La deuda pública mundial no para de crecer y, según las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional, alcanzará el 100% del PIB global antes de que termine la década. Este año cerrará en torno al 95,3%, pero la tendencia es claramente ascendente y no da señales de revertirse. El organismo lo deja claro en su último Monitor Fiscal: el problema ya no es coyuntural, es estructural.
La advertencia del FMI llega en un momento en que el crecimiento económico mundial se mantiene razonablemente sólido, lo que hace aún más llamativo el deterioro fiscal. Si las cuentas públicas empeoran incluso con viento de cola económico, ¿qué ocurrirá cuando llegue la próxima recesión? El organismo subraya que el espacio de maniobra de los gobiernos se ha estrechado de forma notable: deuda elevada, tipos de interés todavía altos y nuevas tensiones geopolíticas forman una combinación especialmente delicada. La crisis energética derivada del conflicto en Oriente Próximo ha añadido presión adicional sobre unas finanzas públicas que nunca terminaron de recuperarse del golpe de la pandemia.
España, una excepción relativa en Europa
Dentro de este panorama sombrío, España aparece como uno de los pocos grandes países europeos con una trayectoria fiscal más favorable. El déficit público español ha pasado del 3,3% del PIB en 2023 al 2,5% en 2025 y se espera que se sitúe cerca del 2,1% al cierre del ejercicio actual, estabilizándose en torno al 2,2% en los años siguientes. No es una corrección espectacular, pero sí constante.
En paralelo, la deuda soberana española inicia una senda descendente que tiene un hito simbólico importante: si se cumplen las previsiones del FMI, España cerrará 2026 con su deuda por debajo del 100% del PIB por primera vez desde la pandemia, concretamente en el 98,2%. Y la reducción continuará: el organismo estima que rozará el 90% en 2031. Este ajuste es más rápido que el de otras grandes economías de la eurozona, aunque conviene no cantar victoria: los niveles siguen siendo históricamente elevados y cualquier tropiezo económico podría volver a empujar la cifra por encima del umbral del 100%.
El contraste con los socios europeos es notable. Francia acumula un déficit superior al 5% y una deuda que superará el 120% del PIB a finales de la década. Italia sigue anclada cerca del 135%, con una corrección muy limitada. Y Alemania, el tradicional referente de austeridad fiscal en Europa, también ha abandonado su ortodoxia: tras activar cláusulas de escape para aumentar el gasto en defensa y otras prioridades, su deuda crecerá unos diez puntos porcentuales en una década, hasta situarse en torno al 74%. El FMI advierte de que Europa en su conjunto se enfrenta a un dilema difícil: financiar nuevas prioridades —gasto militar, transición energética— sin agravar una situación de deuda ya comprometida.
EE.UU. y China, los grandes focos de riesgo
Más allá de Europa, los dos mayores focos de preocupación fiscal son, precisamente, las dos economías más grandes del mundo. Estados Unidos mantiene un déficit de entre el 7% y el 8% del PIB incluso en una situación cercana al pleno empleo, lo que resulta difícil de justificar desde cualquier ángulo económico. Sin un plan creíble de consolidación, su deuda alcanzará el 142% del PIB en 2031. A esto se suma la inestabilidad política: el precario equilibrio de poder en el Congreso amenaza con bloquear periódicamente la renegociación del techo de deuda, convirtiendo cada negociación en un riesgo financiero en sí mismo.
China ha optado por una estrategia distinta pero con resultados igualmente preocupantes. Para sostener la demanda interna en un contexto de presiones deflacionistas, Pekín ha expandido el gasto público hasta llevar su déficit cerca del 8% del PIB. El FMI reconoce que este estímulo es necesario a corto plazo, pero advierte de que exigirá ajustes importantes en el futuro, incluyendo reformas fiscales y del sistema de Seguridad Social. Su deuda podría superar el 127% del PIB en 2031.
A nivel global, el gasto en intereses ha pasado del 2% al casi 3% del PIB en apenas cuatro años, como consecuencia directa del endurecimiento monetario de los últimos años. Este mayor coste de financiación reduce el margen disponible para otras políticas y hace a los mercados más sensibles a cualquier desviación presupuestaria. Además, la retirada progresiva de los bancos centrales como compradores de deuda soberana obliga a los gobiernos a depender más de inversores privados, lo que introduce mayor volatilidad en los mercados de bonos.
El FMI insiste en que el tiempo para un ajuste ordenado se está agotando. La brecha fiscal global —la distancia entre el déficit actual y el nivel necesario para estabilizar la deuda— se ha reducido prácticamente a cero. Cualquier nuevo choque, ya sea una escalada en Oriente Próximo, una recesión o una nueva crisis financiera, podría empujar a muchos países hacia una trayectoria insostenible. Como nota positiva, el organismo señala la digitalización de la administración pública como una vía para generar ahorro con menores costes políticos, y pone a España como ejemplo de este camino, especialmente útil, dice, "cuando la polarización política complica las reformas de amplio alcance".