El sur del Líbano vive una situación paradójica: las conversaciones directas entre Beirut y Tel Aviv acaban de arrancar, pero los bombardeos israelíes sobre esa región no han cesado. Según informaciones recogidas desde la capital libanesa, el ejército israelí mantiene su presión militar sobre varias localidades del sur mientras sus diplomáticos se sientan, por primera vez en décadas, frente a representantes del gobierno libanés. La ciudad de Bint Jbeil es uno de los focos más calientes en estos momentos.
Bint Jbeil no es un nombre cualquiera en este conflicto. La localidad, situada a pocos kilómetros de la frontera con Israel, fue escenario de intensos combates durante la guerra de 2006. Hoy vuelve a estar en el centro de la tensión: fuentes sobre el terreno indican que Israel se prepara para tomar el control de la ciudad, lo que representaría una escalada significativa respecto a las operaciones de los últimos meses. Ese avance habría sido, según se desprende de las informaciones disponibles, una condición previa que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu quería materializar antes de entrar de lleno en las negociaciones.
Esta dinámica —golpear mientras se habla— no es nueva en los conflictos del Oriente Próximo, pero genera una profunda desconfianza en el lado libanés. Amplios sectores de la población y de la clase política en Beirut recelan de que Israel esté utilizando las conversaciones como cobertura diplomática para consolidar posiciones militares sobre el terreno. La sensación, tal y como se percibe desde la capital, es que el diálogo no frena los bombardeos, sino que convive con ellos.
El contexto en el que se producen estas negociaciones es especialmente frágil. El Líbano lleva años sumido en una crisis económica sin precedentes que ha destruido el poder adquisitivo de la mayoría de su población. A eso se suma la inestabilidad política crónica del país, que dificulta cualquier respuesta unificada frente a la presión exterior. Según datos del Banco Mundial, el Líbano atraviesa una de las peores crisis económicas registradas a escala global desde mediados del siglo XIX, con una contracción del PIB y una inflación que han empobrecido a cientos de miles de familias. Negociar en ese estado de debilidad estructural añade otra capa de complejidad a unas conversaciones que ya de por sí parten de una enorme asimetría de poder.
Desde el punto de vista israelí, la operación en el sur libanés se enmarca en el objetivo declarado de eliminar cualquier amenaza en su frontera norte. Tras el conflicto con Hezbollah que se recrudeció a partir de octubre de 2023, Tel Aviv ha mantenido que no tolerará la presencia de fuerzas hostiles cerca de su territorio. La toma de Bint Jbeil, si finalmente se produce, sería presentada por Netanyahu como un logro de seguridad antes de cualquier acuerdo formal. Sin embargo, esa misma acción podría dinamitar la confianza necesaria para que las negociaciones prosperen.
La comunidad internacional sigue de cerca estos movimientos. La ONU ha pedido en reiteradas ocasiones el cese de las hostilidades y el respeto al acuerdo de alto el fuego pactado a finales de 2024, que en la práctica nunca se ha cumplido del todo. Francia, antigua potencia mandataria en el Líbano y con vínculos históricos profundos con el país, también ha expresado su preocupación por la situación humanitaria en el sur y ha instado a Israel a respetar la soberanía libanesa. Washington, por su parte, mantiene una posición más ambigua, apoyando en principio el proceso diplomático pero sin presionar abiertamente a Tel Aviv para que detenga sus operaciones militares.
Para la población libanesa, especialmente la que vive en el sur, la incertidumbre es agotadora. Muchos desplazados que intentaron regresar a sus hogares tras el alto el fuego de noviembre de 2024 se han visto obligados a huir de nuevo ante la reanudación de los ataques. Las infraestructuras en varias localidades fronterizas están muy dañadas, y la asistencia humanitaria llega con dificultad a las zonas más afectadas. La pregunta que se hacen muchos libaneses es si las conversaciones con Israel tienen algún futuro real o si son simplemente un escenario que el gobierno israelí utiliza para ganar tiempo y terreno a la vez.
Lo que está claro es que la apertura de un canal de diálogo directo entre Beirut y Tel Aviv es, en términos históricos, un paso inusual. Ambos países técnicamente siguen en estado de guerra desde 1948. Que sus representantes se sienten frente a frente es en sí mismo un dato relevante, aunque el escepticismo en el Líbano sea mayoritario. El resultado de estas conversaciones, y sobre todo lo que ocurra en Bint Jbeil en los próximos días, marcará si hay alguna posibilidad real de estabilización o si el país se encamina hacia una nueva fase del conflicto.