La deuda pública global se acerca al 100% del PIB mundial y podría superarlo antes de 2030, según las proyecciones presentadas por el FMI en su reunión de primavera de 2025. Si se suma la deuda privada, el porcentaje asciende al 235%. En ese contexto, conviene mirar atrás: la historia financiera acumula siglos de burbujas, colapsos y reinvenciones que siguen siendo sorprendentemente actuales.
La primera lección es que los activos considerados seguros son, paradójicamente, los más capaces de desencadenar una crisis sistémica. Cuando un bono basura cae, nadie se sorprende. Pero cuando cae aquello en lo que todo el mundo confía, el sistema tiembla. Pasó en 1557, cuando Francia, España y los Países Bajos incumplieron simultáneamente sus deudas en lo que los historiadores denominan el Impago de la Trinidad. Pasó de nuevo en 2007, cuando la sombra de duda sobre las hipotecas de máxima calificación crediticia bastó para congelar el mercado financiero global. Los bonos del Tesoro estadounidense ocupan hoy ese rol central: son el activo de referencia de todo el sistema financiero mundial. Cualquier fisura en su credibilidad tendría consecuencias difíciles de exagerar.
La segunda lección es más contraintuitiva: las burbujas también pueden ser productivas. El boom ferroviario del siglo XIX es el ejemplo más ilustrativo. Solo en Estados Unidos, las compañías ferroviarias emitieron bonos por valor de unos 5.000 millones de dólares hacia 1890, una cifra equivalente a más de diez billones en términos actuales si se ajusta al tamaño de la economía. La crisis que siguió, el Pánico de 1873, arruinó a generaciones de inversores. Pero la infraestructura que financiaron transformó el continente. Hoy, analistas de JPMorgan comparan ese fenómeno con la inversión en inteligencia artificial: estiman que se podrían destinar hasta cinco billones de dólares en IA e infraestructura asociada para 2030. La pregunta no es si habrá excesos, sino si la infraestructura resultante tendrá el mismo valor duradero que las vías del tren.
El apalancamiento y la complejidad, dos caras del mismo riesgo
La tercera lección habla del apalancamiento. Casi todas las grandes crisis tienen en común que el problema no era la pérdida en sí, sino el nivel de deuda que la amplificó. Hoy uno de los mecanismos de apalancamiento más relevantes es el mercado de repos, operaciones en las que se venden activos con el compromiso de recomprarlos a un precio ligeramente superior. El Banco de la Reserva Federal de Nueva York y el Tesoro estadounidense estiman que solo el mercado de repos en Estados Unidos supera los 13 billones de dólares. En Europa, según la Asociación Internacional de Mercados de Capitales, ronda los 14 billones de euros. Fue precisamente la congelación de este mercado lo que hundió a Bear Stearns y a Lehman Brothers en 2008. El mecanismo sigue creciendo.
Cuarta lección: la complejidad oculta riesgo. El origen de los derivados de crédito modernos fue, curiosamente, el vertido del Exxon Valdez en 1989. JPMorgan, expuesto a la línea de crédito que ExxonMobil usó para pagar las multas y la limpieza, encargó a sus expertos en derivados que diluyeran ese riesgo. El resultado fue el credit default swap, un instrumento que permitía asegurar préstamos y negociar ese seguro. Útil en teoría, devastador cuando se combinó con estructuras opacas de deuda colateralizada en 2008. El sucesor actual de aquella ingeniería son las transferencias de riesgo sintético, que el Banco de Pagos Internacionales cifra en unos 750.000 millones de euros en préstamos asegurados. Los reguladores las aprueban con cautela, pero advierten de que la complejidad puede disimular riesgos incluso en instrumentos diseñados para reducirlos.
Viejas ideas con nombres nuevos
La quinta lección es que pocas cosas son realmente nuevas. Las stablecoins generan hoy un debate encendido entre quienes ven en ellas el futuro del sistema bancario y quienes temen que alimenten la inestabilidad o el crimen. Pero el dilema ya se vivió en la llamada era de la Banca Libre en Estados Unidos, antes de la Guerra de Secesión, cuando cualquier banco con licencia estatal podía emitir su propio papel moneda. La mezcla de emisores legítimos, entidades dudosas y fraudes descarados contribuyó al Pánico de 1857. La respuesta llegó en 1863 con la Ley de Bancos Nacionales, que obligó a respaldar los billetes con deuda pública. La administración Trump ha intentado establecer un marco similar para las criptomonedas con la llamada Ley GENIUS, que exigiría respaldo en activos seguros para los tokens estables.
La sexta lección, que da inicio a toda esta reflexión histórica, viene de mucho más atrás: de la antigua Babilonia. Cuando las deudas crecían hasta amenazar la estabilidad política, los gobernantes mesopotámicos declaraban una liberación de deudas y rompían literalmente las tablillas de arcilla en las que se registraban los préstamos. Era una válvula de escape que evitaba revueltas. La deuda global de hoy no se registra en tablillas, pero el mecanismo de presión social no ha cambiado tanto. Ninguna de estas seis lecciones garantiza predecir la próxima crisis. Pero ignorarlas sería, como poco, imprudente.