Cuando la NASA lanzó la misión Artemis II con cuatro astronautas a bordo, el mundo entero tenía los ojos puestos en la cuenta atrás. Lo que nadie esperaba era que uno de los momentos más comentados no fuera el despegue, sino una frase críptica emitida por un técnico de lanzamiento: algo sobre una «infracción del LCC» y una «estimación de SNR demodulada» que había bajado de los valores esperados. El presentador de Sky News en Reino Unii recurrió de inmediato a Meganne Christian, astronauta de reserva de la Agencia Espacial Europea, para que lo tradujera. Ella misma reconoció no entender del todo los acrónimos. Eso resume bien el problema.
El lenguaje técnico tiene una función legítima. Dentro de un equipo de ingenieros o científicos, los términos especializados permiten transmitir información compleja en segundos, sin ambigüedades y con precisión. El profesor Russel Hirst, experto en retórica técnica, lo llama «jerga de calidad»: vocabulario preciso, conciso y funcional que mejora la comunicación entre personas que comparten el mismo marco de referencia. El problema no es que exista ese lenguaje. El problema es cuándo y ante quién se usa.
La misión Artemis II ofreció varios ejemplos ilustrativos a lo largo de sus días en el espacio. El más llamativo fue el del inodoro a bordo de la nave Orion, oficialmente denominado «Sistema Universal de Gestión de Residuos». El aparato dejó de funcionar poco después del despegue, lo que generó una cobertura mediática intensa. La astronauta Christina Koch lo resolvió y, con notable claridad, se definió a sí misma como la «fontanera espacial». Un lenguaje directo, comprensible, incluso con algo de humor. Exactamente lo opuesto a lo que haría a continuación parte del equipo en tierra.
En la rueda de prensa posterior, un portavoz de la NASA explicó que la bomba necesitaba más agua del «PWD», un acrónimo que tuvo que aclarar segundos después como «dispensador de agua potable». La pregunta obvia es por qué se usó el acrónimo si de todas formas había que explicarlo. Otro miembro del equipo le dijo a la tripulación que podían usar el inodoro, pero que era mejor esperar antes de «donar líquido». Una expresión que exige releer varias veces para comprender que simplemente significa orinar.
Cuando la jerga sale del laboratorio
El uso de jerga técnica en contextos públicos no es exclusivo de la NASA. Es un fenómeno que afecta a casi todos los sectores, desde la medicina hasta las finanzas, pasando por la tecnología o la administración pública. Las organizaciones desarrollan vocabularios internos que aceleran la comunicación entre sus miembros, pero que se convierten en muros cuando salen al exterior. El riesgo no es solo la incomprensión: en contextos de crisis o urgencia, la falta de claridad puede generar desconfianza o alarma innecesaria.
Los expertos en comunicación llevan décadas insistiendo en la necesidad de adaptar el lenguaje al receptor. No se trata de simplificar la realidad ni de eliminar la precisión técnica, sino de saber cuándo es apropiado cada registro. Una comunicación interna entre ingenieros puede y debe usar términos especializados. Una rueda de prensa dirigida a periodistas y ciudadanos de todo el mundo no debería asumir ese mismo vocabulario como punto de partida.
El coste real de no ser claro
Días después del incidente del inodoro, un directivo de la NASA anunció en otra rueda de prensa que el equipo realizaría «un análisis de árbol de fallos exhaustivo para identificar todas las posibles causas de la obstrucción». El análisis de árbol de fallos es una metodología estándar en ingeniería de sistemas para detectar posibles puntos de fallo. Tiene todo el sentido en un informe técnico. En una comparecencia pública, lo único que consigue es alejar al ciudadano del mensaje real: que estaban trabajando para solucionar el problema.
Lo paradójico de todo esto es que la NASA es, al mismo tiempo, una de las instituciones que mejor ha sabido comunicar ciencia al gran público a lo largo de su historia. Sus retransmisiones en directo, sus materiales divulgativos y su presencia en redes sociales son referentes globales. Pero incluso una organización con esa trayectoria cae en la trampa de la jerga cuando la presión del momento se impone.
El debate no es nuevo, pero la misión Artemis II lo ha vuelto a poner sobre la mesa con ejemplos concretos y televisados. La conclusión más sencilla, y quizás la más honesta, es que el mejor lenguaje técnico es el que no se nota: el que comunica con precisión sin necesidad de que el receptor tenga un manual de acrónimos a mano. Como demostró Christina Koch con su «fontanera espacial», a veces la claridad es el mayor signo de inteligencia.