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El bebé neandertal que reescribe cómo crecía nuestra especie hermana

El análisis de 111 huesos de un lactante hallado en Israel revela que los neandertales tenían un patrón de desarrollo radicalmente distinto al humano.

Por Carlos García·viernes, 17 de abril de 2026Actualizado hace 2 h·4 min lectura·2 vistas
Ilustración: El bebé neandertal que reescribe cómo crecía nuestra especie · El Diario Joven

Durante décadas, los científicos asumieron que el desarrollo infantil de los neandertales seguía un esquema similar al de los humanos modernos, solo que quizás algo más acelerado. Un hallazgo reciente en Israel acaba de desmontar esa hipótesis y obliga a repensar qué significa crecer cuando eres una especie que lleva miles de años extinguida.

El protagonista del descubrimiento es Amud 7, un bebé neandertal de entre 6 y 14 meses de edad cuyos restos fueron recuperados en la cueva de Amud, en Israel. El equipo liderado por la investigadora Ella Been logró analizar 111 elementos óseos de este lactante, una cifra notable teniendo en cuenta que los esqueletos infantiles son extremadamente frágiles y rara vez sobreviven en el registro fósil. Los huesos de los bebés son pequeños, porosos y vulnerables al paso del tiempo, lo que convierte cada hallazgo de este tipo en una pieza excepcional para la paleoantropología.

Un crecimiento a contrarreloj

Lo que encontraron los investigadores al estudiar el esqueleto de Amud 7 fue llamativo: su desarrollo óseo avanzaba a un ritmo que, comparado con el de un bebé humano actual de la misma edad, resultaba sorprendentemente acelerado. A pesar de tener apenas unos meses de vida, su fisiología ya mostraba rasgos morfológicos inequívocamente neandertales. Eso significa que las diferencias entre nuestra especie y la suya no emergían en la adolescencia ni en la infancia tardía, sino prácticamente desde el nacimiento, o incluso antes, durante el desarrollo en el útero.

Este dato tiene una implicación importante: no estamos ante dos especies que crecen de forma parecida a distinta velocidad, sino ante dos patrones de desarrollo biológico fundamentalmente distintos. El cuerpo neandertal, al menos en sus primeros meses, parecía programado para alcanzar autonomía física lo antes posible.

El contexto evolutivo ayuda a entender por qué. En un entorno hostil como la Eurasia del Pleistoceno, con recursos escasos, climas extremos y una mortalidad infantil que debía de ser brutal, crecer deprisa no era un lujo sino una necesidad de supervivencia. Un individuo pequeño, frágil y dependiente durante demasiado tiempo era una carga para el grupo y un blanco fácil para las amenazas del entorno.

La pieza española del puzzle

Para completar el cuadro, hay que viajar a Asturias. En 2017, la revista Science publicó un estudio sobre los restos de un niño neandertal hallado en la cueva asturiana de El Sidrón, bautizado como Sidrón J1 y con una edad estimada de 7,7 años. Aquel trabajo, que analizó el estado de maduración de sus huesos y su cerebro, arrojó resultados que nadie esperaba.

En la mayoría de sus huesos, Sidrón J1 maduraba a un ritmo parecido al de un niño sapiens. Sin embargo, su cerebro todavía estaba creciendo a una edad en la que el de un niño humano moderno ya ha alcanzado prácticamente su volumen definitivo. Además, la maduración de sus vértebras torácicas presentaba un retraso notable respecto a lo que se esperaría en nuestra especie.

Combinados, los casos de Amud 7 y Sidrón J1 dibujan un patrón coherente aunque paradójico: el cuerpo neandertal se desarrollaba muy rápido en las primeras etapas de vida para garantizar la supervivencia, pero órganos metabólicamente costosos como el cerebro necesitaban más tiempo. No era velocidad uniforme, sino una estrategia biológica de prioridades.

Más lento de lo que parece después del destete

Hay, además, un matiz que complica aún más el relato. Un estudio publicado en 2012 apuntó a que, a partir del tercer o cuarto mes de vida, el crecimiento en estatura de los neandertales podía ralentizarse de forma significativa. Los investigadores atribuyeron ese frenazo al destete y al estrés metabólico que implicaba sobrevivir en condiciones de frío extremo, con alta exposición a enfermedades y una demanda energética constante para mantener la temperatura corporal.

Eso sugiere que el desarrollo neandertal no era simplemente más rápido que el humano en todos los sentidos, sino que respondía a presiones ambientales muy concretas, acelerando donde la supervivencia inmediata lo exigía y ralentizando donde el coste energético era demasiado alto.

La infancia humana, con su prolongada dependencia familiar, siempre ha sido considerada una rareza entre los primates. Los Homo sapiens tardamos años en alcanzar una autonomía que otros mamíferos logran en semanas. Ahora sabemos que esa rareza no era compartida de la misma manera por los neandertales, una especie que convivió con la nuestra durante milenios y que, pese a su extinción, sigue revelando secretos sobre qué significa crecer, madurar y sobrevivir. El Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, referencia mundial en el estudio del genoma y la biología neandertal, lleva años contribuyendo a este tipo de investigaciones que redefinen nuestra comprensión del árbol evolutivo humano.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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