Hubo un momento, no hace tanto, en que los gobiernos occidentales se convencieron de que el mundo había cambiado de forma irreversible. Los mercados globales, la tecnología y los tratados comerciales parecían haber superado las viejas limitaciones físicas del planeta. Los mapas seguían colgados en las paredes, pero nadie los miraba de verdad. La geografía se había convertido en un asunto de turistas, no de estadistas.
Luego bastó un estrecho para desmontar esa ilusión. El estrecho de Ormuz, por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial según la Agencia de Información Energética de Estados Unidos, volvió a protagonizar los titulares con una fuerza que muchos analistas no esperaban. Las tensiones en torno a Irán, la retención de buques y el encarecimiento del crudo en los mercados internacionales recordaron una verdad que Occidente llevaba tiempo esquivando: la historia no viaja por la nube. Viaja por mar.
Esa revelación arrastra consigo una crítica incómoda. Las mismas democracias que llevan décadas proclamando un orden internacional basado en normas, derecho y multilateralismo han demostrado que sus principios tienen un precio por barril. La defensa de Ucrania, las sanciones a Rusia o la condena de las ocupaciones territoriales adquieren matices distintos en cuanto el mercado energético empieza a presionar las facturas domésticas y las cifras de inflación. Los principios, se comprueba una vez más, resisten mejor cuando la energía es abundante y barata.
Esta contradicción no es exclusiva de ningún gobierno ni de ningún partido. Es estructural. Donald Trump la ha explotado con una retórica de soberanía nacional y repliegue, pero la tensión entre los valores proclamados y los intereses materiales atraviesa también a la Unión Europea, cuya política energética lleva años debatiéndose entre la autonomía estratégica y la dependencia de terceros. Hablar de independencia energética mientras se compra gas licuado a precios de emergencia no es una contradicción menor: es el retrato de una estrategia que confunde el deseo con la realidad.
El problema de fondo es que Occidente se acostumbró a vivir como si la energía brotara de las paredes, como si los barcos cruzaran océanos por inercia y como si las cadenas de suministro fueran eternas e inmunes a la fricción política. Esa comodidad no fue gratuita: fue posible porque durante décadas los costes reales de mantener abiertas las rutas marítimas, los puertos y los corredores energéticos los asumieron otros, o simplemente no se contabilizaron. Cuando esos costes reaparecen, la sorpresa colectiva dice mucho sobre la calidad del debate público que hemos tenido.
Asturias, con su historia ligada al carbón, al acero y a los puertos, tiene una relación diferente con esa realidad material. La región sabe, por experiencia propia, que las economías no se sostienen sobre eslóganes sino sobre infraestructuras, que la energía tiene consecuencias sociales concretas y que los ciclos industriales no obedecen a las buenas intenciones. Esa memoria puede ser un activo en un momento en que el resto de Europa está redescubriendo que la geografía importa y que la dependencia energética tiene costes políticos muy reales. El plan de transición justa que Asturias negoció con Bruselas es, en ese sentido, un intento de gestionar esa tensión entre el pasado industrial y las exigencias de la transición energética.
El regreso de la geopolítica clásica no se limita al estrecho de Ormuz. El sur del Líbano, los territorios ucranianos ocupados o las disputas en el mar de China meridional dibujan un mapa en el que las fronteras vuelven a ser objeto de negociación por la fuerza, y en el que las grandes palabras —legalidad, soberanía, integridad territorial— se invocan de forma selectiva según quién las pronuncie y cuánto cueste defenderlas. La arquitectura de seguridad construida tras la Segunda Guerra Mundial no ha colapsado, pero cruje con una intensidad que hace tiempo no se escuchaba.
Lo que esta crisis pone sobre la mesa no es solo un problema energético ni un conflicto regional. Es el cuestionamiento del relato con el que las sociedades occidentales se explicaron a sí mismas durante los últimos treinta años: que la interdependencia económica garantizaba la paz, que el comercio global hacía la guerra demasiado costosa y que la conectividad era una forma avanzada de orden. Ese relato no era falso del todo, pero sí incompleto. Ignoraba que la interdependencia también crea vulnerabilidades, que las rutas comerciales pueden convertirse en palancas de presión y que ningún tratado elimina la geografía.
El mapa, en definitiva, nunca dejó de mandar. Solo aprendimos a no mirarlo mientras todo funcionaba. Ahora que el sistema cruje, vuelve con la misma contundencia de siempre: silencioso, permanente e indiferente a las narrativas que construimos para ignorarlo.