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El mantón de Manila, un arte en extinción

El taller sevillano Ángeles Espinar viste a la Casa Real y a Cindy Crawford, pero solo quedan seis bordadoras y no hay relevo generacional.

Por Carlos García·sábado, 18 de abril de 2026Actualizado hace 44 min·4 min lectura·1 vistas
Ilustración: El mantón de Manila, un arte en extinción · El Diario Joven

Hay prendas que condensan siglos de historia en cada puntada. El mantón de Manila es una de ellas: llegó a España desde China entre los siglos XVII y XVIII a bordo del Galeón de Manila, la ruta comercial que unía el Pacífico con la metrópoli, y acabó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la moda española. Hoy, sin embargo, el oficio que lo sostiene está al borde de la desaparición.

María José Sánchez Espinar lleva casi toda su vida ligada a esta artesanía. Desde los 16 años trabaja junto a su madre, Ángeles Espinar, en el taller homónimo que esta fundó en 1978 en Villamanrique de la Condesa, un municipio sevillano que históricamente ha sido el epicentro de la confección de estas piezas. La razón no es casual: el Palacio de Orleans, estrechamente vinculado a la Casa Real española, generó durante siglos una tradición de bordado de ajuares para familias nobles, y las monjas del Convento de las Hermanas de la Cruz transmitían la técnica a las niñas del pueblo.

El taller es hoy uno de los pocos en España que sigue bordando estas prendas completamente a mano. Cada mantón mide 1,40 metros, se confecciona en seda y puede llevar hasta siete meses de trabajo. Los diseños, con rosas grandes, pájaros y motivos chinescos, son originales de madre e hija. El resultado son piezas que se venden por entre 5.000 y 6.000 euros y que han llegado a los roperos de la Casa Real española y británica, la Casa de Alba, la modelo Cindy Crawford, la diseñadora Carolina Herrera o bailaoras como Sara Baras y Eva Yerbabuena. La reina Camila, según relata la propia Sánchez, recibió uno de sus mantones de manos de Porcelanosa.

El reconocimiento internacional del taller alcanzó uno de sus momentos más destacados en 2023, cuando Dior desfiló con bordados de Ángeles Espinar durante la presentación de su colección Cruise en Sevilla, bajo la dirección creativa de Maria Grazia Chiuri. Una firma de la talla del grupo LVMH acudiendo a un pueblo del Aljarafe a buscar artesanas es, en sí mismo, un dato que habla de la reputación acumulada por este taller durante décadas. La labor de preservación del patrimonio textil le valió a Ángeles Espinar la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes en 2007, siendo la única bordadora en recibir este reconocimiento según destaca su hija.

Un oficio sin relevo

Pero detrás del prestigio hay una realidad que preocupa. Si en los años 80 y 90 el taller llegó a contar con más de cien bordadoras repartidas por los pueblos del Aljarafe, hoy solo trabajan seis, todas ellas mayores de 50 años. La producción anual se ha reducido a apenas cinco o seis mantones, todos por encargo, porque no hay capacidad para más. La razón es una sola: no existe relevo generacional.

El bordado a mano es un oficio que exige paciencia, precisión y tiempo, cualidades que chocan con las dinámicas del mercado laboral actual. Sánchez no culpa a los jóvenes, pero sí señala una brecha cultural: la artesanía de precisión no encaja con la inmediatez que caracteriza al mercado de trabajo contemporáneo. A eso se suma la ausencia de estructuras formativas públicas que mantengan vivos estos saberes. La diseñadora lleva años reclamando a las administraciones que pongan en marcha escuelas de oficios serias, sin éxito visible hasta ahora.

El Ministerio de Cultura y diversas comunidades autónomas han desarrollado programas de protección del patrimonio inmaterial, pero la artesanía textil especializada sigue siendo uno de los sectores con menor apoyo institucional efectivo. Sin formación reglada ni incentivos económicos para aprender el oficio de forma profesional, el cierre es cuestión de tiempo.

Una segunda vida para los mantones antiguos

Antes de que eso ocurra, Sánchez ya ha buscado una salida alternativa. Junto a su hija Maravillas, psicóloga de profesión, ha puesto en marcha Espinar Antique, una firma dedicada a la restauración y venta de mantones históricos. Las piezas de época, una vez limpias y recuperadas, se comercializan entre 500 y 3.000 euros, atendiendo a una demanda que el taller artesanal ya no puede cubrir con producción propia. Es una forma de mantener el negocio y, de paso, de rescatar del olvido piezas que de otro modo acabarían deterioradas.

Sánchez descarta sin dudarlo la opción de introducir bordados de máquina para abaratar costes y ampliar volumen. La línea entre artesanía y manufactura industrial es, para ella, infranqueable. Lo que produce su taller no es solo una prenda: es patrimonio cultural con historia propia, desde los galeones del Pacífico hasta los desfiles de Dior en Sevilla. Cuando las seis bordadoras que hoy sostienen ese legado se jubilen, esa historia quedará, en gran medida, sin continuación.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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