Dos de los despachos más reconocidos del panorama jurídico internacional han sellado su unión. Los socios de Hogan Lovells y de Cadwalader, Wickersham & Taft han aprobado por votación su fusión, dando luz verde a la creación de Hogan Lovells Cadwalader, una firma que nacerá oficialmente el próximo 1 de julio y que se convertirá en el quinto despacho más grande del mundo por ingresos, con más de 3.600 millones de dólares anuales.
La nueva firma reunirá a unos 3.100 abogados distribuidos en oficinas de América, Europa, Oriente Medio, África y Asia-Pacífico. En términos de presencia urbana, se situará como el segundo mayor despacho de Washington D.C., uno de los diez primeros de Londres y entre los 25 principales de Nueva York, tres de las plazas jurídicas más competidas del mundo.
Por qué tiene sentido esta unión
La lógica estratégica de la fusión es clara: cada firma aporta lo que la otra no tiene en la misma medida. Hogan Lovells es especialmente sólida en áreas como derecho mercantil, fusiones y adquisiciones (M&A), regulatorio, propiedad intelectual y litigios. Cadwalader, por su parte, es una de las referencias históricas de Wall Street en financiación estructurada, productos estructurados y mercados de capitales. La suma de ambas capacidades permite cubrir prácticamente todo el espectro de servicios que demandan grandes corporaciones con operaciones globales.
Miguel Zaldivar, consejero delegado mundial de Hogan Lovells y futuro CEO del nuevo despacho, ha subrayado que la firma resultante tendrá la experiencia necesaria para asesorar a clientes en sus asuntos más complejos en todo el G20. Desde Cadwalader, Wesley Misson, que asumirá la dirección global de la práctica financiera, ha destacado la oportunidad que supone el eje Nueva York-Londres para las operaciones de financiación más sofisticadas, un nicho donde la firma combinada tendrá una posición muy relevante.
Tecnología e IA, también en la agenda
Más allá del tamaño, la fusión también tiene una dimensión tecnológica. Patrick Quinn, socio codirector de Cadwalader que asumirá la dirección global para integración de clientes y prácticas, ha apuntado que la mayor escala permitirá invertir con más fuerza en talento y en inteligencia artificial en un momento que considera clave para este tipo de apuestas. El sector legal lleva años explorando cómo automatizar tareas rutinarias de revisión documental, due diligence o investigación jurídica, y los grandes despachos ven en la IA una palanca para mejorar márgenes y diferenciarse. Con una base de ingresos superior a los 3.600 millones de dólares, Hogan Lovells Cadwalader tendrá músculo financiero para competir en esa carrera.
La nueva firma operará desde cinco sedes principales: Washington D.C., Nueva York, Londres, Alemania y la región que agrupa Francia, Italia y España. Esta última pata geográfica incluye la presencia de Hogan Lovells en España, donde el despacho opera desde 2004. La elección de estas cinco ciudades como ejes centrales no es casual: refleja los mercados donde se concentra la mayor parte del negocio jurídico corporativo de alto valor.
Una tendencia que no para
Esta megafusión no es un caso aislado. El sector legal internacional lleva dos años inmerso en una oleada de consolidación que está redibujando el mapa de la abogacía global. Operaciones como la unión de Allen & Overy con Shearman & Sterling, la de Herbert Smith Freehills con Kramer Levin o la de Ashurst con Perkins Coie son ejemplos recientes de la misma dinámica: firmas grandes que se unen para ganar escala, diversificar geografías y resistir mejor la presión competitiva.
La propia historia de Hogan Lovells ilustra esta tendencia. El despacho surgió en 2010 de la fusión transatlántica entre el estadounidense Hogan & Hartson y el británico Lovells, y desde entonces ha crecido hasta convertirse en una de las firmas de referencia a nivel global. Ahora, al absorber a Cadwalader, multiplica por seis el número de abogados y oficinas de la firma neoyorquina.
Detrás de estas fusiones hay razones estructurales: los clientes corporativos buscan cada vez más poder gestionar todos sus asuntos legales con un número reducido de firmas de confianza capaces de operar en múltiples jurisdicciones. Eso exige masa crítica, presencia internacional y, cada vez más, inversión tecnológica. Las firmas que no alcancen ese umbral corren el riesgo de quedar relegadas a nichos locales o especializados. En ese contexto, la fusión entre Hogan Lovells y Cadwalader responde menos a una oportunidad puntual y más a una necesidad de posicionamiento a largo plazo en un mercado que se concentra a pasos acelerados.