Un equipo de investigadores liderado por Corey Bradshaw, de la Universidad Flinders de Australia, ha publicado un estudio en la revista Environmental Research Letters que lanza una advertencia directa: la población humana ya ha superado la capacidad de carga del planeta. No es una proyección de futuro. Según los autores, ocurre ahora mismo.
El concepto de "capacidad de carga" proviene de la ecología y hace referencia al número máximo de individuos que un ecosistema puede mantener de forma estable a lo largo del tiempo, teniendo en cuenta la disponibilidad y la velocidad de regeneración de sus recursos. Aplicado a la especie humana, el cálculo resulta incómodo: con los niveles actuales de consumo de energía, agua, alimentos y materiales, el planeta no tiene margen para sostener a los 8.300 millones de personas que lo habitamos hoy.
El estudio analiza más de dos siglos de datos demográficos y establece una distinción clave entre dos cifras. La primera es la capacidad máxima teórica, que los investigadores sitúan en torno a los 12.000 millones de personas, un techo que podría alcanzarse físicamente pero que implicaría un deterioro grave de los sistemas naturales. La segunda, y más relevante desde el punto de vista de la sostenibilidad, es la capacidad óptima: unos 2.500 millones de personas, una cifra que triplica en negativo a la población actual. En otras palabras, incluso si la humanidad dejara de crecer hoy, seguiríamos viviendo muy por encima de lo que el planeta puede regenerar.
Por qué hemos llegado hasta aquí
La razón por la que este desequilibrio ha sido posible sin un colapso visible tiene nombre propio: los combustibles fósiles. Según el estudio, la tecnología y especialmente el uso masivo de energía fósil han permitido a la humanidad expandir artificialmente esos límites durante los últimos dos siglos. Los fertilizantes sintéticos derivados del petróleo multiplicaron la producción agrícola. Los motores de combustión transformaron el transporte y la industria. La energía barata hizo posible sostener un crecimiento demográfico sin precedentes históricos.
El problema, según los autores, es que ese modelo tiene fecha de caducidad. "Las economías actuales, basadas en el crecimiento continuo, no reconocen las limitaciones regenerativas del planeta, porque los combustibles fósiles compensan artificialmente la diferencia", señala el trabajo. Bradshaw lo resume de forma más directa: "La Tierra no puede seguir el ritmo del uso de recursos que hacemos. Ni siquiera puede sostener la demanda actual sin cambios importantes".
Una ralentización que no frena el impacto
El estudio también describe una transformación en la dinámica demográfica global que ya está en marcha. Desde los años sesenta, la tasa de crecimiento de la población mundial ha ido cayendo de forma sostenida. Los investigadores denominan a esta etapa "fase demográfica negativa", un periodo en el que el número de personas sigue aumentando, pero cada vez más despacio. Las proyecciones apuntan a que la población mundial podría alcanzar un pico de entre 11.700 y 12.400 millones de personas hacia finales de este siglo, para después estabilizarse o incluso retroceder en algunas regiones.
Sin embargo, esa ralentización demográfica no se traduce automáticamente en una menor presión sobre el planeta. El impacto ambiental no depende solo de cuántas personas existen, sino de cuánto consume cada una. Y en ese frente, según datos del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el consumo per cápita ha seguido creciendo en las últimas décadas, especialmente en economías emergentes que aspiran a los niveles de vida de los países ricos.
Qué propone el estudio
Los autores no se limitan a describir el problema. El informe, publicado en Environmental Research Letters, concluye que sin una transformación profunda en la forma en que la humanidad produce y consume energía, alimentos y recursos naturales, la estabilidad de los sistemas globales quedará cada vez más comprometida. No se trata de ciencia ficción ni de catastrofismo: los datos sobre pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, escasez hídrica y cambio climático ya apuntan en esa dirección.
El debate sobre la superpoblación es antiguo y políticamente delicado, pero este estudio lo reencuadra: el problema no es tanto cuántas personas hay, sino cómo viven y qué consumen. Reducir la huella de cada individuo puede tener un impacto igual o mayor que frenar el crecimiento demográfico. Esa es, en síntesis, la conclusión más práctica de una investigación que pone cifras concretas a un desafío que afecta a toda la especie.