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Más empleo, menos poder de compra: la paradoja salarial española

España bate récords de ocupación, pero los salarios netos reales siguen por debajo de los niveles prepandemia tras la presión fiscal y la inflación.

Por Carlos García·sábado, 18 de abril de 2026Actualizado hace 1 min·4 min lectura·10 vistas
Ilustración: Más empleo, menos poder de compra: la paradoja salarial espa · El Diario Joven

España lleva años encadenando cifras récord de empleo. El número de personas asalariadas ha crecido en más de 1,9 millones desde 2019, un incremento del 10,9% que sitúa la ocupación en máximos históricos. Sin embargo, muchos trabajadores sienten que su capacidad de compra no ha mejorado, o incluso ha retrocedido. Esa percepción no es irracional: los datos la respaldan. El país vive una paradoja macroeconómica que conviene entender bien antes de sacar conclusiones precipitadas.

El punto de partida es distinguir entre lo que miden los indicadores más citados y lo que realmente importa para el bolsillo. La Encuesta Trimestral de Coste Laboral (ETCL) del INE refleja cuánto le cuesta a una empresa tener a un trabajador, no cuánto dinero neto llega a la cuenta corriente de ese trabajador al final de mes. Esa diferencia no es menor: entre las cotizaciones sociales a cargo del empleado y el IRPF, el tipo impositivo implícito sobre las rentas del trabajo ha subido un 8,8% desde finales de 2019. Ese incremento se ha comido una parte sustancial de la mejora nominal registrada en los salarios brutos.

El problema de la productividad

Los datos son claros: a finales de 2025, la remuneración por asalariado en términos de poder de compra se situaba un 3,6% por encima del nivel prepandemia, pero esa cifra es bruta, antes de descontar impuestos y cotizaciones. Una vez aplicada esa deducción, la remuneración neta cae un punto por debajo del nivel de 2019. En otras palabras, el trabajador medio español no ha recuperado todavía el terreno perdido durante el ciclo inflacionario que arrancó con la reapertura económica y se agravó con la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania.

El fondo del problema no es coyuntural, sino estructural. La evidencia comparada en la Unión Europea muestra que los países con salarios más altos son también los de mayor productividad. La correlación es estrecha: el PIB por persona ocupada explica alrededor del 97% de la varianza en remuneración bruta entre países miembros. España no es una excepción a esta regla, sino un ejemplo de ella: sus salarios están alineados con su productividad. El problema es que ambas variables avanzan poco. A finales de 2025, la productividad por ocupado seguía estando tres décimas por debajo de su nivel del cuarto trimestre de 2019. Seis años después, sin recuperar el punto de partida.

El efecto composición del empleo

Aquí entra en juego otro factor que complica el análisis: el efecto composición. Cuando el empleo crece con fuerza, no todos los puestos creados tienen el mismo perfil. Si una parte significativa de las nuevas contrataciones se concentra en ocupaciones de menor cualificación y menor valor añadido, el salario medio agregado puede estancarse o incluso retroceder, aunque muchos trabajadores individuales hayan mejorado su situación. Esto no elimina el problema, pero sí lo matiza: el indicador medio puede estar ocultando realidades muy heterogéneas dentro del mercado laboral.

Aun así, que la productividad y el salario medio apenas hayan crecido en seis años es un dato que no admite lectura optimista. Y el contexto lo agrava. El precio de la vivienda ha subido bastante más que los precios de consumo o que el deflactor del PIB, lo que significa que una parte creciente de la renta disponible de los hogares se destina al acceso a la vivienda, ya sea en alquiler o en compra. Cuando el empleo crece pero el salario real no sube y la vivienda se encarece, es lógico que una parte de la población perciba la economía como un juego de suma cero: los que ya tienen activos ganan, los que dependen solo de su nómina pierden terreno relativo.

Qué hace falta para salir de la trampa

La salida de esta paradoja no pasa por frenar la creación de empleo, que sigue siendo una buena noticia en términos sociales. Pasa por garantizar que ese empleo viene acompañado de mayor productividad. Y eso exige varias cosas a la vez: más inversión en capital humano y formación, una asignación más eficiente de los recursos productivos, mayor inversión empresarial en tecnología y digitalización, y una difusión más amplia de la innovación hacia sectores de bajo valor añadido. Sin esos ingredientes, el crecimiento seguirá siendo extensivo, es decir, basado en sumar trabajadores, no en hacer que cada trabajador produzca más.

El Banco de España y otros organismos llevan años advirtiendo de este déficit estructural de productividad. La paradoja del empleo y los salarios no es un accidente ni una distorsión estadística. Es la consecuencia lógica de un modelo de crecimiento que tiene pendiente una transformación profunda para que la mejora macroeconómica se traduzca, de forma duradera, en mayor bienestar para el conjunto de la sociedad.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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