El Molino, uno de los teatros más emblemáticos de Barcelona, echará el telón de forma definitiva el próximo 30 de junio. La empresa Barcelona Events Musicals (BEM), responsable de su gestión desde octubre de 2024, ha decidido renunciar a la concesión municipal que obtuvo en concurso público, confirmando así una noticia que adelantó El Periódico. El último espectáculo está previsto para el 27 de junio, y hasta entonces la sala seguirá abriendo los fines de semana como lo ha venido haciendo en los últimos meses.
La decisión de BEM no ha sido repentina. Según fuentes de la propia empresa, los problemas se fueron acumulando desde los primeros compases de la reapertura. Las quejas de los vecinos del Paral·lel por el ruido generaron la obligación de acometer obras de insonorización en el local, un coste imprevisto que no estaba en el plan de negocio original. Además, la presión vecinal derivó en una reducción del horario de actuaciones, limitando la actividad a los fines de semana. Con un aforo máximo de 250 espectadores y una programación ya recortada, el modelo económico dejó de ser viable para la empresa, que entre sus proyectos más conocidos figura el festival Cruïlla.
El Molino tiene una historia que va mucho más allá de los últimos años de incertidumbre. Inaugurado en 1898 en la avenida del Paral·lel, fue durante décadas el templo del cabaret barcelonés, un espacio de varietés y espectáculos de música en directo que marcó varias generaciones. Su primera gran crisis llegó en 1997, cuando cerró sus puertas por primera vez tras un siglo de actividad ininterrumpida. La reapertura en 2010 generó enorme expectación, pero los problemas de gestión volvieron a aparecer con rapidez.
Tras el cierre en 1997, el local atravesó un largo periodo de abandono hasta que la empresa Ociopuro tomó las riendas del proyecto de reapertura. Sin embargo, aquella gestión también acabó mal: Ociopuro declaró suspensión de pagos y el teatro quedó en una situación de total parálisis. Fue el Ayuntamiento de Barcelona quien intervino en 2021 comprando el inmueble para evitar que el espacio perdiese definitivamente su función cultural. Tres años después, el consistorio convocó un concurso público para ceder la gestión a un operador privado, y BEM se alzó con la concesión en 2024 con un contrato de cuatro años.
La reapertura bajo el paraguas de BEM llegó en octubre de 2024 con una programación variada que incluía jazz, canciones de autor y actuaciones de pequeño formato, intentando recuperar el espíritu íntimo del cabaret sin renunciar a cierta modernización. El modelo funcionó durante los primeros meses, pero la convivencia con el entorno residencial demostró ser un obstáculo difícil de superar. El Paral·lel ha cambiado mucho en las últimas décadas: lo que antes era una zona de ocio nocturno consolidado ahora convive con una mayor densidad de residentes que no siempre encajan bien con una sala de espectáculos activa hasta altas horas.
Las obras de insonorización exigidas eran técnicamente necesarias pero económicamente difíciles de asumir para una sala con un aforo tan reducido. Con 250 localidades, El Molino tiene un techo de ingresos por taquilla muy limitado, lo que hace que cualquier coste extraordinario golpee de forma desproporcionada la cuenta de resultados. Según la agencia Efe, que recogió la noticia de la reapertura en 2024, BEM había asumido el reto con la ambición de consolidar el proyecto a largo plazo, algo que ahora ha quedado descartado.
El cierre vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que ya se planteó en 2021: ¿qué hacer con un espacio cultural con tanto peso simbólico pero tan difícil de gestionar desde el punto de vista económico? El Ayuntamiento de Barcelona es ahora el propietario del inmueble y tendrá que decidir qué ocurre con él a partir del 1 de julio. Las opciones sobre la mesa van desde una nueva convocatoria de concurso hasta una gestión directa por parte del consistorio, aunque ninguna de esas vías está exenta de dificultades.
Lo que queda claro es que el problema de fondo no es solo de gestión, sino de modelo. Un teatro de pequeño aforo en una zona residencial, con restricciones horarias y obligado a invertir en mejoras acústicas, necesita un respaldo económico —ya sea público, privado o mixto— que ningún operador ha sido capaz de garantizar de forma sostenida. El Molino ha sobrevivido más de un siglo a transformaciones sociales, económicas y culturales, pero el desafío de casar rentabilidad, convivencia vecinal y patrimonio cultural parece, por ahora, demasiado complicado de resolver.