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Roman y Webb: la NASA une dos telescopios para resolver la materia oscura

El nuevo Telescopio Espacial Roman, con lanzamiento previsto para septiembre, trabajará junto al James Webb para mapear el universo a gran escala.

Por Carlos García·jueves, 23 de abril de 2026Actualizado hace 36 min·4 min lectura·4 vistas
Ilustración: Roman y Webb: la NASA une dos telescopios para resolver la m · El Diario Joven

La NASA ha presentado oficialmente el Nancy Grace Roman Space Telescope, conocido simplemente como Telescopio Espacial Roman, con una fecha de lanzamiento prevista para septiembre de 2025 como fecha más temprana posible. Cuando alcance su posición operativa, se convertirá en el telescopio espacial más reciente de la agencia estadounidense y compartirá protagonismo con dos veteranos del cosmos: el Hubble y el James Webb. Pero el Roman no es un sucesor ni una versión mejorada de ninguno de ellos. Es algo distinto, diseñado para hacer lo que los otros no pueden: abarcar el universo en su conjunto, no solo en fragmentos.

El nombre del telescopio rinde homenaje a Nancy Grace Roman, astrónoma que jugó un papel decisivo en el desarrollo del Hubble durante las décadas de 1960 y 1970 y a quien se conoce popularmente como "la madre del Hubble". Sin embargo, las similitudes entre ambos instrumentos son más bien escasas. Mientras que el Hubble ofrece imágenes de alta resolución de campos relativamente pequeños del cielo, el Roman cuenta con 18 detectores dispuestos en mosaico que le permiten observar un campo 100 veces mayor que el de su predecesor. Eso se traduce en una capacidad sin precedentes para detectar decenas de miles de planetas, miles de millones de galaxias y estrellas, y miles de supernovas en una sola pasada.

El Roman como mapa, el Webb como lupa

La comparación más útil para entender el rol de cada telescopio es la del cartógrafo frente al topógrafo. El Roman es el encargado de levantar el mapa: explora extensiones enormes del cosmos sin un objetivo predefinido, lo que abre la puerta a descubrimientos imprevistos. El Telescopio Espacial James Webb, en cambio, actúa como la lupa: su campo de visión es unas 50 veces menor que el del Roman, pero sus espejos de mayor tamaño captan más luz y permiten discernir detalles con una precisión extraordinaria. Cuando el Roman localiza algo interesante, el Webb entra en acción para analizarlo en profundidad.

Esta complementariedad también funciona en sentido inverso. El Roman puede proporcionar contexto visual sobre los objetos que el Webb estudia con detalle, ofreciendo una perspectiva más amplia del entorno cósmico en el que se encuentran. No se trata de rivalidad entre instrumentos, sino de una división del trabajo que maximiza el rendimiento científico de ambos.

Otra característica clave que comparten el Roman y el Webb, y que los distingue del Hubble, es su capacidad para trabajar en el espectro infrarrojo en lugar de la luz visible. Esta propiedad les permite ver a través del polvo cósmico, detectar objetos fríos y, sobre todo, observar regiones del universo enormemente distantes. Cuanto más lejos mira un telescopio, más atrás en el tiempo está mirando, ya que la luz tarda en recorrer esas distancias. Eso los convierte en herramientas de primer orden para estudiar el universo primitivo y, con ello, abordar uno de los grandes enigmas de la astrofísica moderna: la expansión acelerada del cosmos.

Supernovas como faros para medir el universo

Desde hace décadas se sabe que el universo se expande. Las galaxias no se mueven entre sí, sino que el espacio que las separa se estira continuamente, como la superficie de un globo que se infla. Lo que resulta más desconcertante es que esa expansión se está acelerando. La hipótesis más extendida apunta a la energía oscura como responsable, aunque su naturaleza sigue siendo una incógnita. Para medirla, los astrónomos necesitan herramientas capaces de calcular con precisión las distancias cósmicas.

Uno de los métodos más fiables para ello son las supernovas de tipo Ia. Estas explosiones estelares tienen una luminosidad máxima conocida y constante, lo que las convierte en "velas estándar" o balizas de distancia: comparando su brillo aparente desde la Tierra con su brillo real conocido, es posible estimar a cuántos años luz se encuentran. El problema es que en una galaxia como la Vía Láctea solo ocurre una aproximadamente cada 500 años, lo que hace muy difícil acumular datos suficientes.

Aquí es donde el Roman marca una diferencia sustancial. Al abarcar extensiones tan vastas del cielo, es capaz de detectar varias supernovas de tipo Ia simultáneamente en distintas galaxias. Eso proporciona múltiples balizas funcionando al mismo tiempo, lo que permite trazar un mapa mucho más preciso de cómo se está expandiendo el universo en diferentes épocas y direcciones. Una vez identificadas esas explosiones, el James Webb puede intervenir para caracterizarlas con todo el detalle que su óptica permite, según explica la propia NASA en la documentación del proyecto Roman.

El resultado es una colaboración científica que va más allá de la suma de sus partes. El Roman ofrece la escala; el Webb, la profundidad. Juntos, los dos telescopios representan la apuesta más ambiciosa de la NASA para resolver preguntas que llevan décadas abiertas: por qué el universo se expande cada vez más deprisa, qué papel juega la materia y la energía oscura en ese proceso, y qué aspecto tenía el cosmos en sus primeros momentos de vida. La astronomía moderna rara vez avanza en solitario, y la alianza entre ambos instrumentos es la mejor prueba de ello.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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