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La tercera temporada de Euphoria y el debate sobre Cassie

La vuelta de la serie de HBO desata la polémica por el tratamiento sexual del personaje de Sydney Sweeney.

Por Carlos García·sábado, 25 de abril de 2026·6 min lectura·3 vistas
Ilustración: La tercera temporada de Euphoria y el debate sobre Cassie · El Diario Joven

La tercera temporada de Euphoria llegó a HBO el 12 de abril con cuatro años de espera acumulada y una controversia que no ha tardado en estallar. En apenas dos episodios, la serie del creador Sam Levinson ha conseguido lo que mejor sabe hacer: dividir a crítica y público por igual. Esta vez, el foco del debate se sitúa sobre Cassie Howard, el personaje interpretado por Sydney Sweeney, y sobre si su representación en pantalla cruza una línea que separa el arte transgresor de la fetichización gratuita.

La temporada arranca con un salto temporal de cinco años respecto a los eventos anteriores. Cassie aparece ahora comprometida con Nate (Jacob Elordi) en una vida suburbana que esconde una crisis de identidad profunda. Para financiar una boda de 50.000 dólares que su pareja se niega a costear, el personaje decide crear contenido erótico en plataformas similares a OnlyFans. Lo que en teoría podría leerse como una exploración de la economía de la atención digital y la dependencia emocional, se convierte rápidamente en el epicentro del escándalo cuando las escenas muestran a Cassie participando en fetiches como el petplay —disfrazada de perro con collar y correa— y el ageplay —vestida de bebé con chupón—.

Publicaciones como Newsweek y TV Insider fueron de las primeras en señalar que estas secuencias funcionan más como rituales de humillación que como herramientas narrativas con peso dramático. La crítica central no es que la serie aborde temas sexuales —lleva haciéndolo desde su estreno en 2019—, sino que el enfoque visual de Levinson parece diseñado para provocar antes que para profundizar en la psicología del personaje. El segundo episodio incluyó un desnudo explícito de Sweeney durante una sesión de grabación ficticia cuya estética, según varios medios especializados, se acerca más al porno convencional que a un retrato honesto del trabajo sexual.

El arco de Cassie: tres temporadas en el abismo

Para entender por qué este debate tiene tanto peso, conviene repasar el recorrido del personaje. Desde su aparición en la primera temporada, Cassie siempre estuvo construida en torno a la mirada ajena. Marcada por el abandono paterno y una autoestima frágil, su historia giraba en torno a relaciones fallidas, un embarazo no deseado y un aborto que la dejó más sola que nunca. El patrón quedó establecido pronto: Cassie sacrifica su bienestar emocional a cambio de validación externa.

La segunda temporada intensificó esa dinámica. Su obsesión con Nate, el exnovio de su mejor amiga Maddy, la llevó a modificar su apariencia, sus rutinas y su personalidad para encajar en el molde que él demandaba. La temporada terminó con una crisis nerviosa pública durante la obra de teatro escolar, escena que funcionó como síntesis perfecta del colapso interior del personaje. Para cuando arranca la tercera entrega, Cassie ha perdido toda su red de apoyo y vive completamente aislada dentro de una relación tóxica.

Ese contexto es el que Levinson utiliza para justificar la dirección actual del personaje. En declaraciones a The Hollywood Reporter, el showrunner explicó que su intención es mostrar lo absurdo y deprimente de la situación de Cassie, no glamorizarla. El detalle de que sea una empleada doméstica quien filma su contenido erótico, por ejemplo, lo describe como una forma de romper la cuarta pared y evidenciar lo patético de su caída. Levinson sostiene que la incomodidad del espectador es precisamente el objetivo: un espejo que refleja cómo el personaje ha confundido la humillación con el empoderamiento.

Las voces críticas y la defensa de Sweeney

El problema es que ese argumento no convence a una parte importante del público ni de la crítica. Mashable describe la trayectoria de Cassie en esta temporada como un calvario de humillación sobresexualizada que no logra explorar las complejidades reales del trabajo sexual, sino que las usa como excusa para generar imágenes diseñadas para el escándalo. La figura mediática Megyn Kelly fue más directa aún, acusando a la producción de sexualizar la infancia con las escenas de ageplay y calificando las decisiones de Levinson como enfermas. No es la primera vez que la serie recibe críticas desde posiciones conservadoras, pero la virulencia del rechazo esta temporada supera episodios anteriores.

Sydney Sweeney ha tomado la palabra en medio del debate. La actriz ha defendido públicamente su trabajo y ha subrayado que considera el cuerpo femenino una herramienta poderosa para contar historias complejas. También ha dejado claro en varias ocasiones que Levinson respeta sus límites y que su participación en estas tramas responde a una decisión artística propia, no a ningún tipo de imposición. Para Sweeney, mostrar la desnudez femenina en este contexto es una forma de desafiar el estigma y las expectativas del público sobre lo que puede o no puede hacer una actriz con su cuerpo.

Esa posición sitúa el debate en un terreno más complejo. ¿Puede una escena ser al mismo tiempo una elección consciente de la actriz y una muestra de fetichización por parte del director? La respuesta no es sencilla. La crítica feminista lleva décadas debatiendo los límites entre la representación del deseo femenino y su explotación comercial, y Euphoria no resuelve esa tensión, sino que la agudiza.

Una serie que cambia de piel

Más allá de la controversia alrededor de Cassie, la tercera temporada de Euphoria llega con cambios estructurales que van más allá del guion. La producción ha abandonado el entorno escolar que definía las dos primeras entregas para adentrarse en un tono más oscuro que algunos críticos han comparado, de forma inesperada, con el western americano. El cambio también es sonoro: Labrinth, compositor de la banda sonora original y parte esencial de la identidad musical de la serie, no regresa tras un conflicto que se hizo público antes del estreno.

Todo ello dibuja una serie que, en su temporada final, parece más interesada en provocar que en cerrar arcos narrativos con coherencia. El debate sobre Cassie y Sydney Sweeney es quizás el síntoma más visible de esa tensión entre el impulso transgresor de Levinson y la exigencia de una audiencia que lleva años invirtiendo emocionalmente en estos personajes. Si la incomodidad es el mensaje, la pregunta que queda en el aire es si hay algo más detrás de ella.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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