El océano no para nunca. A diferencia del sol, que desaparece por la noche, o del viento, que sopla cuando quiere, las olas generan movimiento de forma casi permanente. Es precisamente esa constancia lo que convierte la energía undimotriz en un recurso tentador para la transición energética, aunque históricamente ha sido también una de las fuentes renovables más difíciles de explotar. Ahora, una startup llamada Panthalassa está poniendo a prueba en aguas de Washington un dispositivo que podría cambiar esa historia.
El aparato en cuestión se llama Ocean-2 y, a primera vista, parece una boya descomunal. Tanto es así que durante las pruebas en Puget Sound, varios vecinos llegaron a reportar un objeto flotante no identificado. La parte visible es una esfera de casi 10 metros de diámetro, pero bajo la superficie se extiende un casco tubular de unos 60 metros de longitud. El principio de funcionamiento es tan elegante como sencillo: en lugar de luchar contra el oleaje, el dispositivo se mece con él. Cuando las olas lo balancean, el agua entra por una tubería interna, asciende hacia la esfera y desciende después a través de turbinas que generan electricidad. Apenas tiene piezas móviles, lo que en teoría reduce drásticamente el mantenimiento.
En sus pruebas, el Ocean-2 ha logrado producir hasta 50 kW en condiciones de oleaje razonables, una cifra modesta pero suficiente para abastecer una pequeña localidad costera. Sin embargo, la ambición de Panthalassa va más allá de enchufar hogares: sus aplicaciones prioritarias son la producción de hidrógeno verde, que se transportaría a tierra en embarcaciones autónomas, y la alimentación de centros de datos ubicados en el mar. En un momento en el que la inteligencia artificial y la computación en la nube disparan la demanda energética en Estados Unidos, cualquier fuente complementaria despierta interés.
El contexto económico también juega a favor de este tipo de proyectos. Según datos de Ocean Energy Europe, la cartera de despliegues planificados en energía de las olas alcanza los 165 MW hasta 2030, y Estados Unidos ha destinado 591 millones de dólares a energía oceánica en el último lustro. La presión por diversificar fuentes de generación se ha intensificado con el encarecimiento del petróleo y la necesidad urgente de electricidad para centros de datos, un cuello de botella que está llevando al país incluso a reactivar centrales nucleares y fósiles.
Desde el punto de vista medioambiental, Panthalassa asegura que su diseño es respetuoso con la fauna marina. El dispositivo no lleva redes ni elementos que puedan atrapar animales, opera en silencio y con movimientos lentos. Su responsable ambiental, el Dr. Liam Chen, ha explicado que el Ocean-2 está diseñado para convivir con el ecosistema oceánico, y las pruebas en Puget Sound no revelaron alteraciones visibles en el entorno. Según el cofundador Garth Sheldon-Coulson, el coste de fabricación ronda los 1.500 dólares por kilovatio instalado.
Aun así, conviene ser prudentes. La energía de las olas lleva décadas prometiendo avances que luego se estrellan contra la realidad: la corrosión del agua salada, la acumulación de organismos en las estructuras, el coste brutal del mantenimiento en alta mar y la dificultad para transmitir la electricidad generada hasta la red terrestre han sepultado decenas de proyectos en todo el mundo. Mientras tanto, los precios de la solar y la eólica han caído tanto que han dejado sin margen competitivo a casi cualquier otra renovable.
Panthalassa trabaja en este campo desde hace aproximadamente una década. Los primeros años se dedicaron exclusivamente a investigación, en 2021 lanzaron el Ocean-1, en 2024 presentaron el Ocean-2 y ya están desarrollando la tercera generación con financiación en marcha. Sin embargo, a día de hoy no existe ni un solo kilovatio comercial generado, ninguna conexión a una red eléctrica operativa ni datos de durabilidad a largo plazo. El salto de prototipo prometedor a tecnología viable sigue siendo el gran desafío, y el mar no es precisamente un entorno que perdone errores.