JPMorgan Chase ha decidido ampliar a Europa y el Reino Unido su ambicioso plan de inversión en sectores considerados críticos para la seguridad nacional. La denominada iniciativa de seguridad y resiliencia, presentada hace seis meses en Estados Unidos por el consejero delegado del banco, Jamie Dimon, aspira a canalizar hasta 1,5 billones de dólares durante la próxima década hacia industrias como la defensa, la energía, las infraestructuras, la computación cuántica y la inteligencia artificial.
El movimiento no es casual. Se produce en un momento en el que la alianza transatlántica atraviesa una de sus etapas más complejas desde el fin de la Guerra Fría, con el reposicionamiento de la política exterior estadounidense bajo la presidencia de Donald Trump poniendo en cuestión los compromisos de seguridad colectiva. La invasión rusa de Ucrania en 2022 y las tensiones derivadas del conflicto con Irán han evidenciado las vulnerabilidades estructurales de Europa en materia de defensa y su excesiva dependencia de cadenas de suministro frágiles y, en algunos casos, poco fiables.
El encargado de liderar la iniciativa en el Reino Unido es Chuka Umunna, ex político británico y actual director global de Gobierno Corporativo y Soluciones Sostenibles del banco. Umunna ha subrayado que la solidez de JPMorgan en estos mercados se apoya precisamente en las alianzas que Estados Unidos mantiene con sus socios europeos, algo que, en su opinión, resulta vital para el papel global del país norteamericano. La premisa de fondo, según explicó, es que Occidente se ha vuelto excesivamente dependiente de recursos poco predecibles para industrias clave, incluyendo aquellas vinculadas directamente a la seguridad nacional.
Un plan de diez años con capital propio en juego
Más allá de la retórica geopolítica, los números del proyecto son significativos. JPMorgan ha comprometido 10.000 millones de dólares de su propio balance para invertir directamente, mientras que el grueso del plan, los 1,5 billones restantes, se canalizará a través de fondos externos a los que el banco ayudará a captar financiación. La mayor parte de esa inversión directa se destinará a empresas estadounidenses, aunque la extensión a Europa abre nuevas vías para compañías del continente que operen en los sectores contemplados por la iniciativa.
Para ejecutar el plan, el banco tiene previsto contratar banqueros especializados en Estados Unidos, el Reino Unido y varios países europeos. Además, ha constituido un consejo asesor de alto perfil que incluye al fundador de Amazon, Jeff Bezos, a la ex secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice y a varios generales retirados de primer nivel. Está previsto que también se incorpore Sir Tony Radakin, ex jefe de las fuerzas armadas británicas, aunque su nombramiento está pendiente de aprobación regulatoria.
Daniel Rudnicki Schlumberger, responsable de las iniciativas del banco en la Unión Europea, lo resumió con claridad: identificar dónde está el capital disponible, localizar dónde está la necesidad real y conectar ambas variables. Según sus palabras, todos los gobiernos europeos son conscientes de que esa necesidad existe.
El contexto: Europa acelera el gasto en defensa
El anuncio de JPMorgan llega en un momento en el que los países de la Unión Europea están revisando sus compromisos presupuestarios en materia de defensa a marchas forzadas. La Comisión Europea ha puesto en marcha mecanismos para facilitar el gasto conjunto en este ámbito, y varios estados miembros han anunciado aumentos históricos en sus presupuestos militares. El sector privado, que durante décadas operó al margen de estas dinámicas, empieza a posicionarse para capturar una parte de esa demanda creciente.
En este escenario, la entrada de un actor de la magnitud de JPMorgan no es un gesto simbólico. El banco cuenta con la red, el músculo financiero y los contactos políticos necesarios para articular flujos de capital a gran escala hacia industrias que, históricamente, han dependido casi en exclusiva de la financiación pública. La iniciativa supone, en la práctica, una apuesta por privatizar parcialmente el esfuerzo inversor en seguridad, atrayendo capital institucional privado hacia un ámbito que los mercados habían tratado con cierta distancia durante el período de globalización anterior.
La pregunta que queda en el aire es si las empresas europeas de defensa y los gobiernos del continente estarán dispuestos a articular ese flujo de capital bajo condiciones diseñadas originalmente para reforzar la seguridad nacional de Estados Unidos. La respuesta, en buena medida, dependerá de cómo evolucione la relación transatlántica en los próximos meses.