Los mercados financieros no entienden de medias tintas cuando procesan un conflicto armado. O hay acuerdo o hay guerra, y cada señal —por pequeña que sea— desencadena movimientos bruscos en uno u otro sentido. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el conflicto entre Israel e Irán: el Ibex cotiza casi en los niveles anteriores al estallido del conflicto, dando por bueno un alto el fuego, mientras el precio del petróleo Brent se sitúa cerca de un 35% por encima de esos mismos niveles, incorporando una prima de riesgo geopolítico muy significativa.
La diferencia entre ambas señales no es un error ni una contradicción accidental: es el reflejo de dos realidades distintas. Las bolsas tienden a mirar el escenario más probable a corto plazo —que haya negociación y estabilización— mientras las materias primas cotizan el riesgo de cola, es decir, lo que pasaría si las cosas salen mal de verdad. Y el cierre del estrecho de Ormuz, que lleva décadas figurando como el peor escenario posible en cualquier análisis de mercados energéticos, ya es una realidad operativa.
Las negociaciones de alto el fuego que arrancaron este fin de semana nacen ya con obstáculos serios. Irán ha decidido no reabrir Ormuz mientras Israel intensifica su actividad militar en el Líbano, y esa reapertura era precisamente una condición central para avanzar en las conversaciones. Si la Guardia Revolucionaria conoce el llamado TACO trade —la dinámica por la cual las amenazas de colapso total se usan como palanca negociadora— sabe que con el barril de petróleo cerca de los 100 dólares tiene mucho más poder en la mesa que con él a 80. Después de semanas de bombardeos, el régimen iraní no tiene demasiado que perder más allá del control del poder.
Del otro lado de la mesa, Donald Trump ha demostrado esta misma semana que también se siente cómodo negociando al límite del precipicio. El resultado es un proceso que promete ser extraordinariamente volátil, donde cualquier declaración o movimiento sobre el terreno puede generar oscilaciones de mercado importantes en cuestión de horas.
Pese a todo, el dinero sigue fluyendo hacia la renta variable. La mayoría de los inversores institucionales no pueden permitirse quedarse fuera del mercado esperando un desenlace catastrófico que puede no llegar nunca, o que puede tardar meses en materializarse. A la mínima señal positiva —un comunicado, una reunión, un tuit— el capital vuelve a las bolsas, reforzando esa disociación entre lo que ocurre en el corto plazo y los riesgos que se acumulan en el horizonte.
Y esos riesgos a medio plazo son reales. Incluso en un escenario de resolución relativamente favorable del conflicto, el petróleo tardará tiempo en volver a niveles previos a la guerra. Eso presiona la inflación, deteriora el crecimiento económico y abre la puerta a nuevas subidas de tipos de interés en un momento en que las valoraciones bursátiles ya eran exigentes. Para los inversores que quieran seguir en el mercado sin asumir riesgos descontrolados, los perfiles más defensivos —especialmente aquellos con alta rentabilidad por dividendo— ofrecen una forma de mantenerse expuesto a la renta variable con algo más de colchón ante la volatilidad que viene.