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El Ártico encadena dos inviernos con mínimos históricos de hielo

La extensión máxima del hielo marino en 2026 empata con el récord negativo de 2025: falta una superficie helada equivalente a España, Francia y Alemania juntas

Por Redacción El Diario Joven·domingo, 12 de abril de 2026Actualizado hace 8 min·4 min lectura·1 vistas
Ilustración: El Ártico encadena dos inviernos con mínimos históricos de h · El Diario Joven

El máximo invernal de hielo marino en el Ártico, registrado el pasado 15 de marzo, alcanzó los 14,29 millones de kilómetros cuadrados, una cifra que el Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo de Estados Unidos (NSIDC) considera un empate técnico con el mínimo histórico marcado en 2025. Es la primera vez desde que existen registros por satélite, iniciados en 1979, que dos inviernos consecutivos presentan niveles tan bajos de superficie helada en el polo norte.

La diferencia entre ambos años es prácticamente irrelevante: apenas 0,02 millones de kilómetros cuadrados, una variación que queda dentro del margen de 40.000 km² que los científicos del NSIDC utilizan para considerar que dos mediciones son estadísticamente equivalentes. En términos prácticos, el hielo no ha mejorado nada respecto al año anterior, consolidando una tendencia descendente que los climatólogos llevan décadas documentando.

1,3 millones de kilómetros cuadrados menos que la media histórica

Para dimensionar lo que está ocurriendo, los investigadores comparan los datos actuales con la media del periodo 1981-2010, que sirve como referencia estándar en climatología. Frente a ese promedio, el máximo invernal de 2026 presenta un déficit de 1,3 millones de kilómetros cuadrados de hielo. Esa cifra representa una reducción de entre el 8% y el 10% de la superficie helada esperada, un área comparable a la suma de los territorios de España, Francia y Alemania.

No se trata de un dato aislado ni de una anomalía puntual. Los registros acumulados desde finales de los años setenta revelan que el máximo invernal de hielo ártico se reduce a un ritmo aproximado del 12% por década. Es decir, cada diez años desaparece una proporción significativa de la capa de hielo que el océano Ártico debería formar durante los meses más fríos del año. Lejos de estabilizarse, la tendencia se ha ido acelerando progresivamente.

El grosor, la otra dimensión del problema

La extensión superficial es solo una parte de la ecuación. El volumen real de hielo depende también de su grosor, y ahí las noticias son igualmente preocupantes. La misión ICESat-2 de la NASA, equipada con un altímetro láser de alta precisión que mide la elevación del hielo desde el espacio, ha detectado que gran parte de la capa helada actual es considerablemente más fina que en décadas anteriores. Las zonas más afectadas se concentran en el mar de Barents, al norte de Escandinavia, y en el mar de Ojotsk, frente a las costas orientales de Rusia.

Un hielo más delgado es un hielo más vulnerable. Se fractura con mayor facilidad ante las tormentas que llegan con la primavera y, sobre todo, se funde mucho más rápido cuando suben las temperaturas en verano. Esto convierte el dato del máximo invernal en una señal adelantada de lo que puede ocurrir en los meses cálidos: cuanto menos hielo y más fino se forme en invierno, más dramático será el deshielo estival posterior.

Un ciclo que se retroalimenta

La relación entre el hielo invernal y el calentamiento del océano funciona como un bucle que se refuerza a sí mismo. Cuando la superficie helada disminuye, queda expuesta una mayor extensión de agua oscura, que absorbe la radiación solar en lugar de reflejarla como haría el hielo blanco. Ese efecto, conocido como retroalimentación del albedo, provoca que las temperaturas del agua suban, lo que a su vez dificulta la formación de hielo cuando vuelve el invierno. El resultado es un ciclo que se perpetúa y se intensifica temporada tras temporada.

Este mecanismo no es una hipótesis teórica, sino un proceso que los científicos llevan observando empíricamente durante años. El hecho de que 2025 y 2026 compartan el récord negativo de extensión invernal es una manifestación directa de esa dinámica. Cada invierno débil prepara el terreno para un verano de deshielo más agresivo, y cada verano de deshielo agresivo debilita la capacidad del Ártico para regenerarse en el siguiente invierno.

Las implicaciones van mucho más allá de la región polar. El Ártico actúa como regulador térmico del planeta, y los cambios en su cubierta de hielo influyen en los patrones de circulación atmosférica y oceánica que determinan el clima en latitudes medias, incluida Europa. Alteraciones en la corriente en chorro, olas de frío extremas en latitudes inusuales o veranos más cálidos de lo normal son fenómenos que los investigadores vinculan, en parte, con la pérdida de hielo ártico.

La percepción local frente al dato global

Resulta paradójico que muchas personas en España y otros países europeos hayan percibido el invierno de 2025-2026 como especialmente frío o duro. Las heladas, las nevadas puntuales o las temperaturas bajas a nivel local pueden crear una impresión que no se corresponde con la realidad climática global. Mientras algunas regiones experimentan episodios de frío intenso —en ocasiones precisamente relacionados con las alteraciones que provoca el debilitamiento del vórtice polar—, el termómetro planetario sigue marcando una tendencia inequívoca de calentamiento.

Los datos del Ártico son, en este sentido, uno de los indicadores más claros y medibles de esa tendencia. No dependen de la percepción subjetiva ni de las condiciones meteorológicas de una semana concreta en una ciudad concreta. Son cifras recogidas por satélites durante casi cinco décadas que muestran, sin margen para la ambigüedad, que el planeta está perdiendo una de sus reservas de hielo más importantes a un ritmo que no da señales de frenarse.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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