El sector de la construcción en España vive una paradoja incómoda: nunca ha habido tanta demanda de obra nueva, tantos proyectos de infraestructuras en marcha ni tanta presión sobre el mercado de la vivienda, y al mismo tiempo nunca ha sido tan difícil encontrar a alguien dispuesto a levantar esos edificios. La escasez de mano de obra ha dejado de ser una queja puntual de los empresarios del ramo para convertirse en uno de los frenos estructurales del crecimiento económico español.
Según datos de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC), el sector necesita actualmente alrededor de 700.000 nuevos trabajadores para cubrir la demanda generada por la política de vivienda, los planes de infraestructuras y los proyectos vinculados al Plan de Recuperación. Una cifra que no es una estimación de futuro, sino una brecha real y presente que se traduce en retrasos de obra, presupuestos disparados y promotores con proyectos parados sobre el papel.
Un sector que no atrae a los jóvenes
Los números del problema son elocuentes. De las aproximadamente 1,53 millones de personas ocupadas actualmente en el sector, apenas el 10,8% tiene menos de 30 años, mientras que el 22% supera los 55 y se encuentra a las puertas de la jubilación. Así lo recoge el informe *Gestión del talento en el sector de la construcción y su relación con la I+D+i*, elaborado por la Plataforma Tecnológica Española de Construcción (PTEC), que alerta de que esta situación "merma de manera peligrosa" la competitividad del sector. En términos prácticos, eso significa que, en la próxima década, una parte muy significativa de la fuerza laboral que hoy sostiene obras y proyectos en toda España desaparecerá del mercado sin que haya generaciones preparadas para tomar el relevo.
El problema no es solo demográfico. Tiene raíces culturales y educativas que llevan décadas gestándose. Durante años, la Formación Profesional y los oficios manuales fueron sistemáticamente relegados frente al itinerario universitario, presentado como el único camino hacia el progreso social. Esa narrativa ha devaluado el prestigio de profesiones imprescindibles como el albañil, el encofrador, el ferrallista o el fontanero. A eso se suman condiciones laborales que no siempre resultan atractivas: jornadas exigentes, trabajo a la intemperie, dureza física y, en muchos casos, salarios que no compensan ese esfuerzo a ojos de un joven que compara opciones.
El resultado es que perfiles como albañiles, electricistas, fontaneros, pintores, montadores y encofradores encabezan sistemáticamente las listas de ocupaciones de difícil cobertura. Según el análisis de BBVA Research sobre el mercado laboral en construcción, las vacantes sin cubrir en el sector se han cuadruplicado entre 2016 y 2024, y el envejecimiento laboral en la construcción ya supera al del conjunto del mercado laboral español. Más del 65% de los albañiles en activo tenía más de 45 años en 2024, diez puntos por encima de la media sectorial.
El coste real de no tener personal
La escasez de trabajadores no es solo un problema de recursos humanos: se convierte rápidamente en un problema económico y de plazo que afecta a toda la cadena. Cuando una obra no puede avanzar porque no hay quien la ejecute, los costes se disparan y los compradores esperan.
El Índice de Costes Directos de Construcción de ACR cerró 2025 con una subida del 5,46%, una tendencia alcista que se mantiene desde 2024 y en la que el coste de la mano de obra es uno de los principales impulsores. La partida de movimiento de tierras, directamente ligada a los perfiles más escasos, subió un 18,75% en el mismo periodo. La escasez de profesionales no solo encarece la construcción: también ralentiza la puesta en marcha de nuevos proyectos en un momento en el que la brecha entre la demanda de vivienda y la capacidad real de producción no deja de crecer.
En 2024 se visaron más de 127.000 viviendas nuevas, pero la capacidad instalada real del sector se estima entre 90.000 y 100.000 unidades al año. Es decir, ya antes de que la falta de mano de obra se agrave, España no puede construir lo que el mercado le pide. El Banco de España estimó un déficit de 600.000 viviendas para 2025, y la demanda proyectada hasta 2039 ronda las 246.000 nuevas unidades anuales. Con esas cifras sobre la mesa, la escasez de albañiles y encargados de obra no es un problema del sector: es un problema de política habitacional.
Más del 50% de las empresas constructoras reconocen estar afectadas por la falta de mano de obra cualificada, y las vacantes han experimentado un crecimiento del 89,6% en la última década, según datos del Observatorio Industrial de la Construcción. Esta situación genera tensiones salariales, retrasos en los proyectos y pérdida de competitividad global en un sector que representa el 5,3% del PIB nacional.
Talento internacional y nuevas vías de captación
Antes esta realidad, las empresas no se han quedado de brazos cruzados. Una de las respuestas que está ganando tracción es la contratación de trabajadores internacionales, especialmente de países hispanohablantes con tradición en oficios de la construcción. La propia Confederación Nacional de la Construcción valora positivamente cualquier mecanismo que mejore la disponibilidad de mano de obra, incluidos los procesos de regularización migratoria y la contratación en origen.
El marco legal español ofrece vías concretas para ello. El nuevo Reglamento de la Ley de Extranjería, en vigor desde mayo de 2025, introduce el arraigo sociolaboral y mantiene la posibilidad de contratar directamente desde el país de origen cuando la situación nacional de empleo lo permite, algo especialmente habitual en perfiles operativos del sector. Además, existen acuerdos bilaterales con países como Colombia, Ecuador, Marruecos o República Dominicana que facilitan la gestión colectiva de contrataciones en origen, reguladas por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones.
En este contexto han surgido plataformas especializadas que buscan cubrir ese hueco entre la oferta y la demanda. Es el caso de kontrata.es, que conecta trabajadores cualificados de países como Chile, Perú, Paraguay y Ecuador con empresas españolas en sectores con déficit de personal, entre ellos la construcción, la energía y el transporte. Este tipo de iniciativas apunta a un cambio en la forma en que las empresas abordan la captación de talento: ya no basta con publicar una oferta en un portal generalista; la búsqueda se ha vuelto internacional y requiere conocimiento de los trámites migratorios, los convenios colectivos y los procesos de homologación.
Los datos respaldan esta tendencia. Según el análisis de BBVA Research, la proporción de trabajadores extranjeros ha aumentado en las cinco principales ocupaciones del sector —albañiles, peones de obra, electricistas, fontaneros y pintores— en un contexto de creación de empleo, lo que apunta a que la construcción se ha convertido en uno de los sectores más receptores de población extranjera. Entre 2022 y 2024, la población extranjera ocupada en construcción creció un 19%, y ese incremento está ayudando, aunque de forma todavía insuficiente, a rejuvenecer unas plantillas muy envejecidas.
La inmigración laboral ordenada no es, sin embargo, la única solución posible ni puede serlo por sí sola. Los expertos del sector coinciden en que se necesita una apuesta paralela y sostenida por la Formación Profesional de los oficios, una mejora de las condiciones laborales que haga atractiva la construcción para los jóvenes españoles y una mayor colaboración entre empresas, centros formativos y administraciones públicas. La industrialización de la construcción —que permite ejecutar proyectos con menos personal en obra y en menos tiempo— también aparece como una palanca relevante para afrontar la presión sobre los recursos humanos.
El reto no es menor. España necesita construir más y más deprisa, pero para hacerlo necesita primero resolver quién va a construir. Sin una respuesta integral a la crisis de mano de obra —que combine talento local, talento internacional, formación y mejores condiciones laborales—, el déficit de vivienda y los retrasos en infraestructuras seguirán siendo el síntoma visible de un problema que tiene sus raíces en el mercado laboral.