Un nuevo estudio publicado en la revista Environmental Science and Ecotechnology revela que los microplásticos no solo circulan por nuestro organismo, sino que se acumulan en la bilis, el líquido producido por el hígado que ayuda a digerir las grasas. Lo preocupante no es solo su presencia, sino lo que hacen una vez ahí: acelerar el envejecimiento de las células que recubren los conductos biliares y alterar su funcionamiento normal.
El equipo investigador analizó 14 muestras de bilis humana, cinco de personas sanas y nueve de pacientes con cálculos biliares. En todas ellas encontraron rastros de plástico, con dos polímeros protagonistas: el polietileno (PE) y el tereftalato de polietileno (PET), dos de los materiales más presentes en envases, botellas y ropa sintética del día a día. Las partículas detectadas medían entre 20 y 50 micrómetros, un tamaño suficiente para atravesar barreras biológicas, recorrer el eje intestino-hígado y terminar depositándose en la vesícula biliar.
Además, los pacientes con piedras en la vesícula presentaban una carga mayor de microplásticos. Este dato encaja con investigaciones previas que apuntan a que estas partículas podrían actuar como núcleos alrededor de los cuales el colesterol se agrupa para formar los cálculos. Una hipótesis que, si se confirma, cambiaría la forma en que entendemos el origen de una de las patologías digestivas más comunes.
A nivel celular, los efectos son preocupantes. Los microplásticos provocan disfunción mitocondrial y promueven el envejecimiento prematuro de los colangiocitos, las células que forman el revestimiento de los conductos biliares. En ratones expuestos a concentraciones ambientales de estas partículas ya se había observado daño hepático y alteraciones en el metabolismo de los ácidos biliares. En humanos, el mecanismo que se activa es el estrés oxidativo, un desequilibrio celular que, sostenido en el tiempo, se asocia a enfermedades crónicas del hígado y las vías biliares.
No todo son malas noticias. La literatura científica apunta a que algunos compuestos podrían frenar ese daño. La melatonina, conocida sobre todo como reguladora del sueño, muestra capacidad para combatir el estrés oxidativo y la disfunción mitocondrial asociados a los microplásticos. Por otro lado, experimentos con organoides hepáticos humanos, modelos de tejido creados en laboratorio, han demostrado que el ácido ursodesoxicólico, el fármaco que se utiliza para disolver cálculos biliares, también mejora el daño causado por estas partículas. Su mecanismo es sencillo: aumenta el flujo biliar y favorece una especie de "lavado" natural de la vía biliar que reduce la toxicidad.
El hallazgo refuerza una evidencia que ya no admite demasiadas dudas: la contaminación por plásticos ha dejado de ser un problema exclusivo de los océanos para convertirse en una cuestión de salud pública. Según los datos de organismos como la Organización Mundial de la Salud, la exposición humana a microplásticos es global y continua, y aún quedan por establecer las consecuencias a largo plazo, entre ellas una posible relación con el cáncer de vesícula biliar, una hipótesis que la ciencia todavía no ha cerrado.