El alto el fuego entre Estados Unidos e Irán llega después de más de un mes de conflicto que ha sacudido los mercados energéticos mundiales. Pero que cesen los disparos no significa que el precio del barril vaya a volver a los niveles previos a la guerra. Los expertos advierten de que las secuelas se prolongarán durante años.
El primer gran problema es el estado de las infraestructuras del Golfo. Qatar ha reconocido que los ataques iraníes han dejado fuera de servicio el 17% de su capacidad de gas natural licuado, y la recuperación podría tardar hasta cinco años. Otras instalaciones que evitaron los bombardeos tampoco están operativas: con los puertos cerrados, los almacenamientos locales se han llenado y la producción se ha paralizado.
Arabia Saudí y otros grandes productores de la región no tienen prisa por reabrir el grifo. Según fuentes del sector citadas por Reuters Breakingviews, la prudencia se impone mientras el alto el fuego no demuestre solidez. El gigante del transporte marítimo Maersk se sumó a esa postura esta semana. La estimación más optimista habla de cuatro meses para recuperar una cierta normalidad en los flujos.
A ese panorama se suma la necesidad de reponer las reservas estratégicas que los países han ido consumiendo durante el conflicto. Varios gobiernos, escarmentados, quieren ahora ampliar sus colchones de seguridad, lo que disparará la demanda global de crudo justo cuando la oferta sigue limitada.
Irán, por su parte, ha anunciado su intención de cobrar un peaje a los buques que transiten por el estrecho de Ormuz, la vía marítima que antes de la guerra gestionaba una quinta parte del suministro mundial de petróleo. Si Teherán fijara una tasa de dos dólares por barril sobre los veinte millones de barriles que cruzan el estrecho cada día, ingresaría cerca de 15.000 millones de dólares anuales. Ese coste extra acabaría repercutiendo en los precios internacionales.
Finalmente, los inversores ya descuentan en sus modelos una prima de riesgo de unos diez dólares por barril para cubrir la posibilidad de que los combates se reanuden. Esa incertidumbre estructural es, quizás, el legado más duradero del conflicto: aunque la guerra terminara hoy de forma definitiva, el mercado energético global ha cambiado y no volverá a ser exactamente el mismo.