Hace dos décadas, las exportaciones chinas inundaron los mercados occidentales y dejaron una cicatriz profunda en el empleo industrial de países como Estados Unidos. Ahora, los economistas hablan de un segundo shock chino, y la pregunta es inevitable: ¿estamos ante una repetición del mismo golpe o ante algo cualitativamente distinto?
Para responderla, conviene ir a los datos. Durante los primeros siete años de los 2000, el superávit por cuenta corriente de China como porcentaje de su PIB se disparó casi ocho puntos porcentuales, y el volumen de sus exportaciones de bienes se cuadruplicó. En el ciclo actual, entre 2018 y 2025, el superávit ha subido apenas 3,5 puntos y las exportaciones han crecido un 50%. En apariencia, el primer shock fue bastante más brutal.
Sin embargo, ese consuelo tiene trampa. La economía china de hoy es mucho más grande que la de entonces, lo que amplifica cualquier desequilibrio. Expresado como porcentaje del PIB mundial, el aumento del superávit chino en los últimos siete años es prácticamente igual al del período equivalente en los años 2000. Y en volúmenes absolutos de exportación, las diferencias entre ambos episodios se reducen considerablemente. El tamaño importa, y China ha crecido hasta convertirse en la segunda economía del planeta.
Un perfil exportador radicalmente diferente
Donde sí existe una brecha notable es en el tipo de productos que China coloca en los mercados internacionales. En el primer shock, el grueso de las exportaciones eran bienes de consumo básico: textiles, juguetes, electrodomésticos simples. Nadie perdía el sueño por la competencia en calcetines o vasos de plástico. Hoy, la conversación ha cambiado radicalmente: China compite con fuerza en vehículos eléctricos, semiconductores, paneles solares y equipos de telecomunicaciones, sectores que los países occidentales consideran estratégicos.
Esta transformación tiene consecuencias políticas y económicas de gran alcance. Los gobiernos europeos y estadounidense ya no solo temen perder empleos fabriles de bajo valor añadido; temen perder el liderazgo tecnológico. Y existe además una preocupación adicional: que China utilice su dominio en determinados mercados como palanca geopolítica, tal y como hizo al restringir las exportaciones de tierras raras en momentos de tensión diplomática. Es un argumento que los defensores de la política industrial llevan años planteando.
La concentración del crecimiento exportador también ha aumentado ligeramente. En los seis años previos a 2007, los diez productos de mayor expansión representaban el 25% del incremento total de las exportaciones manufactureras chinas. En el período equivalente hasta 2024, esa cifra sube al 31%. La diferencia no es enorme, pero apunta a una mayor especialización y, por tanto, a impactos sectoriales más intensos en los países competidores.
Los precios caen y las importaciones no arrancan
Otro rasgo diferenciador de este segundo shock es la evolución de los precios de exportación. Entre 2000 y 2007, pese a las críticas por la supuesta manipulación del yuan, los precios de los bienes exportados por China subieron cerca de un 40%. En el ciclo reciente, han caído con fuerza: en 2025 están al mismo nivel que en 2018. Eso refleja una competencia interna tan feroz en China que muchas empresas no consiguen obtener beneficios, algo que los propios líderes del país han reconocido públicamente como un problema.
Y luego está la otra cara de la balanza: lo que China compra, o más bien, lo que no compra. Durante el primer shock, las importaciones chinas crecieron a buen ritmo porque el país necesitaba maquinaria y equipos sofisticados para impulsar su industria manufacturera. Ahora, sus volúmenes de importación son anémicos. Según los análisis publicados por el Financial Times, en lugar de lamentar únicamente las fábricas destruidas por la competencia china, habría que lamentar también las ventas que nunca llegaron a producirse. Un mercado chino que no absorbe bienes del exterior agrava el desequilibrio global.
La respuesta política: de las quejas al arancel
El contexto geopolítico también ha cambiado de forma sustancial. Durante el primer shock, el Congreso estadounidense protestó contra la manipulación monetaria, pero en la práctica impuso pocas barreras nuevas al comercio. En este segundo episodio, la administración Trump ha respondido con una batería de aranceles que ha reducido drásticamente la cuota de China en las exportaciones hacia Estados Unidos: si durante el primer shock esa participación cayó unos dos puntos porcentuales, en los últimos siete años la caída ha sido tres veces mayor.
Europa, mientras tanto, también ha endurecido su postura. La Comisión Europea ha activado investigaciones antisubvención en sectores como el automóvil eléctrico y los paneles solares, en un intento de proteger su industria sin romper del todo las relaciones comerciales con Pekín. El equilibrio es delicado: rechazar la competencia china puede provocar represalias que afecten a cadenas de suministro de las que la industria occidental depende profundamente.
Ese es, quizás, el elemento más inquietante de este segundo capítulo. No solo se trata de cuántas fábricas cierran o cuántos empleos se pierden, sino de que cualquier respuesta política tiene ahora un coste de interdependencia mucho más alto. Los responsables de política económica se mueven en un tablero donde cada movimiento arriesga mover varias piezas a la vez. La historia del primer shock tuvo un desenlace electoral conocido. La del segundo está todavía escribiéndose, y los protagonistas parecen decididos a que no acabe igual de mal.