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Carlos Ruf: del baloncesto de élite a sobrevivir a dos intentos de suicidio

El exjugador del Joventut, que plantó cara a los Lakers de Magic Johnson, habla abiertamente de su trastorno bipolar y su segunda vida.

Por Carlos García·lunes, 13 de abril de 2026·3 min lectura
Ilustración: Carlos Ruf: del baloncesto de élite a sobrevivir a dos inten · El Diario Joven

Carlos Ruf tiene 56 años, dos metros y once centímetros de historia y una cicatriz invisible que tardó décadas en curar. El pívot nacido en Hamina (Finlandia) el 14 de octubre de 1969 fue una de las grandes promesas del baloncesto español de los noventa, pero lo que más le define hoy no es ninguna estadística, sino haber sobrevivido a dos intentos de suicidio y haberlo contado en voz alta.

Su momento de máxima visibilidad llegó en 1991, durante el histórico Open McDonald's de París-Bercy, cuando con solo 21 años y vistiendo la camiseta del Joventut de Badalona, anotó 11 puntos y capturó 5 rebotes en apenas 15 minutos contra los Los Angeles Lakers de Magic Johnson y James Worthy. El conjunto catalán estuvo a punto de dar la campanada: cayó 116-114 y Ruf tuvo en sus manos el tiro que podría haber forzado la prórroga. Aquella noche, su nombre quedó grabado en el baloncesto europeo.

Sin embargo, las lesiones fueron erosionando una carrera que prometía mucho más. Una rotura del ligamento cruzado con afectación de la meseta tibial le obligó a ir bajando el listón competitivo, pasando por el Valvi Girona, el Breogán, el Caprabo Lleida o el Manresa, hasta terminar en categorías inferiores. Fue internacional absoluto con España en siete ocasiones, pero el cuerpo nunca volvió a responder como antes.

"Las depresiones vienen sin darte cuenta", explica Ruf en una entrevista concedida a El Periódico. "Entras en un túnel oscuro. Lo que antes parecía fácil se vuelve difícil, el campo se pone cuesta arriba y hasta predices el fracaso. Te miras al espejo y piensas que no sirves para nada". El exjugador reconoce que no identificó lo que le pasaba hasta mucho después de que empezara.

El punto más oscuro llegó tras colgar las zapatillas definitivamente. Lejos del foco, sin la estructura del deporte profesional y con una identidad que había girado en torno a la cancha, Ruf atravesó dos intentos de suicidio separados por un par de años. "Hay un momento en que lo único que quieres es apagar la luz", describe. "Aunque creo que en realidad es más un grito pidiendo ayuda que un intento de desaparecer". Según él mismo, el impulso no es deliberado en ese instante: "Lo que no sabe la gente es que si ese mismo pensamiento lo tienes un día después, no lo harías".

Aquellos episodios desembocaron en un proceso de tratamiento que terminó con un diagnóstico de trastorno bipolar. Para Ruf, ese momento fue el auténtico punto de inflexión: "Mi segunda vida no empezó cuando dejé el deporte, empezó después del diagnóstico". Hoy habla del tema con una mezcla de distancia y compromiso, convencido de que visibilizar estas experiencias puede ayudar a otros a pedir ayuda antes.

Su mensaje final es de esperanza, sin trampa ni cartón: los malos momentos pasan, y aprender a no ser demasiado duro con uno mismo es parte del camino. En un contexto en el que la salud mental en el deporte de élite empieza a tomarse en serio, el testimonio de Carlos Ruf llega como un recordatorio de que detrás de cada número en el marcador hay una persona entera.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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