El Fondo Monetario Internacional ha lanzado una de sus advertencias más contundentes en años: la deuda pública global se acerca a niveles que no se veían desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En su informe Fiscal Monitor, presentado esta semana en la asamblea de primavera de Washington, el organismo calcula que el endeudamiento bruto mundial alcanzó cerca del 94% del PIB en 2025 y podría superar el 100% antes de que termine la década, concretamente en 2029.
La acumulación de deuda no es un fenómeno reciente ni tiene una sola causa. Desde el estallido de la pandemia de covid-19, los gobiernos han respondido a una cadena de crisis —sanitaria, energética, inflacionaria y ahora geopolítica— con programas de gasto masivos dirigidos a proteger a empresas y ciudadanos. La lección aprendida tras la Gran Recesión de 2008 fue que recortar de forma brusca en plena tormenta agrava los daños. El resultado, sin embargo, es que el margen fiscal de muchos países se ha reducido de manera significativa.
El conflicto en Oriente Próximo ha añadido una nueva presión. Las tensiones en el estrecho de Ormuz —paso por el que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial— han impulsado al alza los precios del crudo y otras materias primas, lo que está alimentando una nueva espiral inflacionaria. Varios gobiernos han aprobado medidas de alivio para sus ciudadanos ante el encarecimiento de carburantes y alimentos, lo que vuelve a disparar el gasto público en un momento en que las arcas ya están tensionadas.
EE.UU. y China, los dos grandes focos de riesgo
El FMI pone el foco de manera explícita en las dos mayores economías del planeta. En el caso de Estados Unidos, el déficit del gobierno general se sitúa entre el 7% y el 8% del PIB, una cifra llamativa para una economía que opera cerca de su plena capacidad productiva. Sin un plan de consolidación fiscal en el horizonte, el organismo proyecta que la deuda bruta estadounidense llegará al 142% del PIB en 2031. Rodrigo Valdés, director del departamento de Asuntos Fiscales del Fondo, lo resume sin ambigüedades: estabilizar las cuentas de Washington exigirá actuar tanto por el lado de los ingresos como por el del gasto, incluidos los grandes programas de prestaciones sociales como la Seguridad Social o Medicare.
Es un diagnóstico que choca de frente con la realidad política del país. La subida de impuestos es casi un tabú en el debate público estadounidense, y la polarización dificulta cualquier acuerdo de largo plazo sobre sostenibilidad fiscal. El margen para maniobrar se estrecha.
China presenta un perfil distinto pero igualmente preocupante. Pekín ha apostado por la expansión fiscal para sostener la demanda interna en un entorno de presiones deflacionarias, lo que ha llevado su déficit global cerca del 8% del PIB. El FMI estima que, de mantenerse esta senda, la deuda china podría alcanzar el 127% del PIB en 2031, un nivel que hace apenas una década parecía impensable para una economía que presumía de sus colchones fiscales.
Europa y los países más pobres, también en la cuerda floja
El informe no ignora el resto del mapa. En Europa, varios estados miembros de la UE han activado las cláusulas de escape de las normas comunitarias de déficit para financiar el incremento del gasto en defensa. Los países de la OTAN se comprometieron el pasado verano a elevar su inversión militar del 2% al 5% del PIB, un salto que tiene un coste fiscal considerable y que se suma a las ya abultadas facturas del envejecimiento poblacional y la transición energética.
La situación es todavía más delicada en las economías más vulnerables. Según el FMI, los países más pobres destinan ya una proporción récord de sus ingresos al pago de intereses de su deuda, y la reducción de los flujos de ayuda internacional está generando brechas de financiación que algunos no pueden cubrir. El malestar social creciente en múltiples países —independientemente de su nivel de renta— agrava aún más el cuadro, ya que los episodios de tensión interna se asocian históricamente con menor crecimiento y mayores déficits.
Frente a este panorama, el organismo con sede en Washington ofrece una receta clara a los gobiernos: las medidas de apoyo para amortiguar el impacto del encarecimiento de precios deben ser temporales, bien focalizadas y diseñadas para no convertirse en gasto estructural permanente. La advertencia implícita es que repetir el patrón de los últimos años —gasto de emergencia que nunca se retira— podría llevar las finanzas públicas globales a un punto de no retorno. El mundo acumula deuda a un ritmo que pocos quieren reconocer abiertamente, y el FMI es de los pocos actores que se atreve a decirlo con claridad.