La reciente visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a China y sus declaraciones sobre el «lado correcto de la historia» han generado un debate que va mucho más allá de la diplomacia. Para entenderlo hay que mirar los datos, no los discursos. Y los datos dibujan un panorama bastante más complejo que el que suele aparecer en los comunicados oficiales.
Empecemos por lo económico, que es donde más duele. España exporta a China alrededor de 8.000 millones de euros en bienes y servicios, mientras que importa productos chinos por más de 50.000 millones. Según los datos del Ministerio de Economía, la tasa de cobertura comercial con China —es decir, la proporción de lo que vendemos respecto a lo que compramos— es drásticamente inferior a la que tenemos con Estados Unidos, donde ronda el 53%. Con China, esa cifra es notablemente peor. No es una asociación entre iguales: es una relación en la que uno compra y el otro vende.
Esa dependencia comercial no se va a corregir a corto plazo. China adquiere carne de cerdo española, en parte, porque una peste porcina diezmó su propia cabaña ganadera. Cuando ese problema se resuelva, ese flujo puede reducirse significativamente. Mientras tanto, los productos manufacturados chinos —desde electrónica hasta vehículos eléctricos— siguen inundando el mercado europeo. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha señalado que el coche eléctrico chino es, en la práctica, un vehículo impulsado por carbón, dado que China quema aproximadamente 5.000 de los 8.000 millones de toneladas de carbón que se consumen en el mundo cada año, mil millones más que hace solo cinco años.
El modelo chino: ni capitalismo ni socialismo al uso
China es hoy el segundo país del mundo con más millonarios, solo por detrás de Estados Unidos. El sector privado es poderoso, los beneficios empresariales están a la orden del día y la economía de mercado funciona con una lógica despiadadamente competitiva. Todo ello en un entorno donde los sindicatos independientes no existen —los que hay responden al Estado— y donde los derechos laborales no tienen el respaldo que conocemos en Europa occidental.
En paralelo, muchas de las banderas que la izquierda occidental ha convertido en seña de identidad tienen en China un reflejo distorsionado. El feminismo existe, pero supeditado a los objetivos del Partido. El movimiento LGTBI no cuenta con ningún tipo de protección legal. El matrimonio entre personas del mismo sexo no está reconocido. Y cualquier forma de disidencia organizada —desde el separatismo tibetano hasta el activismo en Xinjiang— se reprime con penas que van desde largas condenas de prisión hasta la cadena perpetua. Organizaciones como Amnistía Internacional llevan años documentando estas violaciones de derechos humanos.
En materia medioambiental, la brecha entre el discurso y la realidad es igualmente llamativa. En 1995, cuando se aprobó el Protocolo de Kioto, China emitía a la atmósfera una cantidad de gases de efecto invernadero comparable a la de Estados Unidos y Europa juntos. Tres décadas después, sus emisiones equivalen a la suma de Estados Unidos, Europa e India. Al mismo tiempo, el país tiene 58 reactores nucleares en funcionamiento y otros 28 en construcción, lo que le permitirá reducir su dependencia del petróleo a largo plazo. Una paradoja más en un país lleno de ellas.
China en el tablero geopolítico global
Más allá del comercio y los derechos humanos, el papel de China en la geopolítica global es determinante para entender por qué las relaciones con Pekín generan tanta tensión en Occidente. China mantiene su influencia sobre el régimen iraní y otros gobiernos que actúan como contrapeso al modelo democrático liberal. Desarrolla capacidad militar en el mar de la China Meridional, presiona a Filipinas y mantiene sus aspiraciones sobre Taiwán. En este contexto, analistas y funcionarios estadounidenses interpretan episodios aparentemente inconexos —desde el ataque a Irán hasta el interés por Groenlandia o la presión sobre Venezuela— como piezas de una misma partida: la disputa por la hegemonía global entre Washington y Pekín.
Esa rivalidad condiciona cada movimiento de la administración Trump desde su regreso a la Casa Blanca. Los aranceles masivos que Washington ha impuesto no son solo una medida comercial: son un instrumento de presión en una guerra fría no declarada cuyo eje central es China. En ese escenario, un líder europeo que viaja a Pekín y elogia al régimen envía una señal que sus socios occidentales difícilmente pasan por alto.
Mantener canales diplomáticos abiertos con cualquier país es sensato, y nadie serio defiende el aislamiento como estrategia. Pero hay una distancia considerable entre la normalidad diplomática y la validación política de un sistema que concentra poder sin contrapesos, reprime la disidencia y compite agresivamente en los mercados internacionales con reglas que no aplica en casa. España tiene intereses legítimos en su relación con China. La cuestión es si esos intereses se sirven mejor con claridad o con elogios que el propio historial chino contradice.