Perú vivió este domingo una jornada electoral marcada por la confusión y la indignación. Más de 27 millones de ciudadanos estaban llamados a las urnas para elegir presidente entre 35 candidatos, pero en numerosos centros de votación de Lima y otras regiones del país el material electoral no llegó a tiempo, impidiendo que el proceso arrancara con normalidad. Lo que debía ser una cita democuática histórica por el número de candidatos en liza se convirtió en una crisis logística de primera magnitud.
Las imágenes de colas interminables frente a colegios electorales vacíos de urnas y actas se multiplicaron desde primera hora de la mañana. Muchos votantes esperaron durante horas sin recibir ninguna explicación oficial, mientras la incertidumbre se extendía a través de las redes sociales. La situación generó una oleada de sospechas sobre posibles irregularidades, con numerosos ciudadanos y dirigentes políticos apuntando directamente a un fraude organizado antes de que las autoridades pudieran ofrecer una versión oficial de los hechos.
La Oficina Nacional de Procesos Electorales, el organismo encargado de gestionar los comicios en Perú, no tardó en verse en el centro de la polémica. La institución, que debe coordinar la distribución del material en todo el territorio nacional, no emitió en las primeras horas ningún comunicado que explicara de forma clara qué había fallado, cuántas mesas se habían visto afectadas ni cuál era el plan para resolverlo. Ese silencio alimentó aún más la desconfianza entre los votantes y los representantes de los partidos políticos presentes en los centros de votación.
Perú celebra elecciones presidenciales en un contexto político especialmente convulso. El país arrastra años de inestabilidad institucional: desde 2016, ha tenido seis presidentes diferentes, ha disuelto su Congreso en dos ocasiones y ha protagonizado una serie de escándalos de corrupción que han erosionado la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. En este clima, cualquier irregularidad en el proceso electoral, por accidental que sea, tiene el potencial de convertirse en un detonante de tensión social y política.
El número de candidatos en la papeleta —35 en total— añade una capa adicional de complejidad a unos comicios ya de por sí complicados de gestionar. Organizar una elección de esta escala requiere una coordinación logística exhaustiva, especialmente en un país con una geografía tan diversa como la peruana, que incluye desde la costa hasta la selva amazónica, pasando por zonas de alta montaña con acceso limitado. Sin embargo, los fallos documentados este domingo se concentraron en Lima, la capital y la ciudad con mayor número de votantes del país, lo que resulta especialmente difícil de justificar desde un punto de vista operativo.
A medida que avanzaba el día, algunos centros de votación lograron recibir el material con retraso y abrir sus puertas, aunque con horas de demora. En otros puntos, la votación directamente no pudo celebrarse. Las autoridades electorales peruanas se enfrentaban así al reto de garantizar que todos los ciudadanos afectados pudieran ejercer su derecho al voto, ya fuera ampliando el horario de los colegios o habilitando algún mecanismo alternativo, opciones que generan sus propios problemas de legitimidad y control.
La comunidad internacional siguió la jornada con atención. Organizaciones de observación electoral presentes en el país recogieron testimonios de los fallos y anunciaron que incluirían los incidentes en sus informes oficiales. En un país donde la desconfianza en el sistema político es estructural, la credibilidad del resultado final dependerá en gran medida de cómo gestionen las instituciones peruanas las horas y los días siguientes, y de si son capaces de ofrecer una explicación creíble y verificable de lo ocurrido.
Lo que está claro es que el daño a la imagen del proceso ya está hecho. Miles de peruanos que se acercaron a votar con normalidad regresaron a casa sin poder hacerlo, con una mezcla de frustración y desconfianza que ninguna explicación posterior podrá borrar del todo. El escrutinio, cuando llegue, tendrá que enfrentarse a una legitimidad cuestionada desde el primer momento de la jornada.