Juan Roig ha decidido afrontar la herencia económica del Roig Arena con una operación contable que puede parecer llamativa a primera vista: la sociedad que gestiona el recinto multiusos de Valencia ha cerrado el ejercicio 2024 con unas pérdidas de 429,8 millones de euros. Sin embargo, detrás de ese número rojo hay una decisión estratégica deliberada, no un fracaso empresarial.
La clave está en los 406,7 millones registrados bajo el epígrafe de deterioros y resultados por enajenación de inmovilizado. En términos prácticos, la sociedad Licampa 1617, que es la entidad jurídica que engloba el Roig Arena, ha amortizado de golpe prácticamente toda la inversión realizada en la construcción del recinto, estimada en torno a los 400 millones de euros. El objetivo declarado es, según la propia compañía, "poner el contador a cero" para que el recinto pueda crecer desde una base económica saneada, donde los ingresos superen a los gastos sin el lastre de una deuda o depreciación estructural que comprometa su viabilidad.
Esta filosofía encaja con el discurso que el presidente de Mercadona ha mantenido desde que inauguró el espacio el 6 de septiembre de 2024. Roig siempre ha calificado el Roig Arena como un "legado" a la ciudad de Valencia, no como un negocio al uso. Su exigencia a los gestores ha sido desde el primer día una sola: que los ingresos sean superiores a los gastos. No habla de rentabilidad sobre la inversión, ni de retorno a largo plazo, sino de simple equilibrio operativo.
Los primeros números de actividad
El ejercicio 2024 fue el primero en el que Licampa 1617 generó ingresos reales. En los cuatro meses que van desde la apertura en septiembre hasta el cierre del año, el recinto celebró cerca de 100 eventos y facturó 11 millones de euros. Una cifra que, aunque modesta comparada con la magnitud de la inversión, refleja un arranque operativo sólido para un espacio que apenas había comenzado a rodar.
El ritmo se ha acelerado en 2025. Hasta mediados de abril, el Roig Arena ya había acogido cerca de 200 eventos y superado el umbral del millón de espectadores. Estos datos apuntan a una ocupación sostenida que podría situar al recinto como uno de los grandes recintos de entretenimiento del sur de Europa, compitiendo directamente con espacios como el Palau Sant Jordi de Barcelona o el WiZink Center de Madrid en la captación de grandes giras y eventos deportivos de primer nivel.
El modelo de gestión que ha elegido Roig para el Arena es, en esencia, el de una infraestructura cultural y deportiva que se autofinancia con su actividad ordinaria, sin necesidad de devolver una inversión que ya ha sido absorbida contablemente. Es un enfoque que recuerda más al de una fundación o una infraestructura pública que al de un promotor privado convencional.
El grupo Roig, más allá del Arena
Más allá de la operación contable del recinto valenciano, las cuentas consolidadas del holding familiar ofrecen una imagen de solidez financiera. La sociedad Inmo Alameda, que agrupa todos los negocios del empresario valenciano, cerró 2024 con un beneficio neto de 1.275 millones de euros, después de abonar 511 millones en concepto de impuesto de sociedades. Es decir, el grupo tributó a un tipo efectivo cercano al 29% sobre sus ganancias brutas.
De ese beneficio, Juan Roig percibió 32,1 millones en dividendos como socio único de la holding, frente a los 27,8 millones que cobró el año anterior. A ello hay que sumar 12 millones brutos en retribución como administrador único, de los cuales 11 procedieron de Inmo Alameda y uno de su cargo como presidente de Mercadona. Sin embargo, la propia compañía subraya que, tras aplicar una presión fiscal del 54%, Roig se queda en la práctica con alrededor de 5,6 millones netos.
El dato es relevante porque ilustra el perfil tributario de las grandes fortunas empresariales en España y el debate recurrente sobre la fiscalidad de rentas altas. Según los datos publicados por la Agencia Tributaria, los contribuyentes con rentas superiores al millón de euros soportan tipos medios efectivos que oscilan entre el 40% y el 55%, dependiendo de la composición de sus ingresos entre trabajo, capital y dividendos.
En conjunto, el caso del Roig Arena es un ejemplo poco habitual en el empresariado español: una inversión de 400 millones que se declara deliberadamente a pérdidas para liberar al proyecto de cualquier presión de retorno económico, apostando por el impacto urbano y social de la infraestructura como único objetivo de largo plazo. Si el modelo funciona y el recinto sigue llenando butacas al ritmo actual, la apuesta de Roig puede convertirse en un referente de cómo la iniciativa privada puede asumir el papel de mecenas urbano sin renunciar a la gestión profesional.