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La guerra de Irán deja a EEUU sin aliados

El conflicto impulsado por Trump y respaldado por Israel no ha sumado a ningún socio europeo ni asiático al esfuerzo bélico.

Por Carlos García·domingo, 12 de abril de 2026·4 min lectura·1 vistas
Ilustración: La guerra de Irán deja a EEUU sin aliados · El Diario Joven

La guerra de Irán se ha convertido en el retrato más claro de lo que significa la doctrina "América Primero" en la práctica: una potencia que actúa sin consultar a sus aliados y que, como consecuencia, se queda sin ellos. Desde que comenzaron las operaciones militares, Estados Unidos solo ha contado con el respaldo directo de Israel, que ha sido además quien ha marcado los objetivos estratégicos y los ritmos del conflicto. Ningún país europeo ni ninguna potencia asiática ha respondido a la llamada de Washington para unirse a la coalición.

El contraste con conflictos anteriores es llamativo. En la Guerra del Golfo de 1991 o en la intervención en Afganistán tras el 11-S, Estados Unidos logró articular amplias coaliciones internacionales que daban legitimidad política y músculo operativo a sus operaciones. Esta vez, la dinámica ha sido radicalmente distinta. Según fuentes diplomáticas europeas, la decisión de intervenir militarmente no fue consultada previamente con los socios tradicionales de la OTAN, lo que generó un rechazo inmediato y generalizado entre las cancillerías del continente.

Varios países de la Unión Europea han ido más allá de la mera distancia política. Ante lo que muchos gobiernos europeos consideran una intervención ilegal y mal planificada, algunos estados miembros han limitado el uso de su espacio aéreo y de sus instalaciones militares para operaciones relacionadas con el conflicto. Se trata de una señal inédita: aliados formales de Washington restringiendo activamente la capacidad logística de las fuerzas estadounidenses, una decisión que habría sido impensable en décadas anteriores.

El papel de Israel y el estrecho de Ormuz

Israel ha sido el único actor que ha actuado como socio militar real en este conflicto. Tel Aviv no solo ha proporcionado inteligencia y apoyo operativo, sino que ha condicionado en buena medida la estrategia de la campaña, señalando instalaciones y fijando prioridades. Uno de los objetivos declarados de la operación es reabrir el estrecho de Ormuz, paso marítimo crítico por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, y que Irán ha utilizado históricamente como palanca de presión geopolítica. Sin embargo, la consecución de ese objetivo sigue sin estar garantizada y las operaciones se han prolongado más de lo que la Casa Blanca previó inicialmente.

Los países del Golfo Pérsico, que en teoría tendrían más que ganar con una reducción del poder iraní en la región, observan la situación con una mezcla de perplejidad y alarma. La desestabilización del entorno geopolítico más inmediato y el impacto económico de la guerra sobre las rutas comerciales están generando consecuencias que ninguno de ellos había calculado. Varios de estos estados han optado por una posición pública de neutralidad, evitando alinearse abiertamente con Washington para no comprometer sus propias relaciones con Teherán y con otros actores regionales.

Europa ante un aliado imprevisible

En Bruselas, la guerra de Irán ha acelerado debates que ya estaban sobre la mesa desde el primer mandato de Trump: la necesidad de una mayor autonomía estratégica europea y la revisión de los términos de la relación transatlántica. La Unión Europea lleva años intentando articular una política exterior y de defensa más cohesionada, pero la falta de unanimidad entre sus miembros ha sido siempre el principal obstáculo. El conflicto actual ha actuado como catalizador: por primera vez, varios estados miembros han adoptado posiciones comunes de distanciamiento frente a una operación militar estadounidense.

Desde el punto de vista del derecho internacional, la intervención no ha recibido respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que añade una capa adicional de complejidad jurídica y política. Esta ausencia de cobertura multilateral ha sido uno de los argumentos más utilizados por los gobiernos europeos para justificar su negativa a participar o facilitar la operación.

Lo que el conflicto con Irán está dejando al descubierto es una contradicción de fondo en la estrategia exterior de la administración Trump: la retórica de la fuerza y la supremacía americana choca frontalmente con la realidad de un mundo en el que incluso las potencias hegemónicas necesitan aliados para actuar con eficacia y legitimidad. Ganar guerras en solitario es posible; construir el orden posterior al conflicto, mucho menos. Washington puede tener la capacidad militar para imponer su voluntad en el campo de batalla, pero sin socios que compartan los costes políticos y económicos de la reconstrucción, el resultado a largo plazo de cualquier intervención se vuelve incierto. La historia reciente de Irak o Libia ofrece lecciones al respecto que parecen no haberse tenido en cuenta.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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