El presidente colombiano Gustavo Petro y la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez se vieron las caras por primera vez este viernes en el Palacio de Miraflores, en Caracas. El encuentro duró aproximadamente cuatro horas y concluyó con un acuerdo para combatir militarmente a los grupos violentos, las redes de narcotráfico y el contrabando que operan en la extensa frontera que comparten ambos países. La reunión marca un paso significativo en la recomposición de las relaciones entre Bogotá y Caracas, dos vecinos con una historia reciente de tensiones diplomáticas y cierres fronterizos.
La cita entre Petro y Rodríguez es relevante en términos de protocolo: es la primera vez que el mandatario colombiano se reúne directamente con Delcy Rodríguez, figura de enorme peso dentro del gobierno de Nicolás Maduro y considerada uno de los pilares del chavismo en el poder. Aunque Petro y Maduro ya habían tenido contactos previos desde que Colombia restableció relaciones diplomáticas con Venezuela en 2022, este encuentro eleva el nivel de coordinación entre ambas administraciones en materia de seguridad.
La frontera colombo-venezolana, de más de 2.200 kilómetros, es una de las más conflictivas de América Latina. Por ella transitan toneladas de cocaína con destino a Europa y Estados Unidos, pero también grupos armados irregulares como el ELN, disidencias de las FARC y bandas criminales que actúan a uno y otro lado sin demasiados obstáculos. El contrabando de combustible, alimentos y divisas también representa un problema estructural que ninguno de los dos gobiernos ha logrado resolver de forma sostenida. Según datos de la ONU sobre el tráfico de drogas en la región, Colombia sigue siendo el principal productor mundial de cocaína, y Venezuela funciona como corredor estratégico hacia el Caribe y el Atlántico.
El acuerdo alcanzado en Miraflores implica, según las informaciones disponibles, la participación de las fuerzas militares de ambos países en operaciones conjuntas o coordinadas contra estos grupos. Los detalles operativos no han sido revelados públicamente, algo habitual en este tipo de pactos de seguridad. No se ha informado de si existirá un mando conjunto, protocolos de intercambio de inteligencia o simplemente una mayor coordinación en las zonas fronterizas más sensibles.
El contexto geopolítico añade capas de complejidad al acuerdo. La administración de Donald Trump ha mantenido una presión sostenida sobre el gobierno de Maduro, con sanciones económicas activas y una política de máxima presión que incluye incentivos para terceros países que cooperen en el aislamiento de Caracas. Que Colombia, un aliado histórico de Washington en la región, firme un acuerdo de cooperación militar con Venezuela genera incomodidad en algunos sectores y será observado con atención desde la Casa Blanca. El Departamento de Estado estadounidense ha calificado en repetidas ocasiones al gobierno venezolano de régimen autoritario y ha vinculado a altos funcionarios chavistas con el tráfico de drogas.
Desde el punto de vista colombiano, Petro ha apostado desde el inicio de su mandato por la llamada «paz total», una estrategia que busca negociar con todos los actores armados del país, incluidos aquellos que tienen bases de operación en Venezuela. Para esa política, la colaboración de Caracas resulta imprescindible: sin ella, cualquier acuerdo de paz con el ELN, por ejemplo, tiene recorrido limitado, dado que parte de su dirección opera en territorio venezolano. En ese sentido, el pacto con Delcy Rodríguez puede leerse también como una pieza del tablero interno colombiano, no solo como una decisión de política exterior.
Venezuela, por su parte, arrastra una crisis económica y humanitaria prolongada que ha debilitado la capacidad operativa de sus fuerzas armadas en algunas zonas del país. El gobierno de Maduro ha acusado históricamente a Colombia de permitir que grupos paramilitares y disidencias usen su territorio para desestabilizar Venezuela, y ve en este tipo de acuerdos una oportunidad para reforzar el control sobre regiones donde el Estado apenas llega. La cooperación bilateral en seguridad puede servirle también como argumento para mejorar su imagen internacional en un momento en que el aislamiento diplomático sigue siendo considerable.
Lo que queda por ver es si el acuerdo alcanzado en Caracas se traduce en acciones concretas sobre el terreno. La historia reciente de la cooperación entre ambos países en materia de seguridad está salpicada de anuncios que no terminaron de materializarse. La frontera sigue siendo peligrosa, los grupos armados siguen operando y el narcotráfico no da señales de retroceder. El verdadero alcance de lo acordado entre Petro y Rodríguez se medirá en los próximos meses, cuando se conozcan los resultados operativos de esta nueva etapa de entendimiento bilateral.