La historia de los conflictos armados del siglo XXI tiene un patrón recurrente: la entrada en la guerra se decide con más rapidez que la salida. La llamada tercera guerra del Golfo no es una excepción. Tanto Estados Unidos como Irán han mostrado voluntad de sentarse a negociar, pero las posiciones de partida de ambas partes están tan alejadas que cualquier acuerdo parece, por ahora, un horizonte lejano.
El escenario recuerda a dinámicas ya vistas en conflictos anteriores en Oriente Próximo. La potencia occidental entra con objetivos militares claros, logra avances sobre el terreno, pero se encuentra con que la gestión política del posconflicto no estaba planificada con el mismo rigor. En este caso, según los analistas que siguen de cerca la situación, Washington arrastra un problema de método que va más allá de las diferencias ideológicas con Teherán: no hay una hoja de ruta clara para la negociación.
Este déficit de planificación diplomática no es nuevo en la política exterior estadounidense. Ya ocurrió en Iraq tras la invasión de 2003, cuando la administración de George W. Bush derrocó a Sadam Husein sin tener un plan sólido para la transición política. Décadas después, el patrón parece repetirse en un contexto geopolítico distinto pero con errores de fondo similares.
El problema de método en la negociación
La cuestión no es solo qué se negocia, sino cómo se negocia. Irán llega a la mesa con una posición consolidada internamente: el régimen de los ayatolás necesita mostrar a su población que no cede ante la presión militar exterior. Cualquier acuerdo que parezca una rendición sería políticamente inviable para Teherán. Al mismo tiempo, la República Islámica tiene incentivos reales para aliviar la presión económica que le imponen las sanciones internacionales, reforzadas en los últimos años por sucesivas administraciones estadounidenses.
Estados Unidos, por su parte, llega a la negociación con una postura pública agresiva y una presión interna dividida. La administración Trump, que ya retiró a Washington del acuerdo nuclear de 2015 conocido como JCPOA, impulsó una política de "máxima presión" que tensó al límite las relaciones con Teherán. El regreso de Trump al poder ha vuelto a poner esa doctrina en el centro de la estrategia, lo que dificulta cualquier gesto de distensión sin que sea percibido como debilidad política.
La gestión del relato, tanto hacia adentro como hacia afuera, resulta tan determinante como las propias condiciones del posible acuerdo. Ambos gobiernos saben que lo que se diga públicamente durante el proceso de negociación puede condicionar o incluso hundir el resultado. En diplomacia, el arte del trato y el arte del relato van de la mano.
Antecedentes que pesan en la mesa
El acuerdo nuclear de 2015, negociado durante la administración de Barack Obama con el respaldo de potencias europeas, Rusia y China, fue el último gran intento de establecer un marco de entendimiento con Irán. Aquel pacto limitaba el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento progresivo de sanciones. Su abandono unilateral por parte de Trump en 2018 dejó una herida de desconfianza que todavía no se ha cerrado.
Los intentos posteriores de la administración Biden de revivir ese marco fracasaron en gran medida por las exigencias cruzadas de ambas partes. Irán quería garantías de que un futuro gobierno estadounidense no volvería a retirarse del acuerdo, algo que Washington no podía ofrecer constitucionalmente. El círculo vicioso de la desconfianza mutua sigue siendo el principal obstáculo.
A esto se suma la dimensión regional del conflicto. Irán mantiene una red de milicias aliadas en Iraq, Siria, Líbano y Yemen que forman lo que Teherán llama el "eje de la resistencia". Cualquier acuerdo bilateral entre EEUU e Irán tendrá que tener en cuenta esas ramificaciones, lo que multiplica la complejidad de la negociación. La ONU ha advertido en repetidas ocasiones sobre el riesgo de escalada regional si el conflicto del Golfo no encuentra una salida diplomática en el corto plazo.
Sin fecha ni formato claro
Por ahora, no hay un formato definido para las conversaciones ni una fecha concreta para una posible ronda de negociaciones formales. Los canales diplomáticos indirectos, a través de intermediarios como Omán o Qatar, han sido históricamente los más utilizados entre Washington y Teherán, dado que ambos países no mantienen relaciones diplomáticas directas desde la revolución iraní de 1979.
Lo que sí parece claro es que ninguna de las dos partes quiere una guerra indefinida. El coste económico, humano y político de prolongar el conflicto es insostenible para ambos. Pero querer salir de la guerra y saber cómo salir de ella son cosas muy distintas. La tercera guerra del Golfo lo está demostrando con crudeza.