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La crisis del Golfo dispara la transición energética

El conflicto en torno al estrecho de Ormuz refuerza los argumentos económicos, políticos y de seguridad para abandonar los combustibles fósiles.

Por Carlos García·domingo, 26 de abril de 2026Actualizado hace 8 min·5 min lectura·2 vistas
Ilustración: La crisis del Golfo dispara la transición energética · El Diario Joven

El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, recorría Europa hace apenas dos meses convencido de que la era fósil duraría para siempre. Exdirectivo de la industria petrolera y pieza clave del Gobierno de Donald Trump, presionaba a la Agencia Internacional de la Energía para que eliminara de sus análisis los escenarios que apuntan al declive del petróleo, el gas y el carbón. Dos meses después, el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán ha desatado una crisis energética global que, paradójicamente, está haciendo exactamente lo contrario de lo que Wright deseaba: acelerar el fin de la dependencia fósil.

La crisis en torno al estrecho de Ormuz, por donde transitaba algo más de una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado que consume el planeta, ha disparado los precios de los hidrocarburos y ha vuelto a poner sobre la mesa una pregunta que llevan décadas aplazando los gobiernos: ¿por cuánto tiempo más puede el mundo permitirse depender de un recurso que cotiza al ritmo de los conflictos geopolíticos? La respuesta, para un número creciente de países, instituciones y analistas, es clara: el tiempo se ha terminado.

"Si alguien dudaba de que debemos depender menos de los combustibles fósiles, creo que ahora está absolutamente claro que debemos dar esos pasos de forma robusta", señala Ana Toni, economista brasileña y jefa de la COP30, la próxima cumbre del clima de Naciones Unidas. Toni lo ha dicho en el contexto de la primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles, celebrada esta semana en Santa Marta, Colombia, con la participación de más de cincuenta países, entre ellos España, Alemania, Canadá, Brasil y el Reino Unido.

La electrificación, la única salida estructural

El camino que señalan los expertos no pasa por buscar nuevos suministradores de petróleo o gas, sino por eliminar la dependencia de raíz. La herramienta para lograrlo tiene nombre: electrificación. Sustituir los motores de combustión por eléctricos, las calderas de gas por sistemas de aerotermia, y los procesos industriales basados en la quema de combustibles por alternativas eléctricas. Un informe publicado a mediados de marzo por el grupo de análisis británico Ember concluye que, con la tecnología disponible hoy, ya es factible electrificar tres cuartas partes del consumo energético mundial.

Nicolas Fulghum, analista de Ember, recuerda que la transición energética ya estaba en marcha antes del conflicto en Oriente Medio: el año pasado, las energías renovables superaron por primera vez al carbón en la generación eléctrica global. Pero el analista cree que la crisis actual "probablemente acelerará" ese cambio. Como muestra, cita dos decisiones adoptadas en los últimos días: Indonesia ha anunciado la construcción de 100 gigavatios de capacidad solar en tres años para reducir su dependencia de combustibles importados, y Corea del Sur ha acelerado su expansión renovable.

En Europa, el efecto se nota también en los datos de consumo. En marzo, con la escalada del precio del diésel, las ventas de coches eléctricos crecieron más de un 50% interanual en el continente. La cifra confirma que, cuando el coste del combustible golpea directamente el bolsillo del ciudadano, las barreras psicológicas y económicas frente al vehículo eléctrico se rompen con una velocidad inusual.

Europa reconoce sus errores recientes

El momento, sin embargo, encuentra a la Unión Europea en una posición incómoda. Solo unos meses antes del estallido del conflicto, Bruselas cedió a las presiones del sector automotriz y retrasó el fin del coche de combustión más allá de 2035. Alemania, por su parte, eliminó la obligatoriedad de sustituir las calderas de gas por sistemas eléctricos. Dos decisiones que hoy son señaladas por analistas y expertos como errores de cálculo histórico.

"No se ha hecho autocrítica y, a la luz de los hechos, deberíamos", apunta Pedro Fresco, autor de *El arte de impulsar el cambio*. La Comisión Europea, que no ha permanecido indiferente a la situación, presentó esta semana un nuevo plan para acelerar la transición energética. "Debemos avanzar hacia energías limpias de cosecha propia", declaró su presidenta, Ursula von der Leyen, subrayando que la independencia energética es también una cuestión de seguridad geopolítica.

Una tendencia que ya no es solo cosa de países ricos

Uno de los datos más reveladores del informe de Ember es que tres cuartas partes de la población mundial vive en países que son importadores netos de combustibles fósiles. Eso significa que el incentivo para electrificarse no es exclusivo de las economías avanzadas, sino de casi todo el planeta. Y los ejemplos lo confirman.

Nepal, uno de los países más pobres de Asia, ya vende ocho de cada diez coches nuevos en versión 100% eléctrica, situándose por delante de Dinamarca, Suecia o los Países Bajos. Etiopía ha prohibido directamente la importación de vehículos de gasolina o diésel y acerca el 10% de su parque automovilístico a los eléctricos, aprovechando su abundante generación hidroeléctrica. En Pakistán, las ventas de paneles solares se han disparado tras el cierre del estrecho de Ormuz, lo que reducirá la demanda de carbón y gas para generar electricidad.

La transición, en definitiva, ya no es una aspiración de élites verdes del norte de Europa. Es una respuesta pragmática a la vulnerabilidad energética que comparten la mayoría de los países del mundo. El 80% de la energía primaria mundial sigue procediendo de los combustibles fósiles, lo que convierte el cambio en un proceso largo y complejo. Pero la dirección, apuntan todos los indicadores, es cada vez menos reversible. Como resume Ira Joseph, investigador de la Universidad de Columbia, "la electrificación ha pasado a ser prioritaria como concepto central de la transición energética, y eso refleja un mayor énfasis en la seguridad energética como instrumento de la geopolítica". Lo que Trump quería frenar, la crisis que él mismo ha contribuido a desatar podría terminar acelerando.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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