la memoria colectiva española, se convertiría en uno de los símbolos más crudos del terrorismo etarra.

El secuestro de Delclaux se inscribe en una época especialmente oscura para el País Vasco. Los años noventa concentraron algunos de los episodios más violentos protagonizados por ETA, que combinó atentados con coches bomba, asesinatos selectivos y secuestros extorsivos dirigidos principalmente contra empresarios y sus familias. La banda elegía a sus víctimas con un criterio claro: el impacto económico y mediático, la presión sobre el entorno empresarial vasco y la capacidad de arrancar rescates millonarios o concesiones políticas.

En el caso de Delclaux, el vínculo familiar con el mundo industrial no era un detalle menor. Su padre había dirigido una empresa de referencia en el sector del vidrio, con presencia internacional. La familia Delclaux formaba parte de ese tejido empresarial del norte de España que ETA convirtió en objetivo prioritario durante esa etapa. Según distintas informaciones publicadas en su momento, la banda exigió una cantidad millonaria para liberarle, aunque los detalles exactos de las negociaciones nunca fueron completamente esclarecidos en público.

La liberación llegó finalmente sin que mediara ningún pago oficial reconocido, aunque la familia siempre mantuvo una postura discreta sobre las circunstancias exactas del desenlace. Lo que sí quedó documentado es el estado en que Cosme Delclaux salió de su cautiverio: con secuelas físicas y psicológicas que le acompañarían durante años. Sobrevivir a más de siete meses en un zulo deja marcas que no desaparecen con la liberación.

Tras recuperar la libertad, Delclaux mantuvo un perfil público muy bajo. No buscó los focos ni convirtió su historia en tribuna política, algo que sí hicieron otras víctimas del terrorismo con plena legitimidad. Su vida quedó lejos del debate mediático, aunque su caso siguió siendo citado cada vez que se abordaba la historia de los secuestros de ETA y el alcance del daño que la organización infligió a cientos de familias a lo largo de décadas.

La muerte de Cosme Delclaux a los 64 años cierra el ciclo vital de uno de esos testigos incómodos que recuerdan que el terrorismo no es solo una estadística de muertos y heridos, sino también años robados, infancias marcadas y vidas torcidas de formas que no siempre aparecen en los informes oficiales. España cuenta con asociaciones de víctimas del terrorismo que llevan años trabajando para que esa memoria no se diluya. La historia de Delclaux es parte de ese relato colectivo que el país no puede permitirse olvidar.

Compartir:XFacebookWhatsAppEmail

Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

También te puede interesar