Los mercados financieros arrancan la semana con una mezcla de cautela y nerviosismo. El estrecho de Ormuz lleva bloqueado dos meses y, pese a que Teherán habría trasladado a Washington una nueva propuesta para reabrir el paso marítimo según informó Axios, los inversores no se dan por convencidos. La prueba está en el precio del petróleo: el barril de brent cerró este lunes con una subida del 2,75%, hasta los 108,23 dólares, consolidando su regreso por encima de los 100 dólares registrado la semana pasada.
La cancelación del viaje de los negociadores estadounidenses a Islamabad, donde estaban previstas las conversaciones, ha reforzado la percepción de que el conflicto está lejos de resolverse. Donald Trump descartó el desplazamiento sin ofrecer una explicación detallada, lo que muchos analistas interpretan como una señal de que las negociaciones atraviesan un momento especialmente delicado. "La reacción del petróleo apunta a la escasa credibilidad que el mercado otorga a un acuerdo entre las partes. Si Estados Unidos accede ahora a desbloquear Ormuz, Irán tendrá pocos incentivos para ceder luego en el tema nuclear", advierten los analistas de Renta 4.
Bolsas bajo presión
La renta variable europea, que había iniciado la sesión con el impulso de los máximos marcados por Wall Street el viernes, se dio la vuelta con la apertura del mercado estadounidense y terminó el día en territorio negativo. Las pérdidas oscilaron entre el 0,2% del CAC francés y el 0,56% del FTSE británico. El Ibex 35 resistió mejor que sus homólogos, pero tampoco escapó a la presión: cerró prácticamente plano, con una caída simbólica del 0,02%, incapaz de mantenerse por encima de los 17.700 puntos pese a haber rozado los 17.800 en intradía. Los valores bancarios como BBVA, Santander y Unicaja aportaron algo de oxígeno con subidas moderadas, pero no fueron suficientes para sostener al selectivo.
Al otro lado del Atlántico, Wall Street optó por la moderación. El S&P 500 cerró con una subida de apenas el 0,2%, lo que refleja el espíritu de espera que domina entre los gestores antes de una semana cargada de catalizadores. El índice estadounidense acumula en abril ganancias cercanas al 10% impulsadas por el sector tecnológico, pero los inversores son conscientes de que ese rally necesita seguir encontrando argumentos sólidos.
La semana de los grandes tecnológicos
Esta semana presentarán resultados algunas de las empresas más influyentes del mundo. El miércoles serán Alphabet, Microsoft, Amazon y Meta las que abran sus libros de cuentas; el jueves lo hará Apple. Las cinco forman parte del grupo conocido como los "siete magníficos" y concentran en conjunto una capitalización bursátil de aproximadamente 16 billones de dólares, equivalente a cerca de una cuarta parte de todo el S&P 500. En este contexto, Nvidia ha encadenado nuevos máximos históricos y ha superado los cinco billones de dólares de valoración en bolsa, alimentando la narrativa de la inteligencia artificial como motor del mercado.
Las cifras que presenten estas compañías importan, pero quizás más relevantes aún serán las guías de negocio que ofrezcan para los próximos trimestres. Con el S&P 500 en zona de máximos y la visibilidad geopolítica bajo mínimos, cualquier señal de desaceleración o de impacto del encarecimiento energético en sus márgenes podría desencadenar una corrección significativa.
Bancos centrales en el punto de mira
A todo esto se suma que esta semana celebran sus respectivas reuniones de política monetaria el Banco Central Europeo y la Reserva Federal. El BCE lleva meses vigilando de cerca el impacto del precio de la energía en la inflación de la eurozona, y los últimos datos no invitan al optimismo: los índices PMI y los indicadores de confianza empresarial en Alemania apuntan a un crecimiento anémico acompañado de presiones inflacionistas, un cóctel que los economistas denominan estanflación. La Reserva Federal enfrenta un dilema similar.
El mercado da por descontado que ambas instituciones mantendrán los tipos sin cambios en esta reunión, pero los inversores escrutarán con atención los mensajes de Jerome Powell y Christine Lagarde para detectar cualquier pista sobre los próximos movimientos. Si la crisis energética se prolonga, la presión sobre los bancos centrales para actuar —en un sentido o en otro— irá en aumento.
En el plano geopolítico, la Agencia Internacional de la Energía ya ha advertido de que el bloqueo del estrecho de Ormuz se ha convertido en la mayor crisis de suministro de la historia. El consenso del mercado apunta a que la pérdida acumulada de alrededor de 1.000 millones de barriles es prácticamente inevitable, y que mientras la situación no se resuelva, la demanda deberá adaptarse a una oferta estructuralmente más reducida. Entre los efectos secundarios más visibles, la reducción del tráfico aéreo podría prolongarse más de lo inicialmente previsto. Los mercados, por ahora, siguen esperando una señal clara que llegue de la mesa de negociación.