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EE.UU. e Irán no cierran la puerta al diálogo pese al bloqueo

Las negociaciones en Islamabad duraron 21 horas sin acuerdo, con el enriquecimiento de uranio y los fondos congelados como principales escollos.

Por Redacción El Diario Joven·domingo, 12 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: EE.UU. e Irán no cierran la puerta al diálogo pese al bloque · El Diario Joven

Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán celebradas en Islamabad se saldaron sin acuerdo tras más de 21 horas de conversaciones. Ambas delegaciones abandonaron la capital paquistaní cruzando acusaciones sobre quién bloqueó el avance, pero sin que ninguna de las partes declarase oficialmente el fin del proceso diplomático. El margen para seguir negociando permanece, aunque estrecho.

Tres asuntos centrales dominaron —y estancaron— las conversaciones: el control del estrecho de Ormuz, el nivel de enriquecimiento del uranio iraní y los activos de Teherán congelados en el extranjero. Cada uno de ellos arrastra décadas de tensión acumulada y constituye, por separado, un nudo diplomático de primer orden. Su coincidencia en una misma mesa explica en gran parte la dificultad de avanzar.

El estrecho de Ormuz es la arteria energética más sensible del planeta. Por ese paso de apenas 33 kilómetros de anchura transita aproximadamente el 20% del petróleo que se consume a nivel mundial, según datos de la Agencia Internacional de la Energía. Irán ha amenazado en repetidas ocasiones con bloquear el tráfico naval en ese punto como respuesta a presiones económicas o militares externas, y Washington exige garantías de libre navegación como condición innegociable para cualquier entendimiento.

El segundo frente es el programa nuclear iraní. Teherán lleva años enriqueciendo uranio a niveles que la comunidad internacional considera incompatibles con un uso estrictamente civil. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha documentado que Irán ha alcanzado porcentajes de enriquecimiento cercanos al 60%, muy por encima del límite del 3,67% fijado en el acuerdo nuclear de 2015 —el conocido como JCPOA— y en el umbral que los analistas consideran próximo al uso militar. Estados Unidos exige una reducción drástica y verificable de ese nivel antes de levantar sanciones. Irán lo rechaza como una cesión inaceptable de soberanía.

El tercer obstáculo son los fondos iraníes inmovilizados en bancos de distintos países como consecuencia de las sanciones internacionales. Teherán reclama el desbloqueo de esos activos —cuantificados en decenas de miles de millones de dólares— como gesto previo o simultáneo a cualquier compromiso. Washington prefiere que los pasos se den en sentido inverso: primero concesiones nucleares verificables, después alivio económico. Esa discrepancia sobre qué debe ir primero ha sido históricamente uno de los principales puntos de ruptura entre ambas partes.

A pesar del bloqueo, el tono con el que las delegaciones describieron las conversaciones deja abierta una rendija. Ni el Departamento de Estado norteamericano ni los representantes iraníes emplearon un lenguaje de ruptura definitiva. Las acusaciones mutuas forman parte del ritual diplomático de este tipo de negociaciones: cada parte debe justificar ante su opinión pública interna por qué no ha cedido, sin cerrar simultáneamente la puerta a una futura ronda. La elección de Islamabad como sede —Pakistán mantiene relaciones con ambos países— tampoco fue casual, y refleja que existe voluntad de encontrar canales discretos.

El contexto regional añade urgencia al proceso. Las tensiones en Oriente Próximo no han remitido tras los últimos episodios de escalada, y cualquier ruptura definitiva entre Washington y Teherán tiene consecuencias directas sobre el precio del petróleo, la estabilidad del Golfo Pérsico y la posición de actores como Arabia Saudí, Israel o los países europeos signatarios del JCPOA —Francia, Alemania y Reino Unido—, que han seguido de cerca estas conversaciones sin participar directamente en ellas.

Para Europa, un acuerdo nuclear con Irán no es solo una cuestión de seguridad: también tiene implicaciones energéticas. Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, la Unión Europea ha buscado diversificar sus fuentes de suministro, y el gas y el petróleo iraníes representan una alternativa potencial si las sanciones se levantaran. Ese interés europeo añade presión indirecta sobre ambas partes para que no abandonen del todo la mesa.

Lo que queda claro tras Islamabad es que las posiciones de partida siguen siendo muy distantes, pero que ningún actor clave tiene interés en que el proceso colapse de forma visible y definitiva. Las próximas semanas determinarán si se convoca una nueva ronda de conversaciones o si el bloqueo se prolonga indefinidamente, como ha ocurrido en otros momentos críticos de esta larga disputa diplomática que lleva décadas sin resolverse.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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