Las grandes fortunas familiares están rediseñando su arquitectura financiera. La inestabilidad geopolítica, los aranceles impuestos por Donald Trump, las sanciones internacionales y los cambios fiscales en países como el Reino Unido están llevando a los llamados *family offices* —las estructuras que gestionan el patrimonio de las familias más acaudaladas— a abrir sucursales en múltiples jurisdicciones. El objetivo es claro: tener siempre una salida disponible si alguna parte de su red queda bloqueada.
Una persona que hasta hace poco dirigía uno de estos vehículos en Dubái lo resumió de forma muy gráfica: las familias quieren depositar fondos en distintas cuentas alrededor del mundo para contar con "un abanico de opciones". No se trata de evasión fiscal ni de movimientos especulativos, sino de una lógica de cobertura similar a la que se aplica en cualquier cartera de activos. Si una parte queda congelada por sanciones o bloqueada por decisiones regulatorias, las otras siguen funcionando.
Por qué ahora
Este fenómeno no es nuevo, pero ha cogido velocidad en los últimos dos años. Los asesores del sector apuntan a varios detonantes concretos. Por un lado, los aranceles del llamado "día de la liberación" de Trump y las presiones de Washington sobre países como Venezuela e Irán han generado una percepción de mayor riesgo incluso entre las familias con patrimonios ya bien estructurados. Por otro, la eliminación del régimen *non-dom* en el Reino Unido —que permitía a los residentes extranjeros no tributar por sus rentas generadas fuera del país— ha sacudido a muchas fortunas que tenían Londres como base principal.
Tom Everett-Heath, director global de investigaciones y cumplimiento del grupo de inteligencia corporativa Kroll, lo define como "descentralización ante la imprevisibilidad de la gobernanza". Según su análisis, diversificar la presencia geográfica de un family office funciona exactamente igual que diversificar una cartera: reduce la exposición a un único punto de fallo.
Los datos respaldan el movimiento
Las cifras confirman que esta tendencia ya tiene peso real. Según el Informe Global de Family Offices 2026 de JPMorgan, el 74% de los family offices fuera de Estados Unidos identifican la geopolítica como uno de sus cinco principales riesgos de inversión. Entre los estadounidenses, el porcentaje baja al 57%, aunque sigue siendo significativo.
Por su parte, una encuesta de 2024 elaborada por Deloitte reveló que el 28% de estas estructuras ya operan con múltiples sucursales, y otro 12% planea abrir nuevas en los próximos años. Entre los ejemplos concretos, destaca Bayshore Global Management, el family office del cofundador de Google Sergey Brin, que en 2020 inauguró una oficina en Singapur desde su sede principal en Estados Unidos.
Rebecca Gooch, directora en Deloitte y autora del informe, señala que estas estructuras buscan simultáneamente varias cosas al expandirse: acceder a oportunidades de inversión locales, captar talento en distintos mercados, optimizar su fiscalidad y blindarse frente a la fragmentación del sistema financiero global. Lo relevante, subraya, es que la presencia internacional ha dejado de ser una decisión operativa secundaria para convertirse en parte central de la estrategia de cartera, especialmente en los family offices más grandes y sofisticados.
Complejidad como herramienta
Este giro supone una ruptura con la tendencia dominante de los últimos años, que apuntaba hacia la simplificación y la consolidación de estructuras. Sara Macedo, directora principal de Emissary Partners, lo confirma: lo que se observa ahora es la incorporación deliberada de complejidad para ganar opcionalidad. Dicho de otro modo, tener más piezas en juego no es un problema de gestión, sino un activo estratégico.
William Sinclair, codirector global de la práctica de family offices en JPMorgan Private Bank, añade otra dimensión que va más allá de la geopolítica: las propias familias se están volviendo más globales con el paso de las generaciones. Si los hijos o nietos de los fundadores viven en otra jurisdicción, tiene sentido que parte de la estructura patrimonial esté también allí.
La imagen que emerge es la de un sector que está madurando rápidamente. Según los datos de Deloitte, en 2024 existían más de 8.000 family offices unifamiliares en el mundo, con un patrimonio gestionado de 3,1 billones de dólares. Para 2030, las estimaciones apuntan a casi 11.000 estructuras gestionando 5,4 billones. Un crecimiento que, en el contexto actual, viene acompañado de una lógica de dispersión geográfica que hace años habría parecido innecesariamente costosa. Hoy, en cambio, es percibida como una forma básica de prudencia.