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Ormuz: cuando la guerra se diseña para mover mercados

El conflicto entre EEUU, Israel e Irán redefine la relación entre geopolítica y economía global con el estrecho de Ormuz como palanca.

Por Carlos García·sábado, 25 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: Ormuz: cuando la guerra se diseña para mover mercados · El Diario Joven

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un episodio más de tensión en Oriente Próximo. Lo que está ocurriendo es algo cualitativamente distinto: una guerra diseñada no solo para ganar territorio o imponer condiciones políticas, sino para operar directamente sobre los mercados globales. Esta es la tesis central del análisis geoeconómico que se impone entre economistas y estrategas: los conflictos del siglo XXI ya no afectan a la economía como efecto colateral, sino que la utilizan como campo de batalla principal.

El instrumento clave es el estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Irán, cuya infraestructura militar y religiosa ha sufrido daños severos en las últimas semanas, ha conseguido transformar esa vulnerabilidad en una ventaja táctica: la amenaza creíble de interrumpir el paso de energía, fertilizantes y materias primas del Golfo basta para disparar los precios y deteriorar las condiciones financieras en medio mundo. Y mientras tanto, Teherán mantiene sus propias exportaciones hacia China en condiciones preferentes, lo que le permite aguantar un escenario que sería insostenible para cualquier otra economía con las mismas sanciones encima.

El momento en que esto ocurre importa tanto como lo que ocurre

A principios de 2026, la economía mundial parecía haber encontrado un equilibrio razonable. La inflación se moderaba, el comercio crecía, los bancos centrales preparaban nuevas bajadas de tipos y los mercados financieros descontaban un escenario de aterrizaje suave. Era una estabilidad real, pero construida sobre cimientos frágiles: niveles de deuda históricamente elevados, liquidez en retirada y un sistema financiero cada vez más desintermediado, con riesgos difíciles de medir.

Sobre ese equilibrio precario aterriza ahora la subida del petróleo y el encarecimiento del gas. El impacto no se limita a los costes empresariales o al consumo de los hogares: afecta directamente a las decisiones de política monetaria. Los bancos centrales que preparaban recortes de tipos se enfrentan ahora al riesgo de efectos de segunda ronda, es decir, que la inflación energética se traslade al resto de precios y obligue a mantener los tipos más altos durante más tiempo. Justo cuando el crecimiento empieza a flojear.

Estados Unidos ilustra bien esta contradicción. Su hegemonía financiera le permite atraer capital global en momentos de incertidumbre, lo que refuerza el dólar. Pero esa misma dependencia del ahorro exterior lo hace especialmente sensible a la volatilidad. Con un déficit presupuestario que se acerca al 7% del PIB, el relevo en la presidencia de la Reserva Federal previsto para mayo no llega en el mejor momento para la Casa Blanca. Trump apostó por este conflicto como movimiento de fuerza; las consecuencias económicas pueden ser más incómodas de lo calculado.

Ganadores, perdedores y el problema europeo

El conflicto redistribuye posiciones. China, que depende en gran medida de las importaciones energéticas, se beneficia del acuerdo implícito con Irán: garantiza su suministro a precios favorables y refuerza su relación con Moscú, que también obtiene rentas extraordinarias como exportador de materias primas. Rusia y China salen, al menos a corto plazo, mejor posicionadas.

Europa, en cambio, vuelve a encontrarse en el peor sitio. Cuatro años después de la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea sigue sin tener una estrategia energética verdaderamente consolidada. La dependencia exterior, la fragmentación política interna y la dificultad para articular respuestas comunes son vulnerabilidades estructurales que este conflicto vuelve a poner de manifiesto. La Agencia Internacional de la Energía anticipa que el pico de demanda de petróleo podría llegar en 2026, lo que refuerza el argumento de que la única salida sostenible es acelerar la transición hacia renovables y nuclear. Una verdad que la geopolítica actual hace más urgente, no menos.

La fragmentación como nuevo orden

El efecto más profundo de todo esto no se mide en puntos de PIB ni en el precio del barril. Tiene que ver con la arquitectura del sistema internacional. Lo que está consolidándose es una tendencia hacia la desglobalización fragmentada: los flujos comerciales y financieros se reorganizan cada vez más en función de afinidades políticas y alianzas estratégicas, no de criterios de eficiencia económica. El mundo se divide en bloques, y cada conflicto refuerza esa división.

Israel ha emergido de este periodo como la potencia militar dominante en Oriente Próximo, controlando de facto un territorio significativamente mayor que en 2023. Pero esa victoria militar abre preguntas sin respuesta: ¿aceptarán las monarquías sunitas del Golfo ese nuevo equilibrio de poder? ¿Hasta qué punto están dispuestas a seguir liquidando su petróleo en dólares si ven más ventajas en hacerlo en yuanes, como ya hace Irán? Un desplazamiento así, por parcial que fuera, tendría consecuencias sistémicas para Estados Unidos y su deuda pública de más de 40 billones de dólares.

Lo que el conflicto en torno a Ormuz deja claro es que la economía del conflicto permanente tiene sus propias reglas: los más fuertes absorben mejor los golpes, pero nadie queda al margen. Y las consecuencias no deseadas suelen llegar justo cuando nadie las espera.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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