La guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han sacudido los mercados energéticos globales. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cifró en 3.000 millones de euros las pérdidas acumuladas solo en los primeros diez días de conflicto. Sin embargo, el golpe no está siendo igual en todos los países de la Unión Europea. España, que ha apostado con fuerza por la energía solar y eólica en la última década, está resistiendo esta tormenta mejor que la mayoría de sus socios comunitarios.
Los datos son contundentes. Según un análisis elaborado por EY España, durante los primeros 24 días de la guerra de Irán el coste medio de la electricidad en el mercado mayorista español se situó en 49,95 euros por megavatio-hora (MWh). En el mismo período al inicio de la invasión rusa de Ucrania, ese precio llegó a 301,13 euros por MWh. La diferencia entre ambas crisis supera el 600%. Marta Sánchez, socia responsable de Energía en EY España, lo atribuye directamente a la penetración de las renovables en el mix eléctrico nacional: los precios actuales del pool son significativamente más bajos gracias a su aportación.
Esta lectura la comparte Francesco La Camera, director general de la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA), que señala que los países que han invertido en solar, eólica, baterías y eficiencia energética están sorteando la crisis con menos daño económico que quienes siguen dependiendo del gas y el petróleo. España y Portugal registraron un crecimiento del 21% en energía limpia entre 2022 y 2025. En ese mismo periodo, su sensibilidad a las fluctuaciones del precio del gas se redujo a la mitad: por cada euro de subida en el gas, el precio de la electricidad en la península ibérica solo sube 0,089 euros por MWh, el tercer valor más bajo de toda la Unión Europea, según el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA).
El músculo renovable de España
El secretario de Estado de Energía, Joan Groizard, lo resumió sin ambages en el IV Encuentro EXPANSIÓN Energía: la apuesta por las renovables es lo que está ayudando a contener los precios ante la crisis desatada por el conflicto en Oriente Próximo. Y los números respaldan esa afirmación. En la actualidad, España cuenta con 140.550 megavatios (MW) de potencia renovable instalada y en servicio, a los que se suman otros 129.250 MW con permisos concedidos y 55.065 MW en construcción o en trámite. El total asciende a casi 325.000 MW, con la fotovoltaica y la eólica como tecnologías dominantes.
El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) fija un objetivo de 214.237 MW para 2030. Dado el volumen de proyectos ya autorizados, técnicamente ese objetivo podría alcanzarse incluso sin necesidad de nuevas aprobaciones. Pero la experta de EY advierte de que varios factores están ralentizando la puesta en operación real de esa capacidad.
El más llamativo es la paradoja de los precios bajos o negativos en horas de alta generación solar. El exceso de oferta en determinadas franjas horarias desincentiva la inversión en nuevos proyectos y frena el desarrollo del almacenamiento, precisamente la tecnología que permitiría aprovechar ese excedente en momentos de mayor demanda. A eso se suma que la red eléctrica está saturada en más del 80% del territorio español, lo que limita las conexiones de nuevos consumidores y generadores.
Desafíos que no pueden ignorarse
España parte de una posición privilegiada, pero no está exenta de problemas. El apagón total registrado el 28 de abril de 2025 dejó en evidencia la fragilidad de un sistema que, pese a su alto porcentaje de renovables, aún no tiene resuelta la gestión de la estabilidad de la red. Desde entonces, el Operador del Sistema ha endurecido los controles técnicos, lo que genera sobrecostes que el sector reclama eliminar mediante un plan específico.
Otro frente abierto es la fiscalidad. Los impuestos y cargos sobre la electricidad en España superan a los de Francia, Alemania e Italia en la mayoría de los segmentos de consumo, lo que resta competitividad a la industria y encarece la factura de los hogares pese a que el precio de mercado sea comparativamente bajo. El sector también señala la necesidad de habilitar accesos flexibles a la red para que nuevos consumidores intensivos, como los centros de datos que buscan instalarse en España atraídos precisamente por la energía limpia, puedan conectarse sin esperar años a que se amplíe la infraestructura.
El mensaje de fondo que emerge de este análisis es claro: la transición energética no es solo una política climática, sino también una herramienta de seguridad económica. Los países que diversificaron sus fuentes de energía antes de que estallara la crisis están pagando menos y dependiendo menos de las decisiones de productores extranjeros. Para España, el reto ahora es resolver los cuellos de botella que frenan el aprovechamiento pleno de esa ventaja competitiva.