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La jerga corporativa vacía cuesta dinero real

El 'bullshit' de oficina no es solo irritante: destruye productividad, enturbia decisiones y multiplica el retrabajo.

Por Carlos García·domingo, 19 de abril de 2026Actualizado hace 16 min·4 min lectura·9 vistas
Ilustración: La jerga corporativa vacía cuesta dinero real · El Diario Joven

"Vamos a alinear a los stakeholders", "hay que activar sinergias", "hagamos un deep dive para aterrizar quick wins". Si has pasado algún tiempo en una empresa mediana o grande, esta letanía te resultará familiar. Puede que incluso la hayas pronunciado tú mismo. El problema no es solo estético: la jerga corporativa vacía tiene un coste medible en tiempo, dinero y calidad de las decisiones, y la evidencia académica y empresarial lo respalda con datos.

La última investigación relevante sobre el tema procede de la Universidad de Cornell, donde se analizó la relación entre la receptividad a mensajes grandilocuentes y vacíos de contenido —lo que los investigadores llaman 'pseudoprofundidad'— y las capacidades cognitivas de quienes los reciben. El hallazgo es incómodo: una alta tolerancia a ese tipo de lenguaje se asocia estadísticamente con menor pensamiento analítico, menor reflexión crítica y peor juicio práctico en entornos laborales. Dicho de otro modo, cuanto más cómodo te sientes rodeado de frases abstractas y sonoras, menos agudas tienden a ser tus decisiones.

El coste oculto de no entenderse

El primer daño visible es la proliferación de reuniones que solo existen para descifrar mensajes anteriores. Cuando un correo, una presentación o una directriz están escritos en lenguaje nebuloso, el siguiente paso casi automático es convocar otra reunión «para alinear». Una reunión cuyo propósito real no es decidir, sino traducir. Según datos de Atlassian, el 54% de los empleados sale de las reuniones sin claridad sobre cuáles son los pasos siguientes. Microsoft, por su parte, sitúa las reuniones ineficientes entre los principales ladrones de tiempo de las organizaciones modernas, y añade un dato que hiela la sangre: los usuarios de Microsoft 365 son interrumpidos de media cada dos minutos por una reunión, un correo o una notificación.

La jerga no genera esas interrupciones por sí sola, pero sí las multiplica. Cada mensaje vago obliga a pedir aclaraciones, reenviar hilos, abrir conversaciones adicionales o convocar otra llamada para "aterrizar" lo que se quiso decir la primera vez. Es un coste directo sobre el tiempo de concentración, ese estado de trabajo profundo que los estudios de productividad identifican como el más valioso y el más difícil de recuperar una vez roto.

Hay además un efecto económico que McKinsey ha cuantificado con cierta precisión. La consultora estima que mejorar la comunicación interna y el acceso al conocimiento puede traducirse en ganancias de productividad de entre el 20% y el 25% en organizaciones intensivas en conocimiento. Cuando la información es clara y reutilizable, el sistema gana tiempo. Cuando está envuelta en vaguedad, ese tiempo se pierde en navegación, interpretación y duplicación de esfuerzos. El 'bullshit' corporativo parece ahorrar tiempo al abreviar, pero lo devuelve multiplicado en forma de fricción.

Cuando el lenguaje opaco se convierte en poder

Hay una dimensión política en todo esto que no suele mencionarse. Cuando el lenguaje abstracto se normaliza dentro de una organización, genera su propia pequeña economía interna: quien habla más en abstracto parece más sénior; quien pide precisión parece menos «estratégico»; y quien traduce el mensaje para que el equipo pueda trabajar hace un trabajo invisible que raramente se reconoce. Es un incentivo perverso que perpetúa el problema.

Una investigación de Harvard observó que las organizaciones son capaces de reducir el uso de jerga inútil cuando hacen visible culturalmente la importancia de ser comprendidos. Parte del problema, concluye ese trabajo, no es falta de capacidad lingüística, sino falta de incentivos hacia la claridad. En muchas empresas, la claridad no da estatus. La oscuridad sí.

El riesgo más grave aparece cuando esta dinámica escala hasta los niveles más altos de la organización. Los casos de WeWork y Theranos, estudiados tanto en entornos académicos como por organismos reguladores como la SEC, ilustran lo que ocurre cuando el relato sustituye a la sustancia. WeWork construyó una narrativa enormemente ambiciosa sobre transformar el trabajo y crear comunidad global, pero al analizarla de cerca quedó claro que esa narrativa era incomparablemente más sólida que su negocio real. El discurso sonaba visionario; las cuentas no acompañaban.

El caso de Theranos es aún más extremo. Su fundadora, Elizabeth Holmes, prometió una revolución médica con una tecnología que no funcionaba, y mantuvo esa promesa durante años gracias a una combinación de secretismo, lenguaje aspiracional y un relato que pesaba más que cualquier revisión técnica seria. El resultado fue una condena penal y miles de millones en daños. La palabrería, en su versión más dañina, no es solo un irritante de oficina: puede ser un mecanismo de engaño estructural.

La solución no es especialmente compleja, aunque sí requiere decisión cultural. Digital.gov, la plataforma del gobierno federal de Estados Unidos dedicada a la comunicación pública, define la comunicación clara como aquella que permite a la audiencia encontrar, entender y usar la información a la primera. Si eso no ocurre, el tiempo aparentemente ahorrado al escribir algo vago se transfiere al receptor, que deberá interpretar, comprobar, preguntar y rehacer. El coste no desaparece: simplemente cambia de manos. Y en la mayoría de las organizaciones, nadie lleva la cuenta de cuánto suma.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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