Si el Senado estadounidense da luz verde a su nombramiento, Kevin Warsh asumirá la presidencia de la Reserva Federal el próximo 15 de mayo. Todavía no hay certeza absoluta sobre su confirmación, pero los analistas ya calientan motores ante lo que podría ser un punto de inflexión para los mercados financieros globales. La Bolsa estadounidense acaba de batir su récord histórico, lo que hace que el momento sea especialmente sensible.
Los inversores tienen la mirada puesta en el conflicto en Oriente Próximo, pero bajo esa superficie hay una preocupación creciente por el relevo al frente de la principal autoridad monetaria del mundo. Dos miedos concretos concentran los comentarios de los observadores del mercado, y ambos merecen un análisis detallado.
El patrón histórico que inquieta a los analistas
El primer temor es de naturaleza estadística. Varios analistas han señalado que, en los últimos ciclos, las correcciones bursátiles significativas han coincidido con los primeros dos años de mandato de un nuevo presidente de la Reserva Federal. Los casos más citados son ilustrativos: el lunes negro de 1987, poco después de que Alan Greenspan tomara posesión; la crisis financiera de 2008 bajo el mandato de Ben Bernanke; y el desplome provocado por la pandemia de covid en 2020, con Jerome Powell ya en el cargo.
La lectura superficial sugiere una especie de maldición del cargo. Sin embargo, Jim Reid, analista de Deutsche Bank, matiza que "la evidencia histórica es mixta" y que más que una pauta real, se trata de "una percepción de que los nuevos presidentes de la Fed siempre son puestos a prueba al poco de tomar posesión". Es decir, la correlación existe, pero atribuirle causalidad directa sería exagerado. Lo que sí es cierto es que los mercados tienden a testear a los nuevos responsables de política monetaria, y eso, en sí mismo, ya genera volatilidad.
El fondo del problema: ¿habrá 'put' de Warsh?
El segundo miedo es más estructural y tiene que ver con la filosofía económica de Warsh. En su comparecencia ante el Senado esta semana, el candidato defendió reducir el balance de la Reserva Federal y propuso modificar la metodología de análisis de la inflación. En concreto, quiere volver a incluir energía y alimentos en el indicador principal, aunque observando la evolución del dato a medio plazo en lugar de mes a mes.
Ambas posiciones, según los analistas, apuntan en la misma dirección: menos margen para recortes de tipos agresivos. Y eso choca frontalmente con las demandas públicas del presidente Donald Trump, que ha presionado de forma reiterada para que la Fed baje los tipos con rapidez. Si Warsh se aferra a su criterio, el mercado no tendrá el colchón de liquidez que espera.
Aquí entra en juego el concepto del "put" de la Fed, esa idea de que, cuando las Bolsas caen con fuerza, el banco central acaba interviniendo con bajadas de tipos o inyecciones de liquidez para frenar el desplome. Greenspan lo usó en 1987, y desde entonces los inversores han asumido que esa red de seguridad existe. La gran pregunta ahora es si habrá un "Warsh put" o si el nuevo presidente dejará caer los mercados sin intervenir de inmediato.
Steven Blitz, economista jefe de TS Lombard, resume el dilema con claridad: "El primer gran desafío para Warsh será un gran tropiezo de la Bolsa". Y añade que, si los mercados se desploman y Warsh reacciona recortando tipos, será criticado por haber actuado demasiado tarde. Es una trampa casi imposible de esquivar: actuar pronto se interpreta como capitulación ante los mercados; actuar tarde implica asumir el coste de la caída.
Lo que espera Citi y el margen de maniobra real
No todos los analistas comparten el mismo pesimismo. Los economistas de Citi mantienen que Warsh, una vez en el cargo, terminará convenciendo al resto del Consejo de Gobierno de la Fed para aprobar bajadas de tipos antes de que acabe el año. La lógica es pragmática: si la economía da señales de enfriamiento o la Bolsa acumula pérdidas, la presión para actuar será difícil de ignorar, independientemente de las convicciones previas del presidente.
Este escenario no es descabellado. La historia demuestra que los presidentes de la Fed, por muy ideológicamente firmes que lleguen al cargo, acaban adaptando su postura a la realidad macroeconómica. Bernanke era un estudioso de la Gran Depresión y no dudó en abrir el grifo cuando llegó 2008. Powell, que inicialmente subió tipos con contundencia, pivotó en cuanto la presión deflacionista y el mercado laboral lo justificaron.
Lo que está en juego es, en definitiva, la credibilidad de la Fed como institución independiente y la confianza de los inversores en que habrá respuesta si las cosas se tuercen. Warsh llega con un perfil más hawkish que su predecesor, pero gobernar la política monetaria de la mayor economía del mundo es, inevitablemente, un ejercicio de gestión de expectativas tanto como de decisiones técnicas. Los mercados ya están tomando nota.