El agua que bebemos, en muchas zonas del mundo, viene del subsuelo. Y en las costas, ese subsuelo está cada vez más cerca del mar. Un nuevo estudio publicado en la revista Nature Water, liderado por la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, en Alemania, confirma que la intrusión de agua salada en acuíferos de agua dulce es un fenómeno extendido a escala global, no un problema puntual de cuatro países con mala suerte. Y el Mediterráneo, incluyendo las costas españolas, está en el centro del mapa de riesgo.
La investigación analizó datos de casi 480.000 puntos de monitoreo costero en todo el planeta. Las conclusiones son claras: amplias franjas litorales presentan condiciones hidroclimáticas que favorecen que el agua del mar penetre en las reservas subterráneas de agua dulce, contaminándolas y dejándolas inutilizables para el consumo humano o para el riego agrícola. Los investigadores advierten de que este proceso ya está ocurriendo y que, sin cambios en la gestión del recurso y en la reducción de emisiones, el problema se agravará de forma significativa a lo largo de este siglo.
Qué es la intrusión salina y por qué se acelera
Cuando se extrae agua de un acuífero costero a un ritmo mayor del que la lluvia puede reponer, el nivel freático baja. Al bajar, el equilibrio entre el agua dulce y el agua salada se rompe, y el mar avanza hacia el interior del subsuelo. A esto se suma el aumento del nivel del mar provocado por el calentamiento global, que empuja físicamente el frente salino tierra adentro. El resultado es que el agua que antes era apta para beber o cultivar se vuelve salobre o directamente salada.
El profesor Robert Reinecke, líder del equipo de investigación, señaló que las zonas donde el nivel freático está cerca del nivel del mar son especialmente vulnerables, al igual que las regiones áridas donde la población depende casi exclusivamente de las aguas subterráneas. Según el estudio, las costas de Estados Unidos y América Central, la cuenca mediterránea, Sudáfrica, India y el sur de Australia registran ya los descensos más preocupantes en sus acuíferos costeros.
España forma parte de esa cuenca mediterránea. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico lleva años alertando de la sobreexplotación de acuíferos en el litoral levantino y en las Islas Canarias, zonas donde la agricultura intensiva y el turismo masivo generan una presión extraordinaria sobre el agua subterránea. La intrusión marina en acuíferos como los del Campo de Dalías, en Almería, o los de la costa de Murcia no es un escenario hipotético: es una realidad documentada desde hace décadas que el cambio climático amenaza con intensificar.
Un problema que va mucho más allá del grifo
Más de un tercio de la población mundial vive en zonas costeras, y en muchas de ellas el agua subterránea es la principal fuente de abastecimiento. Las proyecciones científicas apuntan a que hasta dos tercios de las costas del planeta podrían verse afectadas por la intrusión salina antes de 2100 si no se toman medidas. Eso no es un titular alarmista: es la estimación derivada de los modelos climáticos e hidrológicos más recientes.
Las consecuencias se ramifican en varias direcciones. La más inmediata es la salud pública: el consumo de agua con niveles elevados de sal o de contaminantes arrastrados por la mezcla puede causar problemas renales y cardiovasculares, además de hacer ineficaces los sistemas de depuración convencionales. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cerca de 2.000 millones de personas en el mundo carecen hoy de acceso a agua segura; la degradación de acuíferos costeros podría sumar decenas de millones más a esa cifra.
La agricultura es otro frente crítico. El riego con agua salobre reduce el rendimiento de los cultivos y daña el suelo a largo plazo, con efectos que pueden ser irreversibles en el corto plazo. En regiones mediterráneas como el sureste español, donde la agricultura de exportación depende casi al cien por cien del regadío, el deterioro de las reservas subterráneas tiene consecuencias económicas directas y medibles.
Qué se puede hacer
Los investigadores apuntan a tres líneas de acción fundamentales. La primera es mejorar el monitoreo de los acuíferos costeros, especialmente en países en desarrollo donde los sistemas de vigilancia son escasos o inexistentes. La segunda es reformar la gestión del agua: reducir la extracción, fomentar la recarga artificial de acuíferos y establecer límites legales más estrictos a su sobreexplotación. La tercera, y más estructural, es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para frenar el aumento del nivel del mar, que es el motor de fondo de todo este proceso.
En España, la trasposición de la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea obliga a los estados miembros a alcanzar el buen estado cuantitativo y cualitativo de todas las masas de agua subterránea. Sin embargo, los informes de seguimiento de la Comisión Europea muestran que una parte significativa de los acuíferos costeros españoles sigue sin cumplir ese objetivo. El estudio de Nature Water añade urgencia científica a un debate que, en términos políticos y de gestión, lleva demasiado tiempo sin resolverse.