¿Qué ocurriría si todas tus relaciones personales funcionaran como contratos comerciales? Si un amigo dejara de ser útil, cancelar el vínculo. Si una pareja no aportara beneficios tangibles, romper el acuerdo. La pregunta parece absurda aplicada a la vida cotidiana, pero describe con bastante precisión el enfoque que la administración de Donald Trump ha trasladado a la política exterior estadounidense en los últimos años. Las consecuencias de ese modelo, lejos de quedar en el plano teórico, se están haciendo visibles en algunos de los conflictos más tensos del planeta.
La diplomacia clásica no opera como un mercado. Se construye sobre acuerdos de largo plazo, compromisos que van más allá del beneficio inmediato y una cierta disposición a asumir costes presentes a cambio de estabilidad futura. Eso es exactamente lo contrario de la lógica transaccional, que valora cada intercambio por sus resultados a corto plazo y que considera cualquier compromiso renegociable en cuanto las circunstancias cambian. Cuando esa mentalidad se aplica a las relaciones entre estados, la confianza —el activo más valioso de la política exterior— se deteriora de forma acumulativa.
El caso de Irán ilustra bien las tensiones que genera este enfoque. Tras la retirada estadounidense del acuerdo nuclear de 2018, impulsada por la primera administración Trump, los intentos de renegociación han tropezado repetidamente con la desconfianza mutua generada por esa ruptura unilateral. Irán argumenta que no tiene garantías de que cualquier nuevo pacto vaya a ser respetado si cambia la administración en Washington. Es un problema estructural: si los acuerdos se perciben como reversibles en función del ciclo electoral, pierden buena parte de su valor como instrumento diplomático.
En el frente israelí-palestino, la relación entre Trump y Benjamin Netanyahu ha sido presentada como un modelo de alianza sólida, pero también ha generado fricciones con otros actores regionales y europeos que consideran que Washington ha renunciado a ejercer como mediador neutral. La diplomacia eficaz suele requerir cierta equidistancia, o al menos la apariencia de ella. Cuando una potencia se posiciona abiertamente como parte interesada, su capacidad para construir acuerdos entre partes en conflicto se reduce considerablemente.
La erosión del multilateralismo
El retroceso del multilateralismo no empezó con Trump, pero sí se ha acelerado bajo su influencia. Organizaciones como la Organización de las Naciones Unidas o la OTAN han visto cuestionada su utilidad desde Washington con argumentos esencialmente transaccionales: ¿cuánto aporta cada miembro? ¿Quién paga más? ¿Qué obtiene Estados Unidos a cambio? Son preguntas legítimas en un debate sobre reparto de cargas, pero cuando se convierten en el único marco de análisis, desplaza todo lo demás: los valores compartidos, la disuasión colectiva, la legitimidad internacional de las decisiones.
Europa ha respondido a esta presión con un discurso creciente de autonomía estratégica, aunque la brecha entre el discurso y la capacidad real sigue siendo amplia. La Unión Europea carece todavía de los instrumentos militares y de inteligencia que permitirían una política exterior verdaderamente independiente de Washington. Eso la deja en una posición incómoda: dependiente de un aliado que aplica condiciones cada vez más explícitas a su paraguas de seguridad.
Confianza como recurso escaso
Lo que la lógica transaccional no contabiliza bien es el coste de la desconfianza acumulada. En economía existe el concepto de coste de transacción: el esfuerzo, tiempo y recursos que hay que invertir cada vez que se negocia un acuerdo desde cero, sin un historial de fiabilidad mutua. En diplomacia, ese coste es aún mayor, porque los acuerdos más importantes —los de paz, los de no proliferación, los de cooperación en seguridad— requieren que las partes estén dispuestas a asumir vulnerabilidades recíprocas. Nadie asume esa vulnerabilidad frente a un interlocutor que puede cambiar de posición de un día para otro.
Los datos históricos respaldan esta lectura. Según análisis del Council on Foreign Relations, los acuerdos de paz con mayor durabilidad son aquellos respaldados por garantías multilaterales y por potencias con reputación de cumplimiento. Los acuerdos bilaterales negociados bajo presión, sin mecanismos de verificación independiente, tienen tasas de fracaso significativamente más altas.
El arte del trato puede funcionar en una mesa de negociación comercial. En política exterior, donde los errores no se corrigen con un nuevo contrato sino con décadas de inestabilidad o, en el peor de los casos, con conflictos armados, la apuesta por la diplomacia paciente y comprometida no es solo un ideal, es una necesidad funcional. Las relaciones entre países, como las relaciones humanas que les dan sentido, no se sostienen únicamente sobre la utilidad mutua del momento.